La vida es inocente

Texto de Felipe Hernández Cava para el catálogo de la exposición “Españoleando, Chumy Chúmez en el Diario Madrid

Chumy Chúmez era, de entre todos los escépticos que he conocido, el que más sólidamente argumentada tenía su desconfianza hacia las verdades irrefutables y el modo en que las mismas nos aherrojan. Por dudar, dudaba hasta del mismísimo nihilismo, en su afán de ser lúcido y exigente consigo mismo hasta el límite, como aquel Novalis capaz de señalar lo que tildamos de verdadero como un error total que no genera más que sumisión y fácil acomodo. En consecuencia, se negó siempre a acatar cualquier valor que viniese avalado por una supuesta primacía, ya fuera en el orden artístico o en el del pensamiento, que él interpretaba como una coacción para su sentido provocativo y siempre polémico de la auténtica libertad.

Mientras algunos amigos se preguntaban a menudo cómo era posible que yo, dado a enredarme con la ética y sus variaciones, le fuera tan fiel y próximo, a mí no me cabía la menor duda de estar ante uno de los más declarados y perspicaces enemigos de los asentimientos colectivos que desplazan al individuo del centro de las cosas y le empujan a un vacío compartido al que él se asomaba con una risa destrozapadres que reclamaba la mayor legitimidad de la vida frente al pensamiento.

Por otro lado, Chumy no era uno de esos oportunistas calculadores, amigos de alcanzar la notoriedad, por fugaz que fuera, merced a la impostada audacia de lucir la máscara del provocador, sino alguien que se entregaba a lo más íntimo y escondido de su yo para afirmarlo contra cualquier atisbo de objetividad idealizada como cierta (lo que le podía empujar, cuando le convocaban para un debate televisivo o radiofónico, a participar indistintamente entre los que estaban a favor o en contra de lo que allí hubiera de dirimirse).

Lector empedernido de Freud, al que se acercó para comprender algo mejor el complejo de Edipo del que jamás dejó de hacer gala y otros traumas infantiles sin resolver, y al que consideraba uno de los mejores escritores del siglo XX, reprochaba al intelectual moravo el haberse detenido en el umbral de algunas de sus percepciones de la coercitiva moral burguesa por miedo a recibir una mayor sanción social que la que ya tuvo.

Chumy, en cambio, apostó por desentenderse de cualquier atadura, de cualquier juicio externo, y, del mismo modo que en esa brillante etapa del diario Madrid se fue desasiendo del magisterio de Steinberg, que pesaba sobre todos los renovadores gráficos de su generación, soltó amarras, pese a la existencia de la censura, con la bonhomía del chiste español para practicar un humor acorde con su salvaje júbilo de total autonomía.

Fue en ese periódico de trágico final donde empezó a ser realmente grande y arrebatado mientras conformaba y confirmaba el tono de una línea exultante, hecha de mucha vida propia, en la que los sentidos se vaciaban sobre el papel para atacar el lado más intemporal de una sociedad triunfante, llamada a perpetuarse en esos trazos esenciales más allá de la muerte del dictador, y a la que caricaturizaba hasta el estereotipo para hacer sus contradicciones plenamente visibles: ricos de los de siempre, pobres de universal solemnidad, súbditos –que no ciudadanos- con la piedra de Sísifo sobre las espaldas…

Como sus queridos Stan Laurel y Oliver Hardy, él se valía de una alegría sin contaminar por la bilis parar otear las ruinas de un sistema enfermo, e incluso muerto en alguno de sus ámbitos, en el que el Estado cumplía el papel de controlador de todas las desigualdades y, lo que para Chumy era peor, de productor de sujetos tan homogéneos como fragmentados. Esta guerra, que siempre fue personal, sin banderas ni carnés, le llevaría, empero, a ser malinterpretado como izquierdista o derechista en función de la orientación política de cada uno de los gobiernos bajo los que le tocó vivir. Pero su crítica, sin embargo, jamás varió un ápice. E incluso cuando fue políticamente incorrecta –con las mujeres y otras razas, fundamentalmente- seguía irguiéndose sobre la idea de que teníamos que emanciparnos de muchos de los miedos de la razón y establecer algunos pactos con los demonios sancionados por la misma.

Con esa premisa, se pasó los años experimentando y, por qué no, jugando –era de los que tenían, como su amigo Manolo Summers, al juego como un supuesto indispensable para la plenitud humana- con todo lo que estuviera sometido a ese exceso de luz que posee lo incontrovertible… con todo menos con La Muerte, con la honra de la cual fue uno de los pocos humoristas que estableció un fecundo pacto: el de arrebatarla a las sombras a las que suele estar confinada para dejarla defenderse como una desconocida capaz de suscitarnos tanto espanto como jocosidad.

No es que no temiera a sus espasmos, hipocondríaco impenitente como fue, dado a hacerse análisis duplicados para confrontarlos, pero en Ella hallaba una petulancia y un orgullo que no dejaban de resultarle familiares y que constituía la mejor contrapartida del orden y, también, del concepto de culpa.

Ya he dicho en múltiples ocasiones que Chumy fue uno de los más grandes humoristas de todos los tiempos y que inauguró toda una época de fidelidad a lo terrenal frente a los discursos que propugnaban paraísos impersonales, sin diversidades ni contrastes. Y así, cuando me enseñaba uno de sus gozosos apuntes del natural, que luego acarreaba hasta los chistes para reanimarlos, para sacarlos de lo rutinario, mientras yo enjuiciaba sus errores estéticos, él siempre acaba sentenciando: “puede que tengas razón, pero el disfrute que tuve con la mujer que posó como modelo está por encima de esos razonamientos”.

Tuvo, por tanto, que batirse con una gramática engañosa y endogámica del dibujo humorístico, en la que todo estaba demasiado jerarquizado, para hablar con grandeza de lo que nos ocupa y nos distrae mientras, lejos de cualquier atisbo sublime, esperamos que La Parca venga a susurrarnos su mejor chiste al oído, el único que hará temblar de risa nuestras esperanzas.

Sin más aspavientos que los del pincel, y sin necesidad de encontrar acólitos a los que convencer, Chumy golpeaba las buenas conciencias, que a menudo veíamos en el otro, no en nosotros mismos, y dejaba fluir todo lo reprimido por los escrúpulos para que nada ni nadie pudiesen ampararse en la palinodia de las excusas.

Y cuando ahora miro sus trabajos para el diario Madrid hallo el reflejo de una sociedad en la que se ejercía a destajo la violencia, como siempre, y, frente a ella, sin más sometimiento que a lo que es consustancialmente humano, un hombre, un humorista, un portentoso dibujante, que sólo reconocía su superioridad a esa Señora Abstracta, todo huesos y guadaña en ristre, que es la única en condiciones de ofrecer a todos y para todos un régimen igualitario.

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