Europa es la única idea posible, discurso de Ignacio Torreblanca en la entrega del XXI Premio Salvador de Madariaga

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Autoridades, anfitriones, colegas, amigos y amigas de la Asociación de Periodistas Europeos.

Quiero agradecer al jurado su generosidad al concederme este premio precisamente porque no soy periodista sino simplemente alguien, en este caso un politólogo, que ha sido honrado con el privilegio de escribir en un periódico, me llena de satisfacción el reconocimiento que el jurado ha hecho de mi trabajo como tal. Hay días, creo que a todos nos pasa, que uno no sabe exactamente lo qué es, ni cómo definirse, ni si lo que hace tiene mucho sentido. En mi caso, el intento de compatibilizar la docencia universitaria con el periodismo, el ensayo político y la investigación en un laboratorio o “tanque” de ideas, como gustan decir los anglosajones, es fuente en no pocas ocasiones de alguna angustia y duda existencial. Pero, afortunadamente, el premio que recibo hoy honra la memoria de alguien, Salvador de Madariaga, que fue nada menos que ingeniero, escritor, político, profesor, diplomático, periodista, crítico literario y muchas otras cosas más. Es un honor recibir un premio que lleva el nombre de un español que representa como nadie tanto la ambición europea de España como la lucha por la recuperación de la libertad para los españoles. Su biografía, brillante, convulsa y amarga a la vez, nos ofrece el mejor retrato de esa Europa que nos ha traído hasta aquí y que nos une aquí hoy a todos. Madariaga, que falleció en 1978, no vio la adhesión de España a la Unión Europea pero sin duda que reconocería su legado en el hecho de que alguien como yo pudiera, al alcanzar su mayoría de edad en 1986, hacerlo a la vez como ciudadano español y europeo.

Si Europa fuera solamente una abstracción, sería, ante todo, una bella idea. Pero la biografía de Madariaga, unida a la trágica historia de Europa, nos dice que Europa no sólo es una bella idea, sino la única idea posible. Europa es, a la vez, el continente de la Ilustración y de los campos de concentración, el lugar donde Kant pudo escribir su proyecto de paz perpetua y, también, el escenario de las atrocidades, venganzas y crímenes que llevaron al historiador Keith Lowe a describirlo como “el continente salvaje”. En esta Europa atravesada de guerras de religión, pulsiones nacionalistas, rivalidades entre estados y choques entre identidades, el proyecto europeísta sigue representando, a fecha de hoy, la bandera de la Ilustración. Pero, como nos advirtió Tony Judt con esa clarividencia suya a veces tan difícil de aceptar, que Europa sea el único proyecto posible desde el punto de vista de la razón no quiere decir que ese proyecto esté condenado al éxito. Al contrario, como han experimentado las elites europeas en las dos últimas décadas, el tener razón histórica y moral (si algo así existe y no se llama arrogancia) no ha garantizado ni mucho menos el entusiasmo de la ciudadanía ni un avance sostenido y lineal de ese proceso hacia la integración política. Aunque nos pese, a punto de cumplirse 65 años de la Declaración Schuman, la opción cosmopolita sigue siendo minoritaria y no muy bien comprendida.

No hay razón sin embargo para el pesimismo, pues detrás de la fragilidad de este proyecto se esconden dos regalos muy valiosos: uno, una continua e imprescindible lección de humildad que nos obliga a todos a ser mejores y hacer mejor las cosas; y dos, un futuro abierto que, al no estar prescrito, puede ser moldeado con nuestras manos e ideas. El proyecto europeo representa la quintaesencia de lo que Karl Popper describió, en oposición a las sociedades totalitarias o “cerradas”, una sociedad abierta, es decir, una forma de vida en común donde no existe la verdad sino sólo un punto de partida para intentar encontrarla basado en la convicción de que todo conocimiento es limitado y un método (el democrático) para organizar esa búsqueda. Es ahí donde el periodismo, veraz, exigente y crítico, encuentra una de sus razones fundamentales de ser: en hacer llegar a la ciudadanía las razones del europeísmo y, a la vez, darle un instrumento para hacer oír su voz. Los periodistas sois, somos, si me lo permitís por un día hoy, los ojos y los oídos de la ciudadanía en la construcción europea. Por eso os dedico el premio a vosotros.

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