Homenaje al General Gutiérrez Mellado, por Miguel Ángel Aguilar

Artículo original publicado en el número 974 de El Siglo de Europa

Un corneta en uniforme del Regimiento de la Guardia Real dio el toque de Oración, que todos escucharon firmes y en silencio. Luego, siguieron las intervenciones del general Javier Calderón, del general Miguel Íñiguez, de Alberto Aza, Landelino Lavilla, Alberto Oliart, Eduardo Serra, Narcís Serra y Fernando Puell de la Villa. Se sucedieron conforme al orden de su aparición en la vida del homenajeado. Calderón, en el Alto Estado Mayor; Íñiguez, como ayudante; Aza, cuando secretario general de la Presidencia del Gobierno en Moncloa; Landelino, en el Consejo de Ministros al que se incorpora Mellado y en el Consejo de Estado cuando fue designado consejero permanente; Oliart, al asumir el ministerio de Defensa; Eduardo Serra, en la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción; Narcís Serra, como primer socialista en las responsabilidades de Defensa y Puell en sus tareas de biógrafo.

Puede que la Real Academia de la Historia se atornille en su negativa a rectificar pero la admiración ganada por el general Manuel Gutiérrez Mellado a cuerpo limpio, sin inmutarse por los disparos de los asaltantes felones de uniforme, se mantendrá inalterable en nuestra memoria. Se la venía ganado desde mucho antes con su empeño inteligente de que las Fuerzas Armadas dejaran de formar parte de la amenaza y pasaran a ser parte de la Defensa bajo las órdenes del Gobierno como el mejor respaldo para el ejerció de la soberanía nacional.

Los inasequibles al desaliento cuando se vieron perdidos el 24 de febrero de 1981, al día siguiente de su intentona, trataron de negarlo todo. Quisieron hacer luz de gas pero fue imposible que consiguieran tergiversar lo sucedido. La fechoría estaba grabada por las cámaras de televisión, los rehenes sumaban más de cuatrocientos, entre el gobierno y los diputados participantes en la sesión de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente. Miles de soldados habían recibido órdenes de los golpistas, que invocaban los más altos motivos para las más cobardes acciones. Pero el país entero se negó a tragar el engaño, que quisieron administrarle los que como siempre estaan empeñados en volver a las andadas.

La percepción de todo cuanto la naciente democracia hacía en favor de las Fuerzas Armadas – aumento de presupuestos, nuevas dotaciones, mejoras en el adiestramiento, mayor operatividad, racionalización de las escalas, estímulos profesionales- quedaba pervertida mediante la interposición del filtro tergiversador de la prensa ultraderechista, que enturbiaba las realidades y las presentaba como perjudiciales y deshonrosas. . El general Franco había mantenido encendido en los militares el orgullo de Ejército vencedor y ese factor moral, que encubría otras realidades, hizo que le mitificaran. Pero, después de muerto era improrrogable. Se imponía un difícil cambio de lealtades. Era inaplazable la construcción de un nuevo orgullo, en el que todos pudiéramos coincidir sin que su exhibición pudiera sumir en la humillación a ningún compatriota. A esa tarea se aplicó el general Manuel Gutiérrez Mellado, al que se tributaba el 24 de mayo pasado en la Fundación Carlos de Amberes el debido homenaje cuando se cumplen cien años de su nacimiento, en una iniciativa compartida con la Asociación de Periodistas Europeos y la Fundación del diario “MADRID”.

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