En memoria de Rafael Sánchez Ferlosio

Rafael Sánchez Ferlosio en una foto del archivo de la APE, momentos antes de la lectura de la I Lección Conmemorativa Pascual Madoz (1983)

El genio inadaptado, por Diego Carcedo

Me hice un lector empedernido cuando conseguí rebasar la última página de El Jarama. No era fácil adentrarse en aquella prosa prolongada y a veces enrevesada que nos llevaba desde la metáfora a la realidad. Yo era muy joven, apenas había leído a Julio Verne, pero había descubierto, escuchando a los mayores, que El Jarama era lo mejor de lo mejor que se había escrito en la posguerra. Las personas cultas próximas hablaban de él en voz baja como si considerasen peligroso elogiar la recuperación de una actividad intelectual que los tres años de contienda civil habían frenado en seco.

Desde entonces, después de tener como reto literario de cabecera Alfanhuí, sentí una especial admiración por Rafael Sánchez Ferlosio que se fue incrementando con una fuerte dosis de curiosidad en torno a su personalidad cuando Miguel Angel Aguilar, su amigo íntimo, nos presentó. Sentí que aquel día conocía a un genio. Fue un domingo por la mañana y la verdad es que me saludó cortésmente, pero a partir de ese momento durante la hora larga de tertulia, no me hizo el menor caso, bien es verdad que yo me limitaba a escucharlo, a comprobar su personalidad fuera de lo común y su autocondición de inadaptado a las trivialidades de nuestra cotidianidad.

Su aspecto despistado y descuidado en el vestir coincidían plenamente con la imagen de personalidad diferente que con el correr de los años me había forjado de él. Me interesaban sus libros, aunque a veces me costaba penetrar en sus ideas, y me interesaban siempre sus aforismos, las frases talentosas y profundas, a veces enigmáticas, con que de vez en cuando nos obsequiaba en las páginas de algún periódico, últimamente en el lamentablemente desaparecido semanario Ahora. La ironía y el humor se amalgamaban en sentencias que obligaban a releer y dejaban pensando. Sánchez Ferlosio pasará al recuerdo por su legado literario, pero también por haber sido el último intelectual de la generación de los años cincuenta que nos acompañaba. Era huraño e introvertido, pero sobre todo su condición más acentuada era la de inconformista: inconformista con cuanto le rodeaba e inconformista consigo mismo.

Acababa de cumplir los noventa años y estaba en plenitud de sus facultades intelectuales. En las semanas anteriores había estado muy pendiente de una intervención quirúrgica a la que había sido sometida con éxito su mujer y quienes le trataban más que se mantenía fiel a su estilo provocador, crítico con cuanto está sucediendo y excéntrico en sus actitudes. Su mente creativa no se había resentido con los años. Nadie de cuantos le trataban podía imaginarse que le muerte física le estuviera acechando. La literaria e intelectual ya es historia.

Foto de archivo de la APE. Rafael Sánchez Ferlosio durante el curso organizado por la APE en Santander en 1983 titulado “Los medios de comunicación y la política internacional”

 

Mientras los dioses no cambien, por Miguel Ángel Aguilar

Tenía predilección por el género de los pecios. Algunos fueron compendiados en su libro Mientras los dioses no cambien, nada ha cambiado, donde incluyó algún presagio como el que ahora puede estar a punto de cumplirse: “Vendrán más años malos y nos harán más ciegos”. Antes, la Asociación de Periodistas Europeos había inventado para él la Lección Conmemorativa Pascual Madoz encomendándole la primera edición de la serie que dictó en 1983 bajo el título de El ejército nacional. La versión inicial la había escrito para las páginas de EL PAÍS, pero andaba disgustado por la demora en publicarse. El responsable de la demora parecía ser Ángel Sánchez Harguindey. Quisimos averiguar la razón y Ferlosio concedió que le había salido un poco largo. ¿Cuánto de largo? 27 folios, fue su respuesta.

Ese mismo año le fue concedido el Premio de Periodismo Francisco Cerecedo y se vio conminado a escribir una breve autobiografía que tituló Rafael Sánchez Ferlosio par lui même. Allí declaraba ser hijo de padre español y madre italiana y haber nacido en Roma. Luego añadía cómo a la edad de 14 años, en el texto de literatura española de Guillermo Díaz-Plaja y en la frase en la que el autor, retratando al infante don Juan Manuel, decía literalmente “tenía el rostro, no roto y recosido por encuentros de lanza, sino pálido y demacrado por el estudio”, conoció cuál era su ideal de vida. No obstante, precisaba, había sido siempre demasiado perezoso para llegar a empalidecer y demacrarse en medida condigna a la de su ideal emulatorio, y que su máximo título era el de bachiller. Concluía su autorretrato con el reconocimiento de que habiéndolo emprendido todo por su sola afición, no se tenía a sí mismo por profesional de nada.

Nunca estuvo sujeto a la percepción de salario alguno. Tuvo en Madrid distintas soluciones habitacionales. Una larga temporada de residencia en la glorieta de Bilbao le hizo asiduo del Café Comercial. Allí leía la prensa española e italiana y a partir de esas lecturas dio en establecer La hipótesis del Belgrano. En ese artículo memorable anticipó que el crucero Belgrano de la Armada argentina habría sido hundido por la Royal Navy pese a encontrarse fuera de las aguas que los británicos habían declarado exclusivas. El Almirantazgo quería a toda costa la guerra de las Malvinas y calculaba que con ese hundimiento el dictador Galtieri quedaría impedido de rehusar el enfrentamiento. Tuvieron que pasar años para que Thatcher reconociera en la Cámara de los Comunes que así había sido.

Tuvo reconocimientos que nunca buscó. No practicó el desaire ni cultivó el halago que tanta prosperidad depara. Ni siquiera aceptó ser académico cuando Francisco Rico le ofrecía como premio que tendría a su disposición el libro del conde de Clonard sobre los uniformes de la Infantería. Pero jamás dedicó desdén alguno hacia quienes persiguieron ese cursus honorum. Nada de torre de marfil; café de barrio, tertulia al final en el bar Universo, interés hasta el último día por los asuntos públicos de aquí y de la escena internacional y sin arredrarse al declarar “no estoy de acuerdo con todo lo que he escrito en mi vida”.

El último encuentro en el Universo, por Miguel Ángel Aguilar

La cita era los sábados a mediodía. El lugar sufrió algunos cambios. Durante unos años fue en el Bar Luz de la calle de López de Hoyos. Ferlosio encomiaba la actitud de los dos hermanos propietarios que preferían cerrar el local para que no se les llenara de gente cuando a la una salían del mercado. Alababa que no tuvieran ningún afán de lucro. Durante un breve lapso de tiempo la tertulia se instaló en una franquicia de Te y Café en la acera de enfrente. Resultó desapacible. Entonces se decidió nueva ubicación en el Bar Universo, gestionado por chinos pero con oferta culinaria española.

Junto a Rafael y Demetria, su mujer, los más asiduos eran el antropólogo Tomás Pollán, el editor Eugenio Gallego, el filósofo José Luis Pardo y en los últimos meses el periodista Manuel Llorente. Luego un amplio contingente de fijos discontinuos. Desde el profesor Juan Aranzadi, el editor Ignacio Echevarría, el académico Félix de Azúa, el novelista Gonzalo Hidalgo Boyal, su paisano el periodista Jesús Mota o el embajador Jaime de Ojeda, que se dejó caer cuando su última estancia en Madrid. A partir de cualquier asunto del momento, el debate podía entrar en ignición en excursiones hacia Atenas o Roma, la Edad Media o el Renacimiento, la pintura, Max Weber o Gonzalo Ayora.

El sábado 30, cuando llegué, como siempre tarde, solo quedaba Rafael. Me quedé a comer con él. Comentamos la bronca surgida a partir del planteamiento del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, que había rogado al Rey Felipe VI que pidiera perdón, ahora que se cumplen 500 años de la llegada de Hernán Cortes, con cuyo comportamiento se encuentra disconforme. En esa polvareda hice mención a un texto esclarecedor de Héctor Aguilar Camín escrito en 1993, México y su España imaginaria, donde da cuenta del conflicto que allí tienen y le recordé su libro Esas Yndias equivocadas y malditas. Ferlosio sostuvo que Cortés no fue de los peores y luego derivó hacia el juicio de residencia a que se sometía a virreyes y gobernadores cuando caducaba su mandato.

Por esa senda, mencionó a Lewis Hanke y a Solórzano Pereira. También a Pedro de Lagasca, al que encomió mucho. Se le escapaba el nombre de un jurista francés del XVI o XVII que había teorizado sobre la cuestión. Quedé encargado de consultar con Tomás Pollán, quien aclaró que se trataba del holandés Hugo Grocio. Luego le acompañé a su casa. Sin que lo supiéramos había sido el último encuentro en el Universo.

Despedida en los medios

– Muere Rafael Sánchez Ferlosio, maestro singular de las letras españolas, a los 91 años – por José Andrés Rojo

– Centramina e hipotaxis, por Miguel Aguilar

– El test Ferlosio, por Miguel Aguilar

El último encuentro en el Universo, por Miguel Ángel Aguilar

Artículo publicado originalmente en InfoLibre el 2 de Abril de 2019

Rafael Sánchez Ferlosio recoge el galardón del I Premio “Francisco Cerecedo” de manos del Presidente del Gobierno, Rafael Sánchez Ferlosio

La cita era los sábados a mediodía. El lugar sufrió algunos cambios. Durante unos años fue en el Bar Luz de la calle de López de Hoyos. Ferlosio encomiaba la actitud de los dos hermanos propietarios que preferían cerrar el local para que no se les llenara de gente cuando a la una salían del mercado. Alababa que no tuvieran ningún afán de lucro. Durante un breve lapso de tiempo la tertulia se instaló en una franquicia de Te y Café en la acera de enfrente. Resultó desapacible. Entonces se decidió nueva ubicación en el Bar Universo, gestionado por chinos pero con oferta culinaria española.

Junto a Rafael y Demetria, su mujer, los más asiduos eran el antropólogo Tomás Pollán, el editor Eugenio Gallego, el filósofo José Luis Pardo y en los últimos meses el periodista Manuel Llorente. Luego un amplio contingente de fijos discontinuos. Desde el profesor Juan Aranzadi, el editor Ignacio Echevarría, el académico Félix de Azúa, el novelista Gonzalo Hidalgo Boyal, su paisano el periodista Jesús Mota o el embajador Jaime de Ojeda, que se dejó caer cuando su última estancia en Madrid. A partir de cualquier asunto del momento, el debate podía entrar en ignición en excursiones hacia Atenas o Roma, la Edad Media o el Renacimiento, la pintura, Max Weber o Gonzalo Ayora.

El sábado 30, cuando llegué, como siempre tarde, solo quedaba Rafael. Me quedé a comer con él. Comentamos la bronca surgida a partir del planteamiento del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, que había rogado al Rey Felipe VI que pidiera perdón, ahora que se cumplen 500 años de la llegada de Hernán Cortes, con cuyo comportamiento se encuentra disconforme. En esa polvareda hice mención a un texto esclarecedor de Héctor Aguilar Camín escrito en 1993, México y su España imaginaria, donde da cuenta del conflicto que allí tienen y le recordé su libro Esas Yndias equivocadas y malditas. Ferlosio sostuvo que Cortés no fue de los peores y luego derivó hacia el juicio de residencia a que se sometía a virreyes y gobernadores cuando caducaba su mandato.

Por esa senda, mencionó a Lewis Hanke y a Solórzano Pereira. También a Pedro de Lagasca, al que encomió mucho. Se le escapaba el nombre de un jurista francés del XVI o XVII que había teorizado sobre la cuestión. Quedé encargado de consultar con Tomás Pollán, quien aclaró que se trataba del holandés Hugo Grocio. Luego le acompañé a su casa. Sin que lo supiéramos había sido el último encuentro en el Universo.

Mientras los dioses no cambien, por Miguel Ángel Aguilar

Tuvo reconocimientos que nunca buscó. No practicó el desaire ni cultivó el halago que tanta prosperidad depara

Gonzalo Torrente Ballester y Rafael Sánchez Ferlosio se saludan al encontrarse en la ceremonia del entrega del I Premio “Francisco Cerecedo” (1983)

Artículo publicado originalmente en El País el 1 de Abril de 2019

Tenía predilección por el género de los pecios. Algunos fueron compendiados en su libro Mientras los dioses no cambien, nada ha cambiado, donde incluyó algún presagio como el que ahora puede estar a punto de cumplirse: “Vendrán más años malos y nos harán más ciegos”. Antes, la Asociación de Periodistas Europeos había inventado para él la Lección Conmemorativa Pascual Madoz encomendándole la primera edición de la serie que dictó en 1983 bajo el título de El ejército nacional. La versión inicial la había escrito para las páginas de EL PAÍS, pero andaba disgustado por la demora en publicarse. El responsable de la demora parecía ser Ángel Sánchez Harguindey. Quisimos averiguar la razón y Ferlosio concedió que le había salido un poco largo. ¿Cuánto de largo? 27 folios, fue su respuesta.

Ese mismo año le fue concedido el Premio de Periodismo Francisco Cerecedo y se vio conminado a escribir una breve autobiografía que tituló Rafael Sánchez Ferlosio par lui même. Allí declaraba ser hijo de padre español y madre italiana y haber nacido en Roma. Luego añadía cómo a la edad de 14 años, en el texto de literatura española de Guillermo Díaz-Plaja y en la frase en la que el autor, retratando al infante don Juan Manuel, decía literalmente “tenía el rostro, no roto y recosido por encuentros de lanza, sino pálido y demacrado por el estudio”, conoció cuál era su ideal de vida. No obstante, precisaba, había sido siempre demasiado perezoso para llegar a empalidecer y demacrarse en medida condigna a la de su ideal emulatorio, y que su máximo título era el de bachiller. Concluía su autorretrato con el reconocimiento de que habiéndolo emprendido todo por su sola afición, no se tenía a sí mismo por profesional de nada.

Nunca estuvo sujeto a la percepción de salario alguno. Tuvo en Madrid distintas soluciones habitacionales. Una larga temporada de residencia en la glorieta de Bilbao le hizo asiduo del Café Comercial. Allí leía la prensa española e italiana y a partir de esas lecturas dio en establecer La hipótesis del Belgrano. En ese artículo memorable anticipó que el crucero Belgrano de la Armada argentina habría sido hundido por la Royal Navy pese a encontrarse fuera de las aguas que los británicos habían declarado exclusivas. El Almirantazgo quería a toda costa la guerra de las Malvinas y calculaba que con ese hundimiento el dictador Galtieri quedaría impedido de rehusar el enfrentamiento. Tuvieron que pasar años para que Thatcher reconociera en la Cámara de los Comunes que así había sido.

Tuvo reconocimientos que nunca buscó. No practicó el desaire ni cultivó el halago que tanta prosperidad depara. Ni siquiera aceptó ser académico cuando Francisco Rico le ofrecía como premio que tendría a su disposición el libro del conde de Clonard sobre los uniformes de la Infantería. Pero jamás dedicó desdén alguno hacia quienes persiguieron ese cursus honorum. Nada de torre de marfil; café de barrio, tertulia al final en el bar Universo, interés hasta el último día por los asuntos públicos de aquí y de la escena internacional y sin arredrarse al declarar “no estoy de acuerdo con todo lo que he escrito en mi vida”.

El genio inadaptado, por Diego Carcedo

Rafael Sánchez Ferlosio durante la lectura de la I Lección Conmemorativa Pascual Madoz (1983)

Me hice un lector empedernido cuando conseguí rebasar la última página de El Jarama. No era fácil adentrarse en aquella prosa prolongada y a veces enrevesada que nos llevaba desde la metáfora a la realidad. Yo era muy joven, apenas había leído a Julio Verne, pero había descubierto, escuchando a los mayores, que El Jarama era lo mejor de lo mejor que se había escrito en la posguerra. Las personas cultas próximas hablaban de él en voz baja como si considerasen peligroso elogiar la recuperación de una actividad intelectual que los tres años de contienda civil habían frenado en seco.

Desde entonces, después de tener como reto literario de cabecera Alfanhuí, sentí una especial admiración por Rafael Sánchez Ferlosio que se fue incrementando con una fuerte dosis de curiosidad en torno a su personalidad cuando Miguel Angel Aguilar, su amigo íntimo, nos presentó. Sentí que aquel día conocía a un genio. Fue un domingo por la mañana y la verdad es que me saludó cortésmente, pero a partir de ese momento durante la hora larga de tertulia, no me hizo el menor caso, bien es verdad que yo me limitaba a escucharlo, a comprobar su personalidad fuera de lo común y su autocondición de inadaptado a las trivialidades de nuestra cotidianidad.

Su aspecto despistado y descuidado en el vestir coincidían plenamente con la imagen de personalidad diferente que con el correr de los años me había forjado de él. Me interesaban sus libros, aunque a veces me costaba penetrar en sus ideas, y me interesaban siempre sus aforismos, las frases talentosas y profundas, a veces enigmáticas, con que de vez en cuando nos obsequiaba en las páginas de algún periódico, últimamente en el lamentablemente desaparecido semanario Ahora. La ironía y el humor se amalgamaban en sentencias que obligaban a releer y dejaban pensando. Sánchez Ferlosio pasará al recuerdo por su legado literario, pero también por haber sido el último intelectual de la generación de los años cincuenta que nos acompañaba. Era huraño e introvertido, pero sobre todo su condición más acentuada era la de inconformista: inconformista con cuanto le rodeaba e inconformista consigo mismo.

Acababa de cumplir los noventa años y estaba en plenitud de sus facultades intelectuales. En las semanas anteriores había estado muy pendiente de una intervención quirúrgica a la que había sido sometida con éxito su mujer y quienes le trataban más que se mantenía fiel a su estilo provocador, crítico con cuanto está sucediendo y excéntrico en sus actitudes. Su mente creativa no se había resentido con los años. Nadie de cuantos le trataban podía imaginarse que le muerte física le estuviera acechando. La literaria e intelectual ya es historia.

Un fino intelectual con cierto salvajismo – In memoria de Juan Cueto, por Miguel Ángel Aguilar

Carlos Luis Álvarez, Miguel Ángel Aguilar, Felipe González y Juan Cueto en la entrega del V Premio “Francisco Cerecedo”

Juan Cueto, nacido en el Oviedín de 1942, acaba de dejarnos en Madrid. En uno de sus daguerrotipos su amigo Manuel Vicent escribía a la altura de septiembre de 1980 que podría parecer un joven marginal que arrastra las lañas por los tabernáculos de un barrio pasota pero que era todo lo contrario: un intelectual fino, con cierto salvajismo acelerado de provincias que bajaba de Asturias a Madrid a reconstruirse en la mitología de la gran ciudad donde cumplía con todos los ritos, incluido el de preguntar al camarero de Bocaccio por su amigo Roland Barthes, y desaparecía con el maletero rebosante de mensajes semióticos.

Desempeñó un papel decisivo en la ideación y puesta en marcha de Canal+ en España y en otros países, aunque después fuera centrifugado por necesidades de quienes resistían mal su talento. Inventor de la revista bimestral Los Cuadernos del Norte que logró mantener durante la década de los 80, de la que aparecieron más de 50 números con más de 5.000 páginas impresas. Desde Paul Auster a Martin Amis y todos los novelistas ingleses de aquel momento estuvieron en Los Cuadernos del Norte por vez primera veinte años antes de llegar al gran público en España. Juan Cueto conseguía editar en Oviedo una revista calificada de insular y periférica, que ofrecía una sorprendente mezcla de filosofía y literatura, de cultura elitista y de otra más popular que, al cabo, como pueden imaginar resultó improrrogable.

En 1987 ganó el premio de periodismo Francisco Cerecedo en su quinta edición por decisión unánime de un Jurado presidido por Domingo García Sabell e integrado por Onésimo Anciones, Concha García Campoy, Joaquín Portillo, Javier Pradera, Nativel Preciado y Carlos Luis Álvarez Cándido.

En octubre de 2006, en unas jornadas dedicadas a los periodistas y los medios de comunicación de Europa ante el siglo XXI, explicó que la mayor parte de los conflictos económicos, religiosos, culturales, políticos, científicos y técnicos estaban relacionados con la idea de globalización y que, por eso, debían analizarse al margen de los patriotismos más o menos nacionales o nacionalistas y de las ideologías políticas locales. Ponderó la crisis desencadenada por el impacto de las nuevas tecnologías de la información base de la propia globalización que constituyen la variable más desestabilizadora en el mundo de la empresa periodística y en la mutación del viejo oficio de periodista, como hemos venido observando desde entonces. Y recordó que la idea de Ilustración y aquel entusiasmo europeo por las Luces, que luego se contagiaría a los nacientes Estados Unidos de América, era ante todo una idea global, que entonces se denominaba como “lo universal”.

En su opinión, aquello fue el resultado directo de un debate periodístico en el que los filósofos alemanes, franceses e ingleses, empezando por Emmanuel Kant y acabando por Voltaire, cambiaron las tarimas académicas por las columnas de los periódicos. Y por esa senda llegaba a coincidir con Peter Sloterdijk en la necesidad de establecer un “índice de sincronización para evitar problemas ideológicos”. Propuso candidatos muy relevantes para el premio al tonto contemporáneo. Generoso con su tiempo y sus saberes, estaba dotado de un sentido de la amistad que era incapaz de despilfarrar con los estúpidos.

El intelectual de la modernidad – En memoria de Juan Cueto

Juan Cueto recibe el Premio Cerecedo de manos del entonces Presidente del Gobierno, Felipe González

Hacía tiempo que no teníamos noticias de Juan Cuetopremio Francisco Cerecedo de la APE en 1987 — y lo echábamos de menos. Una enfermedad larga y penosa, como casi todas las enfermedades, que le tenía apartado de la actividad cotidiana, le acaba de arrebatar la vida. Es lo primero que hay que lamentar y compartir el dolor con sus familiares. Pero también hay que recordar que la muerte nos ha arrebatado a sus seguidores, una aportación de talento e imaginación que nadie podrá reemplazar. Es, sin duda, una pérdida irreparable, primero para su familia, pero también para todos los que intentábamos anticiparnos al futuro que nos llevaría a la modernidad después de tantos años de oscurantismo.

Para los profesionales de la comunicación Juan Cueto Alas era el referente crítico que nos mantenía inquietos las 24 horas ante la valoración de nuestro trabajo. Sus críticas, entre irónicas y profundas, siempre respetuosas y estimulantes, ya son parte de la historia de la televisión Nada que llevase a pensar le era ajeno a Juan, pero la televisión, el fenómeno de masas que durante años centró la vida pública, se convirtió en su pasión y en su centro de análisis y prospectiva. Se había anticipado a los tiempos y lamentaba que la televisión no acompañase con inteligencia y agilidad creativa.

Lo hablé con él en varias ocasiones y siempre acababa dándole la razón porque sus análisis eran tan profundos y clarividentes que, al menos para mí, resultaban irrebatibles. Sus argumentos estaban respaldados también por su capacidad creativa, que demostró con proyectos y guiones lo mismo que durante los años en que dirigió Canal +, quizás los más interesantes de su singladura. Y lo reflejaban sus inquietudes literarias, expuestas con una prosa brillante, culta e incisiva. Nos deja varios libros de contenido imperecedero, muchos artículos inolvidables en las hemerotecas y tal vez la que fue su mejor iniciativa, la colección de Cuadernos del Norte.

Juan Cueto siempre se movió como pez en el agua en los ambientes cultos e intelectuales. Y siempre hizo alarde de su condición de asturiano. Aunque su inquietud y su vocación eran universales, nunca se olvidó de su tierra. Siempre fue fiel a sus raíces. A Asturias dedicó permanente atención desde sus miras más amplias; atención que rehuía la tentación reduccionista de una historia y una tradición con derivas aldeanas, para proyectarla al resto del mundo a través del conocimiento y de la imagen de universalidad con que él contemplaba la vida y la convivencia.

Pionero del periodismo audiovisual – En memoria de Pedro Erquicia

Pedro Erquicia, en primer plano, durante una visita a la APE de Fernando Morán en 1986. Junto a ellos, Carlos Luis Álvarez, Miguel Ángel Aguilar y Pablo Sebastián

Pedro Erquicia, nuestro compañero en la APE, pasará a la pequeña historia de la televisión en España por muchas de sus obras, empezando por la creación de Informe Semanal, pero en el conjunto de su labor profesional seguramente lo más importante, y paradójicamente lo que puede pasar más inadvertido, es haber sido el verdadero creador del periodismo audiovisual en España. Cuando él empezó a trabajar, aún como becario en prácticas y aún en los angostos estudios del palacete de Paseo de la Habana, TVE era un producto de la experiencia autodidacta del cine, y sus informativos, una herencia en imágenes y voces acampanadas del NODO que con tanto énfasis mostraba las grandezas del Régimen.

Pedro Erquicia, un joven inquieto y enigmático que no solía revelar precipitadamente lo que estaba pensando, enseguida empezó a intentar que aquel anquilosamiento de los telediarios evolucionase. Y en ese empeño hizo de todo, empezando por la redacción, desde luego, pero también entrando en los platós para trabajar de regidor y de realizador. Era inteligente y perspicaz, no desbordaba simpatía pero enseguida creaba ambiente profesional en torno a sus ideas y, en la medida que podía, en la puesta en marcha de sus iniciativas. La primera, aquel Semanal Informativo que luego él mismo cambiaría a Informe Semanal.

Siempre ejerció de donostiarra pero tenía vocación universal. Viajaba, hablaba idiomas y se preocupaba de ver lo que se hacía por ahí afuera donde la televisión estaba más avanzada y gozaba de libertad. Muchas veces le escuché que Informe Semanal lo había concebido después de ver el “60 Minutos” de la CBS norteamericana. La iniciativa de ofrecer un análisis en profundidad de los acontecimientos más relevantes de la semana era excelente y la prueba es que varias décadas después y de varias transiciones políticas y tecnológicas – paso del cine en 32 mm a 16, del blanco y negro al color, del cine al video… — el programa ahí sigue ejerciendo su decanato entre los de su género con muy buena salud.

Pedro Erquicia junto a Stephen Whittle, Director Ejecutivo de política editorial de la BBC, durante la celebración de la III Jornada de Periodismo Coca-Cola

Cuando me inicié en TVE, también en prácticas, Pedro Erquicia ya era el referente joven que nos guiaba a los de mi generación. Luego, pasados los años le sucedí en la corresponsalía en los Estados Unidos donde me aproveché de la herencia de su etapa, con unas infraestructuras para trabajar adecuadas, con un equipo de profesionales bien formados y con una imagen de prestigio que él había logrado para el logotipo de Television of Spain que ya era algo habitual y reconocido en la cobertura de grandes acontecimientos, conferencias de prensa y de manera especial, en las manifestaciones culturales que hasta ese momento solían pasar bastante inadvertidas y él había cultivado informativamente.

También fui sucesor suyo, aunque varios años y compañeros por el medio, en la dirección de los Informativos de TVE. Y a lo largo de varios años, aunque no soy gran consumidor de televisión, siempre que podía veía Documentos TV, quizás entre sus trabajos el que, al salir él mismo haciendo la presentación, le proporcionó más popularidad. Era un programa de esos que el paso del tiempo hace echar de menos. Pedro Erquicia le aportaba lo más importante a veces, una acertada selección de los temas, complementada por las introducciones que enseguida situaban al espectador.

A pesar de su fama de arisco era una persona que se hacía querer. Un buen compañero con el que, como diría el viejo Fernández Asis, podías cruzarte por los pasillos de Prado del Rey sin tener que meterte en un burladero, y un buen amigo; no un amigo íntimo, un buen amigo. Cuando sufrí un infarto me llamó y me dijo: “Tranquilo, yo sufrí uno hace catorce años y aquí sigo”. Le agradecí mucho aquella muestra de afecto y tan evidente manifestación de ánimo.

Diego Carcedo

En memoria de Víctor Fagilde, por Diego Carcedo

Víctor Fagilde, el periodista y diplomático cuya participación en las actividades de la APE tanto valor intelectual e informativo nos aportaba siempre, nos ha abandonado. Y lo ha hecho joven, en la plenitud de su vida y de sus variadas capacidades. No por esperada desde hace meses, su muerte nos ha impresionado menos. Víctor era un miembro inevitablemente errático de la Asociación — sus altas funciones como embajador sólo le permitían participar en nuestras actividades de manera esporádica –. Pero cuando asistía, siempre que la agenda le dejaba un respiro, su presencia se hacía notar con su  cordialidad, con su simpatía personal y con la sensatez de sus reflexiones.

A la izquierda, Víctor Fagilde, junto a Gonzalo Sánchez de Lozada, Presidente de la República de Bolivia, en un almuerzo en la sede de la APE en el año 2003

Fagilde fue un diplomático brillante, desempeñó puestos muy importantes en el servicio exterior, como la Embajada en Chile en momentos complicados, pero nunca se olvidó, todo lo contrario, de su faceta — su otra y tal vez primordial  vocación –, como periodista. Lo prueba la asiduidad con que a pesar de su alejamiento en el mapa, seguía cumpliendo cada semana con la columna de opinión en El Correo Gallego, el periódico de su tierra, que le tenía en un lugar preferente en su lista, ya tradicional de colaboradores ilustres. Aunque lo suyo eran las relaciones internacionales y su pasión era Latinoamérica,  nada de la actualidad le era ajeno.

Estos días en la APE todos nos sentimos tristes. Nos abandona un compañero culto, serio, reflexivo, e interesado siempre – como buen periodista que era aunque no ejerciese a full time – en cuanto nos brindaba la actualidad cotidiana. A la Asociación de Periodistas Europeos le lega la herencia de múltiples aportaciones para el debate político, social y periodístico. Y deja un recuerdo imborrable de su calidad humana, de su dedicación a la doble función social que desempeñaba, de su compañerismo y de su   inquietud por la actualidad que seguía minuto a minuto a través de los diferentes medios y sobre la cual siempre tenía un análisis riguroso y una opinión acertada.

 

Diego Carcedo

Manuel Marín, Europa de luto

Manuel Marín durante la celebración del Seminario “La primavera árabe” en julio de 2011

Reconozco que la muerte de Manuel Marín no me cogió de sorpresa: me la había anticipado él, con su serenidad habitual, hace escasas semanas. Sufría un cáncer de pulmón en un estado muy avanzado que no ocultaba y me explicó con todo detalle los pormenores de su condición irreversible. Era una personalidad muy reflexiva, de apariencia casi me atrevería a decir que triste, muy inteligente y con una capacidad reflexiva extraordinaria. Las conversaciones con él eran pausadas y siempre interesantes particularmente cuando se trataba de Europa y lo que había sido su vida, la integración europea.

Estoy seguro que en estos días de luto europeo en su memoria se le reconocerán con creces sus méritos políticos y sobre todo su contribución, primero a la democratización de España, segundo a la incorporación de nuestro país a las Comunidades Europeas, más tarde a los avances que experimentó la integración en sus años como comisario, como vicepresidente y como presidente en funciones de la Comisión. En Bruselas era considerado como uno de los activos más importantes con que contaba el Ejecutivo comunitario.

También como presidente del Congreso de los Diputados tuvo una actuación memorable. Era un exégeta de las formas y supo en todo momento hacer honor al cargo, con importantes aportaciones a la estabilidad política, y sin descuidar nunca ejercer las funciones con neutralidad. Aunque su aspecto sobrio y reflexivo le mostraban distante a veces, era una persona cordial y con un buen sentido del humor que hacía que conversar con él resultase además de ilustrativo, ameno. Era poco dado a la chismografía pero si una enciclopedia de anécdotas.

Manolo Marín firma el libro de visitas de la APE en su visita en el año 1985

Conocía y había tratado a todos los protagonistas de la actividad internacional, desde los presidentes de los Estados Unidos hasta Rusia. Pocas veces recuerdo haber reído tanto oyéndole relatar detalles del conflicto protocolario que tuvo que enfrentar siendo presidente del Congreso cuando Vladimir Putin visitó España. La redacción de las invitaciones incluían según las exigencias de la Embajada rusa que no entendía de matizaciones verbales a la primera dama de entonces bajo el título de la señora Putina. Lamento no recordar cómo consiguió soslayar tan embarazosa situación.

Hoy la noticia es que ha muerto, que la política y la diplomacia españolas se han empobrecido con una pérdida irrecuperable y de que conservaremos mucho tiempo su recuerdo y el legado que nos dejó en herencia. Manolo Marín era un valor de nuestra democracia, de nuestra libertad y de nuestro europeísmo. Pocos españoles como él, si es que hubo alguno, aportaron tanto al sueño europeo y al proceso, lento pero imparable, de la integración continental que ha proporcionado tantas décadas de paz y progreso a sus pueblos.

Fdo.
Diego Carcedo

En memoria de Mário Soares, el gran democratizador.

Mario Soares pasará a la historia como el político que más contribuyó a estabilizar la democracia en Portugal después de cerca de medio siglo de dictadura y casi un lustro de vaivenes militaristas y revolucionarios. Pocas biografías políticas se muestran tan ricas como la suya: fundador del Partido Socialista que ha gobernado en varias legislaturas – incluida la actual –, primer ministro y presidente de la República son los capítulos más destacados de su trayectoria como gobernante, como intelectual y como líder con una influencia internacional que le situó entre los grandes del Socialismo en su época dorada.

Pero al recordar su legado, hay mucho más. Su actuación inteligente y ponderada fue crucial para que su país consiguiese la estabilidad interna, la normalización internacional y la recuperación de una economía a la que el Salazarismo había condenado a la pobreza. Soares en su etapa de ministro de los Negocios Extranjeros de un Gobierno sin rumbo claro fue crucial para poner fin a las guerras coloniales y a que consiguieran la independencia Guinea Bissau, Cabo Verde, Angola, Mozambique, Santo Tomé y Timor,así como para la integración de Portugal en la Unión Europea.

España y la democracia que disfrutamos los españoles también le deben un reconocimiento. Para empezar, Mario Soares fue uno de los políticos portugueses que más simpatía y afecto manifestó siempre por nuestro país. “Yo soy un portugués que ama a España, me identifico con su Cultura y soy admirador de su arte y su literatura”. “No soy – recuerdo que me decía un día – de los que opinan que de España no llega nada bueno a Portugal”.

Mário Soares en el XV Foro Eurolatinoamericano celebrado en 2009

 

Y lo demostró dando un impulso vital a las relaciones peninsulares que desde entonces son excelentes. Aunque en los primeros tiempos mostraba mayor afinidad con el PSP de Tierno Galván, influyó tanto sobre el profesor como sobre RaulMorodo para que se fusionasen con el PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra. Menos conocido fue su respaldo muy importante a la Transición española. El primer viaje a Adolfo Suárez, en aquellos días en que su nombramiento era considerado por muchos un craso error, fue a Lisboa. Y no sólo se trataba de una visita de cortesía.

Soares erael primer líder socialista que recibía a quien todo el mundo veía aún como heredero político de Franco. Fue una visita que encerró una importancia extraordinaria. Después de la recepción oficial y de las reuniones de una agenda con diversos asuntos, los dos jefes de Gobierno se reunieron a solas, sin intérpretes, Lo hablado en aquella hora y media de conversación no trascendió.

Apenas la sonrisa de Mario Soares al final dejaba entrever que había sido del mayor interés. Pasado el tiempo, Soaresme reveló en una conversación privada que Suárez le había anticipado sus planes democratizadores y le pidió su colaboración para hacer llegar a otros líderes de la Internacional Socialista como Brant, Miterrand, Craxi u Olof Palmer que los temores de que se perpetuase el franquismo que todos, empezando por los socialistas españoles sentían eran infundados.

 

Mário Soares y Antonio Tabucchi en el XV Seminario Luso-Español (2008)

Diego Carcedo

Presidente de la Asociación de Periodistas Europeos

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