Trump quiere ser el enterrador histórico del castrismo . Rusia es su mayor condicionante, por Pedro González

Artículo publicado originalmente en El Debate de Hoy el 26 de Junio de 2017 por Pedro González

Trump aspira a pasar a la historia por enterrar al castrismo, después de que el régimen cubano haya visto desfilar los cadáveres de once presidentes de Estados Unidos. Hasta ahora, ha habido mucha escenificación épica pero nada que altere la situación de la isla.

Era una promesa electoral y el presidente Donald J. Trump quiso solemnizarla en el teatro Manuel Artime de Miami, rodeado del ala más dura del exilio cubano, pero también de miembros de la disidencia interior, que pudieron viajar sin muchas trabas a esa Pequeña Habana asentada en Florida.

Sus asesores cubano-americanos habían aconsejado a Trump ese escenario, ya que Manuel Artime, antes de exiliarse por su choque frontal con la deriva comunista de Fidel Castro, había sido un destacado revolucionario en la lucha guerrillera en batallas como las de Maffo, Guisa o Palma Soriano. El presidente norteamericano, al proclamar su orden ejecutiva de reducción de viajes individuales a la isla, así como de realizar negocios con empresas u organismos controlados por las Fuerzas Armadas cubanas, entendía cumplir con los compromisos electorales adquiridos ante la influyente comunidad cubano-americana, cuyos votos contribuyeron a derrotar a la candidata del Partido Demócrata, Hillary Clinton.

Las dos medidas, en efecto, derogan parcialmente las decretadas por su antecesor en la Casa Blanca, Barack H. Obama, y que marcaron a partir de diciembre de 2015 el deshielo en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, rotas de hecho desde que la administración del presidente John F. Kennedy intentara derrocar al régimen castrista.

Una economía en manos de los militares

A juicio de Trump, las concesiones de Obama no se han traducido en absoluto en una mejora efectiva de las condiciones de vida del pueblo cubano, antes bien, el levantamiento del anatema habría servido para fortalecer al núcleo duro del castrismo, especialmente a los militares, que controlan y disponen a su antojo del 75% de la economía cubana. Trump arguye, además, que el régimen sigue sin respetar los derechos humanos, no ha aflojado un ápice en su política de represión, de forma que las entradas de disidentes a la cárcel, siquiera sea por exhibir una pequeña pancarta de protesta o por exhibir una bandera de Estados Unidos reclamando su mismo nivel de libertades, se han intensificado en los últimos meses.

Exige Trump, en consecuencia, a La Habana gestos efectivos que demuestren una sincera disposición del régimen a aflojar las argollas de su totalitarismo. Y deja entrever que, caso de que tales gestos no se produzcan, se intensificaría la revocación de las medidas aperturistas rubricadas por Obama.

Existen, sin embargo, muy serias dudas de que Trump consume semejantes amenazas. Aconsejado por los profesionales de los Departamentos de Estado y de Defensa, el presidente se ha cuidado mucho se anular la reapertura de las respectivas embajadas. Tampoco ha prohibido las remesas que los exiliados y emigrantes cubanos en Estados Unidos envían regularmente a sus familiares en la isla ni ha recortado, asimismo, el carácter ilimitado de los viajes de los cubano-americanos a visitar a sus parientes y amigos.

Más importante aún, Trump se ha cuidado mucho de no tocar los acuerdos relativos al intercambio de información en cuestiones de seguridad y mantiene plenamente en vigor el borrado de Cuba de la lista, actualizada todos los años por el Departamento de Estado, de países que impulsan o financian el terrorismo. O sea, mucha escenificación épica pero nada que altere realmente la actuación del régimen.

Algo sí ha cambiado, no obstante, respecto de lo que sucedía en vida de Fidel Castro. Los dirigentes cubanos, por ejemplo, tardaron nada menos que cuatro días en reaccionar a las medidas de Trump. Lo hizo, en primer lugar, en Viena, el ministro de Asuntos Exteriores, Bruno Rodríguez, aunque su discurso quedó lejos de los venablos, sapos y culebras con que se despachaban estas situaciones en tiempos no tan lejanos. Calificar la escenificación de Trump de “grotesco espectáculo salido de la Guerra Fría” es apenas un arañazo diplomático que le sirvió de preámbulo para reafirmar el patriotismo de una Cuba que “no aceptará concesión ni condición alguna sobre su independencia, ni tampoco negociará bajo presión o amenazas”, proclamas habituales en el diario Gramma.

La clave está en los negocios

No cabe descartar, de todos modos, que los sectores más duros del régimen encuentren en la orden ejecutiva de Trump el pretexto para frenar las presuntas medidas aperturistas. Se avecinan varias ocasiones de comprobarlo. El país, que decreció económicamente un 0,9% en 2016, cuenta ya con más de medio millón de cuentapropistas (pequeños empresarios privados), que piden cada vez más libertad para desarrollar sus negocios, sometidos por lo demás a muchas restricciones y a una durísima imposición fiscal, vital, por otra parte, para que el Estado mantenga a duras penas la menguante calidad de sus servicios públicos. La prosperidad y extensión de estos pequeños empresarios requiere, entre otras muchas cosas, la instalación y abastecimiento de redes informáticas, oportunidades de negocio a las que, por supuesto, no renuncian las compañías norteamericanas.

En productos agrícolas, Estados Unidos exporta a Cuba por valor de 300 millones de dólares anuales, una cifra que los técnicos de Trump suponen que podría multiplicarse inmediatamente por cuatro si pudiera comerciarse libremente y sin que los militares cubanos controlaran también ese negocio.

En 2018, el presidente Raúl Castro finalizará su último mandato, aunque es probable que quiera quedarse con la Secretaría del Partido Comunista Cubano (PCC). Para entonces, La Habana habrá mostrado seguramente las coordenadas de su nuevo rumbo. La exhausta Venezuela de Nicolás Maduro, caso de que aún no haya concluido su costosísima aventura bolivariana, no dispondrá apenas de medios para sostener a una prolongación del castrismo más duro. El mayor condicionante puede, en cambio, radicar en la Rusia de Vladímir Putin, dispuesto este a utilizar a Cuba como una pieza importante en sus aspiraciones de volver al tablero internacional como gran potencia.

Para ganarse el afecto de los cubanos, Putin les va a arreglar el emblemático y muy deteriorado Capitolio. La mayor parte de la población, por proximidad y lazos familiares y afectivos, está más cerca de Estados Unidos. Esa superioridad podría volverse en contra si Trump apretara demasiado las clavijas y no convenciera a los cubanos de que la extrema pobreza, cuando no pura miseria, en la que se desenvuelven no es culpa exclusivamente del malvado capitalismo imperialista norteamericano. En suma, Trump aspira a pasar a la historia como el presidente que logró enterrar al castrismo, después de que Fidel y Raúl Castro Ruz hayan visto desfilar ante su puerta los cadáveres políticos de once presidentes de Estados Unidos.