“Brexit”: ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, por Pedro González

Artículo publicado originalmente en El Debate de Hoy el 21 de Marzo de 2019

La tensión entre Theresa May y su Parlamento por el brexit tiene bastantes visos de acabar con la carrera política de la primera ministra británica. Ha pedido una prórroga hasta junio y su cabeza ya tiene puesto el precio de la destitución o la dimisión.

La diplomacia británica se rige desde hace siglos por dos principios: el primero es que en cualquier negociación gana siempre el último que se levanta de la mesa. El segundo, complementario de aquel, es que nada está acordado hasta que la totalidad de los capítulos de cualquier acuerdo esté completamente cerrada.

Obviamente, ambos principios han de estar respaldados por la mayor fuerza posible frente al adversario. Y siempre con un comportamiento que responde a la más profunda convicción nacional: Inglaterra, o en este caso el Reino Unido, no tiene amigos, solo intereses.

Con esos parámetros, Londres lleva dos años de arduas negociaciones con la Unión Europea para concluir un Acuerdo de Retirada (brexit). La actual primera ministra, Theresa May, ha pedido una prórroga hasta el 30 de junio. Pretendía apurar hasta el 29 de marzo, la fecha que ella mismo fijó para poner en marcha el procedimiento de salida, pero May necesita esos tres meses para lograr el apoyo del Parlamento.

El forcejeo que May sostiene con su Parlamento, el Palacio de Westminster, tiene bastantes visos de acabar con la carrera política de la primera ministra. Derrotada y humillada en enero y en marzo por aplastantes diferencias de 230 y 149 votos, respectivamente, muchos de ellos de su propio Partido Conservador, su cabeza ya tiene puesto el precio de la dimisión o la destitución. Se ha desgañitado por convencer a sus filas de que el acuerdo alcanzado con los negociadores de la Unión Europea es el mejor posible y que rechazarlo es abrir la caja de los truenos de una salida a las bravas y, en consecuencia, despeñarse por el abismo de la incertidumbre. Incluso si consiguiera convencer in extremis a sus euroescépticos y a los diputados del DUP de Irlanda del Norte, tendría que dejar paso a otro jefe de Gobierno, con o sin elecciones de por medio.

Esta exasperante situación ya pasa factura no solo al Reino Unido sino también a una Europa que ha gastado muchas de las energías que necesita para afrontar los grandes desafíos que ya le plantean las potencias que observan su debilitamiento. Retos como determinar su papel en la guerra comercial que ya sostienen sin ambages Estados Unidos y China; las dentelladas de un calentamiento climático que ya está determinando cambios sociales trascendentales; el fenómeno migratorio, que se intensificará tanto por el brutal aumento de las temperaturas y la desertización como por la explosión demográfica de África y, en fin, encarar la redefinición del propio proyecto europeo; es decir, qué papel quiere jugar la UE en el mundo y si está dispuesta a luchar por ofrecer un modelo de sociedad que protege a sus ciudadanos, frente a una alternativa que se dibuja como la ley de la selva.

Encarar todo eso y establecer y modular estrategias se está haciendo mucho más lentamente que si la situación se hubiera clarificado de una vez: un Reino Unido fuera de la UE y nuevas negociaciones, pero ya entonces para articular la futura relación.

Una cuestión que ha suscitado división en las hasta ahora prietas filas de los 27 Estados, muchos de los cuales no ven qué puede cambiar en otros tres meses, o incluso dos años, entre un Londres que parece no saber lo que quiere y una Bruselas donde cunden el hartazgo y la frustración. Y, además, con unas elecciones al Parlamento Europeo que se presentan como decisivas, habida cuenta de las perspectivas que las encuestas otorgan a los nacional-populismos.

Basta con testar el ambiente en torno a la Comisión y al Europarlamento para constatar que aumentan los partidarios de que quizá sea tiempo de adoptar otra máxima británica: cuando las cosas están imposibles de arreglar, lo mejor es estropearlas del todo. Aluden a que los políticos británicos tal vez necesiten comprobar por sí mismos el caos que se desencadenaría desde el día siguiente a un brexit sin acuerdo. Para el resto de la UE, y a pesar de los graves contratiempos que también sufriría, sería el momento de hacer frente a las grandes cuestiones sin las ataduras de las dudas británicas, y no seguir malgastando el tiempo.

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