Discurso de Arcadi Espada en la entrega del XVII Premio de Periodismo “Francisco Cerecedo”

Hace veinticinco años, España era, junto a los países del Este, una anomalía en Europa. Lo era por diversas razones, casi todas desgraciadas. Y entre ellas, por la ausencia de libertad de prensa. España es hoy un país muy distinto, felizmente distinto. Pero la libertad de pensar, de decir y de escribir no está garantizada y esta circunstancia, insólita en las democracias, nos devuelve la imagen de una España fuera de su tiempo.

En efecto: gentes cuyo único delito es la oposición política e intelectual al nacionalismo, es decir, al fenómeno más tenebroso del siglo XX, ven su trabajo y hasta su vida amenazados. Y como antaño, el miedo, el silencio o el exilio vuelven a ser opciones de vida para algunos españoles.

Entre los amenazados hay muchos periodistas. Periodistas que se ven hoy en peligro porque han decidido narrar la verdad del terror. Cabe decir que esta actitud del periodismo no se mantuvo siempre a lo largo de estos veinticinco años. Una de las flaquezas de la lucha contra el terror fue la relativa naturalidad con que los medios de comunicación dieron cuenta del goteo de muertes de finales de los años setenta y principios de los ochenta, aquella época en que asesinaban a un hombre cada sesenta horas. El terrorismo tiene una capacidad siniestra: convierte a un muerto –individual, singular, irrepetible, humano– en otro muerto. Esta sucesión aniquiladora de la identidad, que es, sin duda, la que permite matar en nombre de la patria, provocó efectos perversos en los medios de comunicación españoles. De alguna manera, el asesinato político empezó a no ser noticia en España: yo he visto colarse en esos años a un cadáver por el sumidero de un breve y he visto también cómo los propios periodistas interiorizaban inconscientemente las razones de los asesinos, insinuando que algo habrían hecho los cadáveres. Si la tensa actitud que durante la transición mantuvo el periodismo frente a la amenaza del golpe de Estado se hubiera extendido a las actividades terroristas, si una cierta melancolía antifranquista no hubiera estado en el fondo de la descripción y el enjuiciamiento de muchos crímenes, tal vez la movilización social frente al terror habría llegado antes.

Porque, a mi modo de ver, el cambio de actitud de la gran mayoría de medios de comunicación es una de las razones que explican la creciente respuesta popular frente al terrorismo. Informar a fondo sobre los procedimientos del terror y sus efectos no es ni será nunca una forma contraproducente de publicitar a los asesinos. Por el contrario, es devolver la dignidad arrebatada a las víctimas: algo así como cerrar respetuosamente el desollado paraguas de López de Lacalle. Y supone, también, un ofrecimiento a los ciudadanos para que mediten sobre sus responsabilidades. Hace pocas semanas, una encuesta situaba por vez primera al terrorismo como la máxima preocupación de los españoles, por encima del para y otras heridas. Creo que se trataba de una buena noticia. Hay quien espera cambios en la moral del que dispara: yo prefiero ocuparme de la moral del que sufre.

Si hablo del terrorismo no es sólo porque lo considere el principal problema de la libertad y de mi trabajo; ni sólo porque quiera dedicar a los compañeros que desafían con rigor y humildad la cotidiana censura del miedo este premio enorgullecedor, otorgado por escritores admirables ante los que me aturde la idea de considerarme su discípulo. Es por eso, pero también por el libro que he escrito.

Raval cuenta una historia dura y desdichada. Una historia que refleja un asombroso fallo en cadena de protagonistas claves del Estado de Derecho: jueces, fiscales, policías, políticos, técnicos sociales y periodistas. Y una historia que muestra el peor rostro del Estado, cuando pasa de bondadoso padre protector a ciego tirano irrevocable: un Estado que llevó a la cárcel y al deshonor a una decena de inocentes y que separó cruelmente durante años –que aún duran para algunos– a hijos de sus padres.

Sin embargo, yo he podido escribir el relato de esa experiencia atroz. Agarrotado a veces por la comprobación de la metamorfosis que convierte a un perezoso en un malvado o a un defensor de la Ley en su obstáculo. Conmovido por el trato que reciben los pobres en nombre del Bien. Pero lo he escrito. Libre. Quiero decir que lo he escrito sin más preocupación que la verdad y la claridad. Así se puede hoy escribir contra el Estado, y, desde luego, mi ejemplo no es el único ni el más importante. Pero es evidente que así, con esta libertad nítida y creadora, no se puede escribir contra el terrorismo. En esta superioridad moral es donde radica lo más importante que empezó a pasar en España a partir de aquella madrugada fundacional de hace veinticinco años.

Muchas gracias.