Radiografía de un extraterrestre

Texto de Jesús Pardo para el catálogo de la exposición “Españoleando, Chumy Chúmez en el Diario Madrid

En el contexto y a ojos de cualquier español consciente y pensante y sintiente de las épocas prepostfranquista y postprepostfranquista, que es cuando yo le conocí, Chúmy Chúmez era, a todas luces, un extraterrestre.

Chúmy desdeñaba profundamente cualquier exceso y no tenía en cuenta nada que no pudiese tocarse con los dedos, ya fuesen éstos mentales o físicos. El no entendía de rojos o de blancos, de libertarios o de totalitaristas, y su único lema político válido era: Libertad pura y simple, regida por el más común de los sentidos.

No era religioso ni escéptico, ni despreciaba o admiraba a los fanáticos, lo fueran de lo que fuese. Siendo estrictamente a-religioso, ni los entendía ni se molestaba en entenderles: no concebía creer en nada invisible o intáctil, aunque sentía inteligente interés por el misticismo puro, y decía que era una forma de inteligencia que él no entendía, pero cuya evidente existencia respetaba.

Ajeno a derechismos o izquierdismos, él era, simplemente,  a-político. Ni romántico ni naturalista, sino amigo de lo que Stendhal llamaba “ver en lo que es”, y viéndolo como realmente es, o sea: humano;  Chúmy  era, cambiando un verso que, me parece recordar, es de Vicente Gaos, una especie de”ángel fieramente humano”.

Profundamente fiel a sus amigos, pero muy perspicaz en la elección de estos, y tan tierno con los débiles cuanto fuerte, o irónico, según los casos, con los fuertes. En toda mi larga y honda amistad con él,  nunca le cogí en una mentira o en un renuncio, en una ficción o en una trampa o zancadilla. Su franqueza era total, su candor muy resabido, y su falta de prejuicios y respetos humanos omniabarcante.

Era eminentemente práctico y pragmático, y esto le permitía considerar a la mayor parte de la gente que estaba entonces en candelero como simples farsantes conscientes, inconscientes o incluso subconscientes de serlo. “Nadie tiene la culpa de ser tonto”, me dijo un día, “por tanto no me cabe tener pena o admiración a los tontos; ni puedo rezar por ellos, porque no sé a quién. Lo único que puedo hacer es tomar nota de su existencia, y cuidarme de ellos”.

Chúmy era tan atento y servicial  como realista. A cualquier exabrupto, viniera de quien viniese, respondía erizándose y replicando con cortante ironía, de la que yo mismo fui blanco en más de una ocasión; tenía la sensibilidad autodefensiva del felino. Al mismo tiempo, era muy cuidadoso y solícito con quienes le merecían cualquier medida de cariño o con quienes estaba en simple correspondencia: a mi vuelta de Londres, y viéndome poco menos que desamparado en el ambiente literario madrileño de entonces, me dio colaboraciones en su revista de humor “Hermano  Lobo”, para la que disponía de colaboradores mucho más seguros que yo: “Lo hice porque quería ayudarte”, me confesó cuando ya esa confesión no podía herirme. En una ocasión me explicó con detalle la razón por la que él evitaba a las mujeres difíciles: “Es que cuestan muy caras”, y procedió a detallarme, uno a uno, y céntimo a céntimo, los gastos mínimos imprescindibles para llegar a la primera sesión de catre con ellas.

Chúmy Chúmez fue un gran hombre, quizás precisamente porque de humano él lo tenía todo menos el exceso, la retórica, la falsedad, el disimulo. Era soberbio, no arrogante; inteligente, no ladino; ambicioso, no codicioso. Y nada modesto, pues él, como Manuel Azaña, “tenía del demonio la soberbia”. Al mismo tiempo, cauto observador del ambiente, y ágil en sus reacciones ante cualquier atisbo de peligro., era muy difícil echarle una zancadilla  Al “humano, demasiado humano”, de Nietzsche, él habría corregido: “No, simplemente humano”.

Almorzábamos de manera habitual en el restaurante “Picardías” de la calle de la Cruz junto a la Puerta del Sol. Aquella última sobremesa transcurría sin que Chumy dejara traslucir en lo más mínimo que estaba al corriente  de vivir sus días finales. Le ofrecí que fijara la fecha de la próxima vez. Chumy fijó el almuerzo –tal día, a tal hora- sabiendo que me daría plantón porque tenía cita previa con la vieja dama.

Coronaba así, humanamente, una vida insólitamente humana.