Un fino intelectual con cierto salvajismo – In memoria de Juan Cueto, por Miguel Ángel Aguilar

Carlos Luis Álvarez, Miguel Ángel Aguilar, Felipe González y Juan Cueto en la entrega del V Premio «Francisco Cerecedo»

Juan Cueto, nacido en el Oviedín de 1942, acaba de dejarnos en Madrid. En uno de sus daguerrotipos su amigo Manuel Vicent escribía a la altura de septiembre de 1980 que podría parecer un joven marginal que arrastra las lañas por los tabernáculos de un barrio pasota pero que era todo lo contrario: un intelectual fino, con cierto salvajismo acelerado de provincias que bajaba de Asturias a Madrid a reconstruirse en la mitología de la gran ciudad donde cumplía con todos los ritos, incluido el de preguntar al camarero de Bocaccio por su amigo Roland Barthes, y desaparecía con el maletero rebosante de mensajes semióticos.

Desempeñó un papel decisivo en la ideación y puesta en marcha de Canal+ en España y en otros países, aunque después fuera centrifugado por necesidades de quienes resistían mal su talento. Inventor de la revista bimestral Los Cuadernos del Norte que logró mantener durante la década de los 80, de la que aparecieron más de 50 números con más de 5.000 páginas impresas. Desde Paul Auster a Martin Amis y todos los novelistas ingleses de aquel momento estuvieron en Los Cuadernos del Norte por vez primera veinte años antes de llegar al gran público en España. Juan Cueto conseguía editar en Oviedo una revista calificada de insular y periférica, que ofrecía una sorprendente mezcla de filosofía y literatura, de cultura elitista y de otra más popular que, al cabo, como pueden imaginar resultó improrrogable.

En 1987 ganó el premio de periodismo Francisco Cerecedo en su quinta edición por decisión unánime de un Jurado presidido por Domingo García Sabell e integrado por Onésimo Anciones, Concha García Campoy, Joaquín Portillo, Javier Pradera, Nativel Preciado y Carlos Luis Álvarez Cándido.

En octubre de 2006, en unas jornadas dedicadas a los periodistas y los medios de comunicación de Europa ante el siglo XXI, explicó que la mayor parte de los conflictos económicos, religiosos, culturales, políticos, científicos y técnicos estaban relacionados con la idea de globalización y que, por eso, debían analizarse al margen de los patriotismos más o menos nacionales o nacionalistas y de las ideologías políticas locales. Ponderó la crisis desencadenada por el impacto de las nuevas tecnologías de la información base de la propia globalización que constituyen la variable más desestabilizadora en el mundo de la empresa periodística y en la mutación del viejo oficio de periodista, como hemos venido observando desde entonces. Y recordó que la idea de Ilustración y aquel entusiasmo europeo por las Luces, que luego se contagiaría a los nacientes Estados Unidos de América, era ante todo una idea global, que entonces se denominaba como “lo universal”.

En su opinión, aquello fue el resultado directo de un debate periodístico en el que los filósofos alemanes, franceses e ingleses, empezando por Emmanuel Kant y acabando por Voltaire, cambiaron las tarimas académicas por las columnas de los periódicos. Y por esa senda llegaba a coincidir con Peter Sloterdijk en la necesidad de establecer un “índice de sincronización para evitar problemas ideológicos”. Propuso candidatos muy relevantes para el premio al tonto contemporáneo. Generoso con su tiempo y sus saberes, estaba dotado de un sentido de la amistad que era incapaz de despilfarrar con los estúpidos.

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