La Unión Europea tiene la obligación de hacer de la defensa de la democracia uno de sus objetivos principales, fuera y dentro de sus fronteras

Palabras de Jaume Duch en la ceremonia de entrega del XXVII Premio de Periodismo Europeo "Salvador de Madariaga"

Jaume Duch, Director General de Comunicación del Parlamento Europeo

En primer lugar, agradecer a la Asociación de Periodistas Europeos, que me haya invitado a participar activamente en este acto. Estoy muy contento, además, de estar aquí, en Madrid, de haber podido viajar y unirme a tantos periodistas que tanto han hecho en estos últimos años para dar a conocer Europa y la Unión Europea.

Felicitar a los tres premiados, que se unen al prestigioso elenco de galardonados desde que se instauró el Premio hace 27 años.

El domingo, en casa, al preparar estas palabras, reflexionaba sobre el sentido de este premio, un premio al trabajo periodístico en el ámbito de los temas europeos, en el año 2021.

Podría pensarse que después de 35 años de pertenencia de España a la UE, a las comunidades, un premio como el Madariaga quizás ya no debería hacer falta.

Que ya todos nos hemos dado cuenta de que la actualidad nacional y la actualidad europea se entrelazan de tal manera que una ya no se puede entender sin la otra.

Que acontecimientos recientes de la envergadura del Brexit o de esta terrible pandemia han acabado de abrir los ojos a nuestros conciudadanos y a todos los medios de comunicación respecto al papel importante, fundamental, que la Unión Europea juega en nuestras vidas. Lo ha dicho muy bien, mejor que yo, Diego Carcedo.

Yo que llevo media vida profesional trabajando en el ámbito de la comunicación, de la información europeas, y que recuerdo perfectamente de que situación venimos, pienso que el camino andado es muchísimo, gracias entre otras cosas al trabajo ingente de muchos periodistas, tanto de los que ha podido ser galardonados con el Premio Madariaga, o que han merecido ser galardonados con el premio como de aquellos otros muchos que no lo obtuvieron, o no lo obtendrán, pero que contribuyen también de la misma manera, con la misma importancia, esfuerzo y honestidad a que los españoles puedan conocer el fondo de lo que sucede en el ámbito europeo, porque esa es la premisa indispensable para ejercer su derecho a influir en ese ámbito.

Sin embargo, aún en el caso de que ese objetivo ya se hubiese cumplido, y digo en el caso, el Premio Salvador de Madariaga tiene ahora más validez y más sentido que nunca, o debería tenerlo.

¿Por qué?

Como todos sabemos, la Unión Europea es sinónimo de democracia y de libertad, de respeto de los derechos y los valores en los que ella misma se funda, entre ellos los de la libertad de expresión y la libertad de prensa. 

Durante muchos años Europa ha sido garante del progreso social y económico de sus Estados miembros y, para países como el nuestro, el puerto de atraque de nuestra transición democrática.

En un mundo globalizado en el que la democracia involuciona atacada por enemigos como los populismos, como las campañas de desinformación —y en el que incluso en una democracia aparentemente consolidada como Estados Unidos hemos asistido atónitos al asalto a su Parlamento o al rechazo al resultado electoral por un porcentaje importante de la población—, la Unión Europea, en ese contexto, tiene la obligación de hacer de la defensa de la democracia uno de sus objetivos principales, fuera y también dentro de sus fronteras.

El artículo 2 del tratado de la Unión Europea, que Ana ayudó a redactar, define sus principios y valores. Ese artículo nunca había tenido tanto sentido como ahora. Su defensa – la de la Unión y la de los principios en los que ésta se basa- constituyen seguramente la barrera última y más eficaz contra el impacto de populismos, nacionalismos exacerbados o extremismos de todo tipo.

Sin embargo, y aquí es donde creo que el Premio Madariaga cobra ahora más sentido que nunca, la democracia no puede subsistir sin medios de comunicación independientes ni periodistas que puedan ejercer libremente su profesión. 

En los últimos años, también en Europa se han producido y se siguen produciendo atentados a la libertad de expresión y a la libertad de información. En pleno siglo XXI, periodistas han sido asesinados en Europa, en la Unión Europea, por realizar su trabajo.

Es el caso de Jan Kuciak en Eslovaquia, de Giorgos Karayvazen, recientemente en Grecia o de Daphne Caruana Galiza en Malta.

Precisamente hoy, en este mismo momento, en Bruselas, el Parlamento Europeo y la Asociación de la Prensa Europea presentan el premio Daphne Caruana Galiza al periodismo de investigación, que es una manera más de dar apoyo a la prensa libre y de denunciar el riesgo que corren en algunos países, también europeos, aquellos periodistas que luchan con su trabajo por destapar la corrupción política o económica. 

En otros casos las consecuencias personales no son tan graves, pero sí lo son las consecuencias colectivas. La tensión a la que una parte de la prensa está sometida en algunos países del Este de Europa es otro ejemplo inaceptable.

Y aunque a veces las instituciones viven estos acontecimientos con impotencia, su rechazo es siempre contundente y necesario. Imaginemos por un momento hasta dónde habría llegado la deriva en algunos países de no existir las líneas rojas trazadas en cada momento por el derecho comunitario y por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea.

Cuando una democracia empieza a dejar de serlo, o lo es solo formalmente, el periodista es, muchas veces, el primero en sufrir sus consecuencias.

En tiempos de campañas de desinformación y noticias falsas destinadas a debilitar el estado de derecho y la propia democracia, la prensa seria, la prensa de calidad, la prensa rigurosa, la que está en manos de periodistas profesionales, tiene que ser apoyada y defendida, porque es el oxígeno con el que respira a la democracia.

Por eso, para quienes creemos que Europa es mucho más que un mercado interior y cuyo valor excede en mucho a la imagen de cajero automático que algunos alimentan, todos los pasos que las Instituciones europeas puedan dar para mantener la viabilidad económica y la libertad editorial de la prensa independiente de calidad serán importantes.

Que la Asociación de Periodistas Europeos y las instituciones europeas en España reconozcan cada año a tres periodistas por su labor informativa es a la vez una forma de apoyar su trabajo y de promover un mejor conocimiento público de lo que es y de lo que no es la Unión Europea, de lo que hace y de lo que no hace, y del porqué de todo ello. Conocimiento sin el cual no puede haber ni fiscalización democrática ni participación en la toma de decisiones.

Queridos premiados:

Con vuestro trabajo, vuestra independencia profesional y vuestra actitud crítica, contribuís y habéis contribuido a aumentar la legitimidad del proyecto europeo, el mismo que poco a poco se dibuja como el instrumento más eficaz para evitar el debilitamiento de las democracias nacionales en un mundo que cambia a toda prisa. Una democracia sin la que la prensa libre nunca podría sobrevivir.

Europa no avanza sin una prensa que no pueda hacer bien su trabajo, y ese trabajo solo podrá hacerse bien en el marco de los principios, los valores y el trabajo legislativo de la Unión Europea. Por lo tanto, como dirían los franceses, “la boucle est bouclée”.

Enhorabuena y muchas gracias.

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