Putin intenta compensar en América la presión sobre Ucrania, por Pedro González

Artículo publicado en Zoom News el 14 de Julio de 2014 por Pedro González

– El presidente ruso perdona a Cuba el 90% de su deuda antes de aterrizar en La Habana.

– La definitiva puesta en marcha de un banco propio de los BRICS saldrá de la cumbre de Brasil.

Cuando americanos y europeos iniciaron la búsqueda de suministros alternativos al gas y el petróleo rusos, el presidente Vladímir Putin se plantó en Pekín y concluyó con China un acuerdo de abastecimiento a largo plazo. Su popularidad se disparó entre sus compatriotas por entender que era un gesto de soberanía imperial frente a las amenazas y sanciones impuestas por Occidente, término que ha vuelto a recuperarse en Rusia con parecido énfasis al que se utilizaba durante la Guerra Fría.

La ampliación de la lista de personalidades rusas imposibilitadas de viajar y realizar operaciones con la Unión Europea, junto con las nuevas medidas de retorsión anunciadas por Estados Unidos, son respondidas por Putin con una reanudación clamorosa de sus lazos con América Latina, empezando por la Cuba de los hermanos Castro.

Putin ha tenido buen cuidado de no responder abiertamente en el campo de batalla a la ofensiva decretada por el nuevo presidente de Ucrania, Petro Poroshenko, para recuperar los bastiones tomados por los milicianos prorrusos del este del país. La caída de Slaviansk constituye un triunfo moral para Kiev, que le otorga nuevos ímpetus para el asalto a Donetsk y Lugansk.

La abstención de Putin a implicarse abiertamente al lado de los prorrusos ha llevado a éstos a acusarle de «traidor». De momento, el Kremlin se ha limitado a habilitar campamentos para albergar a las decenas de miles de refugiados, que huyen de las zonas prorrusas de Ucrania. Moscú eleva las cifras de acogidos al medio millón, al tiempo que exhibe a los medios extranjeros las atenciones en ropa, cobijo y alimentos dispensadas por la Madre Rusia a los protagonistas de la estampida.

Desconcierto en Europa y Estados Unidos

La actitud rusa desconcierta a las cancillerías europeas y norteamericana, en la medida en que combina anuncios de retirada de tropas en la frontera con promesas de control y distensión, que no llegan a producirse. Washington y Bruselas estiman que la aparente prudencia de Putin está dictada por el temor a nuevas y más drásticas sanciones a personalidades y empresas de su entorno. Al mismo tiempo, el presidente ruso se considera a sí mismo una pieza fundamental para que el polvorín del Próximo Oriente no estalle por completo.

Esta necesidad de contar con Rusia para hacer frente al desafío del yihadismo radical islámico sería la causa de la tibieza observada por Occidente frente al despojo a Ucrania de una parte de su territorio, Crimea, y su anexión express por la Federación Rusa. Esta ha sido precisamente una de las conclusiones del seminario ‘Una Europa para después de las crisis‘, celebrado en San Sebastián y organizado por la Asociación de Periodistas Europeos.

La percepción de que la indiscutible popularidad de Putin en Rusia se debe a su estrategia de reconstrucción del imperio, era el denominador común de las intervenciones de destacados ponentes como Oleg Ribachuk, exviceprimer ministro para la integración europea de Ucrania, Grzegorz Gauden, vicepresidente de la Cámara polaca de editores, o Adam Michnick, editor de la Gazetta Wyborcza.

Los medios rusos aprecian, sin embargo, una descarada injerencia de Occidente en el área tradicional de influencia de Moscú, tanto en los procesos de incorporación a la Unión Europea como a los de integración y expansión de la OTAN. Rusia vendría así a estimar que ha desaparecido el colchón de seguridad que le proporcionaban los antiguos países comunistas en el centro y este de Europa.

Con estas premisas se ha embarcado el presidente Putin en una gira por América Latina, con una primera y significativa escala en Cuba. Antes de aterrizar en La Habana, Putin decidió condonar el 90% de los 26.000 millones de euros de la deuda contraída por el régimen castrista con la antigua Unión Soviética. Putin se propone destinar el 10% restante de dicha deuda a reinvertirlos en la zona franca de Mariel, cuyo puerto ha sido potenciado con inversiones brasileñas.

Putin se vio con su homólogo Raúl Castro, en un gesto que supone recomponer nas relaciones prácticamente rotas, o prácticamente inexistentes, desde la extinción de la URSS. Fidel Castro decidió entonces que la isla seguiría sus propios pasos, impulsando las alianzas con los países más izquierdistas del continente. Moscú cerró sus instalaciones militares en la isla, en especial el centro de radares de Lourdes, dejó de suministrar nuevas armas y repuestos para las antiguas, pero sobre todo canceló la llegada diaria a La Habana del petrolero que suministraba el combustible necesario para la subsistencia energética de la isla. El hueco fue pronto ocupado por la Venezuela bolivariana del presidente Hugo Chávez, cuya política de simbiosis con Cuba ha sido aumentada aún más si cabe por el presidente Maduro.

Se trata, pues, de hacer ver a Estados Unidos que Rusia también puede volver a su patio trasero, en supuesta compensación por la expansión de la influencia americana a la zona de exclusión dispuesta en Yalta, difuminada obviamente tras el colapso de la URSS, pero nunca aceptada en el fondo por la nueva Rusia neoimperial. Además de las entrevistas Castro-Putin, no dejan de ser sintomáticas las reuniones a puerta cerrada entre el coronel Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl Castro, y presidente de la Comisión de Defensa, y Nikolai Patrushov, director del Consejo de Seguridad de la Federación Rusa, íntimo excompañero de Putin desde que ambos coincidieran como agentes del KGB. El primero es uno de los nombres que se barajan como posible sucesor de su padre en lo que sería una nueva versión dinástica de la transmisión del poder en un país comunista.

De La Habana el presidente ruso voló a Buenos Aires -con escala sorpresa en la Nicaragua de Daniel Ortega- para concluir acuerdos económicos con su homóloga Cristina Fernández, antes de desplazarse a Brasil para asistir a la cumbre de las potencias emergentes agrupadas en los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). La decisión más esperada será la confirmación de la puesta en marcha de un banco propio y un fondo de reservas, con los que vendrían a sustituir, respectivamente, al Banco Mundial y al FMI, ambos copados, a su juicio, por el poder occidental.

Previamente, la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, invitó a Putin a la final del Mundial de fútbol de este pasado domingo, en el que no estuvieron ninguna de sus respectivas selecciones. Rousseff seguramente aprovechó para ilustrar a su huésped sobre las consecuencias políticas, económicas y sobre todo sociales que tiene para su país la estrepitosa derrota frente a Alemania. Seguro que Putin tomó buena nota, habida cuenta de que Rusia albergará la próxima edición de esta nueva continuación de la guerra entre países por el enfrentamiento deportivo sobre un rectángulo de hierba.

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