El miedo a nosotros mismos, por Miguel Ángel Aguilar y Juan de Oñate

Prólogo de la publicación Europa amedrentada: la amenaza del yihadismo. Inteligencia y comunicación estratégica, editado por la Asociación de Periodistas Europeos.

Miguel Ángel Aguilar y Pedro Morenés en la clausura del XXVIII Seminario Internacional de Seguridad y Defensa.

En el Parador de Toledo, los días 8 y 9 de junio de 2016, la convocatoria de la XXVIII edición del Seminario Internacional de Seguridad y Defensa pretendía avivar el debate sobre la «Europa amedrentada: la amenaza del yihadismo». Panelistas y demás participantes mantenían imborrables en su memoria los atentados del aeropuerto de Zaventem y de la estación de metro de Maalbeek, en Bruselas, apenas tres meses atrás. Y también los de la noche del 13 de noviembre de 2015 en París, el de julio de 2005 en Londres o el del 11 de marzo de 2004 en las estaciones de cercanías de Madrid. Una serie de atentados que ha situado al terrorismo yihadista como el principal desafío a la seguridad de los países miembros de la Unión Europea y los aliados de la OTAN.

Que parecieran vislumbrarse algunas muestras de agotamiento en el Dáesh y que afloraran debilidades de financiación a consecuencia de los bombardeos aliados, así como de la caída de los precios del petróleo, en absoluto aportaba consuelo, pues el terrorismo yihadista sigue atemorizando en grado extremo a las sociedades occidentales, en general, y a las europeas en particular, como quedó trágicamente demostrado al irrumpir en la celebración de la fiesta nacional francesa en la ciudad de Niza.

Pendientes esos días de junio de 2016 de los avatares de la guerra en Siria y de la radicalización de los combatientes diseminados por Europa, fue del máximo interés escuchar las advertencias del holandés Joost Hiltermann y del francés Jean-Pierre Filiu, a tenor de las cuales el riesgo principal, la mayor amenaza para la seguridad occidental, reside, más que en los ataques del Dáesh, en la respuesta a dichos ataques. En sus intervenciones, ambos señalaron la lógica del temor a los agresores y advirtieron de la necesidad de permanecer en guardia sobre nosotros mismos y de controlar con inteligencia nuestras reacciones, sin deslizarnos hacia visceralidades ni incurrir en cegueras morales.

En el momento de escribir estas líneas –diciembre de 2016 en Roma– Barack Obama, todavía presidente en ejercicio de Estados Unidos, en la que estaba programada como su última alocución ante los militares de los que es Comandante en Jefe, pronunciada en la base aérea de MacDill, en Florida, quiso subrayar que el respeto a la ley es la mayor fortaleza y que violar las libertades en la lucha contra el terrorismo, como propugna su sucesor electo, Donald Trump, promoviendo el recurso a la tortura, sería la verdadera derrota. Además, los uniformados saben de sobra que la obediencia debida para nada cubre los actos que supongan crímenes contra la humanidad, como es el caso de la tortura. Quien los  ometa deberá ser encausado, como lo fueron hace setenta años los nazis en Nuremberg, al concluir la Segunda Guerra Mundial.

Sepamos que, desde el origen del conflicto, el terrorismo yihadista ha llevado la batalla al terreno conceptual que más ha interesado a sus objetivos. Por eso, podríamos fijar la primera de sus victorias en el propio planteamiento lingüístico del conflicto. Porque, mientras para los occidentales se trata de una lucha contra el terrorismo más sangriento, para el Dáesh es una guerra santa planteada ante un inminente fin del mundo apocalíptico. Más allá del número de vírgenes que aguarden al combatiente para hacerle feliz, los yihadistas subrayan que estamos viviendo el último hálito de la humanidad. Decía Clausewitz en De la guerra (1832) que «cuanto más importante y de mayor entidad sean los motivos de la guerra, con mayor empeño se tratará de derribar al adversario, y entonces tienden a confundirse objetivo guerrero y fin político, de manera que la guerra aparece menos política y se absolutiza como puramente guerrera».

Sorprende al observador la extraña combinación que suma de un lado el arcaísmo de los mensajes y, de otro, la extrema modernidad de sus canales de difusión. Aquí, las redes sociales desempeñan una función relevante para captar adeptos mientras, de modo simultáneo, propagan las acciones más violentas y las ejecuciones más sanguinarias que, en vez de generar repugnancia, se convierten en elementos de prestigio que añaden atractivo a sus adeptos. Al otro lado del espejo, la sociedad occidental se ve en el dilema de dar pábulo a barbaries que mostrarían la inhumanidad del enemigo y cargarían de razón a quienes lo combaten en primera línea o silenciarlas, tanto en señal de respeto a las víctimas como para restarles el impacto que pretenden multiplicar.

La última de las victorias del Dáesh podría situarse en el terreno de la dialéctica, pues ya sea en su versión anglosajona de ISIS, en la traducción española de EI, o en la árabe de Dáesh, los yihadistas logran presentarse como un Estado, apropiándose además del islam, sabedores de que las creencias son mucho más peligrosas que las religiones.

Los habituales de este Seminario Internacional de Seguridad y Defensa, organizado anualmente por la Asociación de Periodistas Europeos, estaban advertidos desde hace casi una década por el escritor y periodista francés Sylvain Cypel, quien analizó en este foro el uso de las religiones como combustible del conflicto y, bajo el título «Dioses, modo de empleo», explicó que la peligrosidad, más que en la religión, se encuentra en la vinculación de las creencias religiosas a algo más grande que Dios, a algo que acaba siendo el «nosotros», en el sentido tribal, nacionalista o étnico. Es ese vínculo entre la creencia en un Dios y ese «algo mayor» lo que provoca la mayor amenaza.

En esa misma línea cabría interpretar la capacidad que tiene la religión para dotar de identidad, para favorecer el sentido de pertenecía a una comunidad. En la última década, en Francia se ha confirmado que multitud de jóvenes, a pesar de no practicar la religión, de no acudir jamás a las mezquitas ni de cumplir el Ramadán, se identifican a sí mismos como musulmanes, dotando al término «musulmán» de un significado social o cultural, en lugar del estrictamente religioso. Ese sentido de pertenecía puede desarrollarse de manera integrada y pacífica o dar lugar a la radicalización o «conversión», denominación preferida por el profesor Filiu, a pesar de que muchos «conversos» vinieran profesando la religión desde antes.

Las sesiones del seminario de Toledo a las que se refieren estas líneas dejaron claro que, en ningún caso, quienes aceptamos ser denominados como occidentales podemos presentarnos como las principales víctimas del yihadismo, ya que el 99% de las víctimas de sus ataques son musulmanes y el 80% de los atentados se producen en «suelo musulmán». Es necesario, por tanto, entender que son ellos los principales damnificados y que están luchando por dejar de serlo, como demuestra el hecho de que el 90% de los testimonios contra los terroristas yihadistas vengan de manos de otros musulmanes y que el 60% de las denuncias procedan de miembros de sus propias familias. Por otro lado, merece la pena resaltar que, a pesar de no estar España entre los países europeos con mayor riesgo de recibir atentados, más de 160 españoles han partido a hacer la yihad y una veintena de ellos han regresado a nuestro país. Falta la definición de un perfil del yihadista que atenta en occidente, pero sabemos que se trata principalmente de jóvenes de segunda generación, tan lejanos de la cultura de sus padres como de la del país en el que viven. La información disponible indica que en el 90% de los casos los yihadistas se radicalizan en grupo, no de manera individual, y que la mujer, ausente hasta hace un lustro, cobra ahora un papel importante en ese proceso de radicalización, o conversión (hemos pasado de la inexistencia de conde nadas por delitos vinculados con el terrorismo islámico en 2012 a que en la actualidad éstas supongan el 16% de la movilización yihadista en España).

Afrontar la amenaza yihadista requiere creer en nosotros, superar el miedo, modular nuestras reacciones y entender que la victoria sobre la barbarie pasa por sostener principios y valores. Además, la respuesta no debe ser únicamente institucional, sino cívica. Como los expertos convocados en Toledo concluyeron, para acabar con el terrorismo debemos evitar el suministro a los terroristas de excusas utilizables para la captación y la propaganda. Frente a su vandalismo, nuestro civismo cooperativo.

En cuanto a las intervenciones militares sobre el terreno, las sesiones de Toledo dejaron bien establecido que incluso quienes las consideran imprescindibles saben que son insuficientes. También que la efectividad de la lucha sólo puede alcanzarse a escala supranacional y que, aunque las probabilidades de descabezar al Dáesh son altas, las de aniquilarlo son escasas, especialmente si se adoptan estrategias cortoplacistas que se inclinen por gestionar los problemas en lugar de resolverlos.

Algunos ponentes resaltaron el papel que desempeñan los medios de comunicación en la batalla dialéctica y moral contra el terrorismo yihadista y prescribieron la conveniencia del abandono de una pretendida neutralidad e imparcialidad, carentes de sentido cuando lo que está en riesgo es la pervivencia de las libertades, última razón de ser del sistema diferencial que han de contribuir a preservar. Su modo de informar debe alejarse del discurso de la servidumbre voluntaria, que inocula miedo y fomenta la consiguiente sumisión cívica.

El ministro de Defensa, Pedro Morenés, clausuró el seminario advirtiendo que el amedrentamiento de Europa ante el terrorismo yihadista guarda relación con un cierto acomodamiento, que surge al desaparecer las amenazas bélicas que mantuvieron en vilo a los fundadores de la Unión Europea y la dotaron de valores y principios. Es la falta de valor al encarar los problemas y la pérdida del liderazgo de entonces la que abriría la deriva hacia la ineficacia y la indecisión.

Llegados aquí, se impone un capítulo de agradecimientos, en particular a la amplitud de miras de instituciones como el Ministerio de Defensa y la Junta de Castilla-La Mancha, así como de empresas como El Corte Inglés, Indra y Navantia, que han hecho posible esta convocatoria para abordar cuestiones de la mayor relevancia ante un público compuesto por más de ciento cincuenta asistentes, venidos de organismos públicos, think-tanks, universidades, el cuerpo diplomático acreditado en España, las Fuerzas Armadas y redacciones periodísticas. Continuará.

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