Del fervor al desafecto

Crónica de la primera jornada del XXXI Seminario sobre Europa Central

Marlene Wind y Łukasz A. Kamiński durante la primera jornada del Seminario

Esta crónica fue escrita por Elena Alfaro y publicada originalmente en Letras Libres el 18 de Septiembre de 2019.

A treinta años de la caída del muro de Berlín, varios analistas se reúnen para debatir sobre el futuro de Europa: «1989 es una oportunidad que perdimos de reivindicar la lucha por la justicia y el valor de los derechos humanos»

Como cualquier alemán, Juergen Foecking recordaba perfectamente dónde estaba y con quién cuando cayó el muro de Berlín. Al día siguiente hasta en las clases de matemáticas de los colegios hablaban de ello. Fue el 9 de noviembre de 1989. Unos meses antes, en agosto, la cadena báltica había congregado a más de un millón y medio de personas pasando por las tres capitales: Tallin, Riga y Vilna.

Foecking, responsable de relaciones institucionales de la oficina de España del Parlamento Europeo, comenzó así la primera de las dos jornadas del seminario “Del fervor al desafecto”, que se celebra estos días en la Fundación Carlos Amberes de Madrid. La primera sesión se titulaba “Treinta años después de la caída del muro”.

“¡Qué sencillo habría sido que aquellas manifestaciones pacíficas acabaran con derramamiento de sangre! Pero no fue así” explicaba Foecking. Y se preguntaba si se habían cumplido las promesas y esperanzas del año 89. Sí y no.

Ya hay muchos alemanes y europeos que no tienen el recuerdo vivo de aquellos días. De lo que significaba vivir a ambos lados de un muro. Igual que con el recuerdo de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, las nuevas generaciones de europeos damos muchas cosas por sentadas. Para Foecking es necesario reivindicar la excepcionalidad de lo que sucedió: seguir el ejemplo de los valientes del 89 significa estar dispuestos a luchar por nuestros valores fundamentales y asumir riesgos para defenderlos.

Tras esta introducción, Victoria Rodríguez, profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad de Nebrija y vicesecretaria del Consejo Federal del Movimiento Europeo, presentó a los tres invitados de la jornada: la danesa Marlene Wind, directora del centro de política europea de la Universidad de Copenhague, a la que conocimos en España por el debate que mantuvo con Puigdemont en enero de 2018; el checo Pavel Telicka, exvicepresidente del parlamento Europeo y ex comisario europeo de salud y protección al consumidor; y el polaco Łukasz A. Kaminski, presidente de la plataforma Europea de la memoria y expresidente del instituto de la memoria nacional. Sostuvieron un debate refrescante, con voces educadas y un estilo directo y libre.

Wind señaló el cambio que ha sufrido la idea de democracia: el concepto “derecho de la gente” pretende sustituir al de “Estado de Derecho”. Ha hablado del miedo que percibe en muchos intelectuales a la hora de defender esta última acepción y también de los plebiscitos. Según Wind, Europa miró con lupa el cumplimiento de determinados requisitos en los países durante la ampliación de la Unión Europea, pero ha relajado esa vigilancia sobre todos una vez que estamos dentro. “Estamos rodeados de autócratas … [si no alzamos la voz en pro de la democracia] ¿Quién afirma que van a sobrevivir nuestros valores en este mundo?”

A continuación Telicka, y más tarde Kaminski, expuso una visión con la que quizás no estemos demasiado familiarizados los europeos occidentales: el recuerdo del comunismo. Telicka contó cómo en el año 2004, la República Checa se incorporaba a la Unión entre dudas europeas: “¿es uno de nosotros? ¿comparte nuestros valores?”. “No nos equivoquemos polarizando la UE […] la percepción de que los nuevos son el problema y los occidentales no es totalmente falsa”, señaló.

Kaminski incidió en el desequilibrio sobre la memoria del pasado comunista. En Polonia existe el sentimiento de injusticia ante delitos no castigados: “En los años 80 era más sencillo hacer una carrera en economía teniendo un pasado comunista que habiendo sido opositor […] 1989 es una oportunidad que perdimos de reivindicar la lucha por la justicia y el valor de los derechos humanos”.

Algunas de las ideas más provocadoras aparecieron en el turno de preguntas. Las dudas sobre la solidaridad entre los miembros europeos, por ejemplo: “¿Quién decide construir cosas con Rusia sin implicar a los países bálticos? ¿Hay un problema con esto? Yo diría que sí”, argumentó Telicka en una clara alusión a las recientes declaraciones del presidente francés Emmanuel Macron. Wind denunció el problema de años de políticos cínicos y prensa que renuncia a su función fiscalizadora, y la situación creada en distintos países donde se ha puesto en tela de juicio el Estado de derecho y la independencia judicial. Entre los casos que señaló están el Reino Unido –comparó el brexit con el independentismo– o Hungría, donde tras numerosos cambios constitucionales la oposición no puede ganar elecciones.

A la pregunta sobre la globalización y sus perdedores como explicación al aumento de voto a “hombres fuertes”, Wind señaló el innegable progreso que la Unión Europea ha supuesto: somos todos mucho más ricos que hace veinticinco años. ¿Cómo, se pregunta, podrá el ciudadano apreciar los beneficios que nos ha aportado, si constantemente se le dice que todo lo malo es culpa de la Unión Europea? Kaminski respondió que si bien coincide en que los gobiernos nacionales han utilizado esa desafección en su propio beneficio, las desigualdades dentro de los propios países existen y volvió a incidir en la idea de la injusticia latente: “ahora tenemos todos mejores lavadoras, pero los antiguos dirigentes comunistas tienen fábricas”.

Rusia representa una amenaza muy real para muchos ciudadanos europeos. Se puso de manifiesto una y otra vez, ya sea cuando se cuestionó la efectividad de las sanciones impuestas como cuando desde el público alabaron las bondades de un tratado comercial Mercosur-UE. Las palabras de Kaminski y Telicka me hicieron pensar que muchos europeos se sienten abandonados por sus socios y aliados. Llamar “amigo” a Putin ha hecho saltar alarmas y juraría que aprecié un tono desafiante cuando Telicka preguntó si los europeos estábamos dispuesto a competir con el mercado agrícola sudamericano.

“Polonia y los Bálticos son muy sensibles a esto ¿Por qué queremos tropas o incluso bases americanas en nuestros territorios?” nos interroga Kaminski.

No podía dejar de pensar en Krastev, en lo poco y mal que entendemos los miedos de nuestros conciudadanos y en que esa ignorancia mina la confianza mutua y nos polariza. “Putin usará esto para dividirnos”, sentenció Telicka.

Para terminar, Wind puso sobre la mesa una pregunta importante –¿qué significa soberanía hoy?–. Y respondió. Soberanía es intervenir en el proceso de la creación de las leyes que tendrás que aplicar. Eso significa estar en la Unión Europea y ser parte activa del proceso. “Los daneses no entendemos a los noruegos”.

En la despedida, Miguel Ángel Aguilar, secretario general de la asociación de periodistas europeos, lamentó que parece que solo apreciamos la democracia cuando hemos padecido su ausencia. Me recordó las palabras de Doris Lessing: “La gente que cultiva esta actitud hacia la democracia es normalmente la gente que nunca ha experimentado lo opuesto: la gente que ha vivido bajo tiranías valora la democracia.”

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