Mientras los dioses no cambien, por Miguel Ángel Aguilar

Tuvo reconocimientos que nunca buscó. No practicó el desaire ni cultivó el halago que tanta prosperidad depara

Gonzalo Torrente Ballester y Rafael Sánchez Ferlosio se saludan al encontrarse en la ceremonia del entrega del I Premio «Francisco Cerecedo» (1983)

Artículo publicado originalmente en El País el 1 de Abril de 2019

Tenía predilección por el género de los pecios. Algunos fueron compendiados en su libro Mientras los dioses no cambien, nada ha cambiado, donde incluyó algún presagio como el que ahora puede estar a punto de cumplirse: “Vendrán más años malos y nos harán más ciegos”. Antes, la Asociación de Periodistas Europeos había inventado para él la Lección Conmemorativa Pascual Madoz encomendándole la primera edición de la serie que dictó en 1983 bajo el título de El ejército nacional. La versión inicial la había escrito para las páginas de EL PAÍS, pero andaba disgustado por la demora en publicarse. El responsable de la demora parecía ser Ángel Sánchez Harguindey. Quisimos averiguar la razón y Ferlosio concedió que le había salido un poco largo. ¿Cuánto de largo? 27 folios, fue su respuesta.

Ese mismo año le fue concedido el Premio de Periodismo Francisco Cerecedo y se vio conminado a escribir una breve autobiografía que tituló Rafael Sánchez Ferlosio par lui même. Allí declaraba ser hijo de padre español y madre italiana y haber nacido en Roma. Luego añadía cómo a la edad de 14 años, en el texto de literatura española de Guillermo Díaz-Plaja y en la frase en la que el autor, retratando al infante don Juan Manuel, decía literalmente “tenía el rostro, no roto y recosido por encuentros de lanza, sino pálido y demacrado por el estudio”, conoció cuál era su ideal de vida. No obstante, precisaba, había sido siempre demasiado perezoso para llegar a empalidecer y demacrarse en medida condigna a la de su ideal emulatorio, y que su máximo título era el de bachiller. Concluía su autorretrato con el reconocimiento de que habiéndolo emprendido todo por su sola afición, no se tenía a sí mismo por profesional de nada.

Nunca estuvo sujeto a la percepción de salario alguno. Tuvo en Madrid distintas soluciones habitacionales. Una larga temporada de residencia en la glorieta de Bilbao le hizo asiduo del Café Comercial. Allí leía la prensa española e italiana y a partir de esas lecturas dio en establecer La hipótesis del Belgrano. En ese artículo memorable anticipó que el crucero Belgrano de la Armada argentina habría sido hundido por la Royal Navy pese a encontrarse fuera de las aguas que los británicos habían declarado exclusivas. El Almirantazgo quería a toda costa la guerra de las Malvinas y calculaba que con ese hundimiento el dictador Galtieri quedaría impedido de rehusar el enfrentamiento. Tuvieron que pasar años para que Thatcher reconociera en la Cámara de los Comunes que así había sido.

Tuvo reconocimientos que nunca buscó. No practicó el desaire ni cultivó el halago que tanta prosperidad depara. Ni siquiera aceptó ser académico cuando Francisco Rico le ofrecía como premio que tendría a su disposición el libro del conde de Clonard sobre los uniformes de la Infantería. Pero jamás dedicó desdén alguno hacia quienes persiguieron ese cursus honorum. Nada de torre de marfil; café de barrio, tertulia al final en el bar Universo, interés hasta el último día por los asuntos públicos de aquí y de la escena internacional y sin arredrarse al declarar “no estoy de acuerdo con todo lo que he escrito en mi vida”.

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