De Diego Carcedo, fallecido ayer en Madrid a los 86 años, admiré, además de su trayectoria, su voluntad de estar y de ser en la profesión periodística, incluso cuando su salud se le escapaba día a día. Su última intervención pública fue ante los Reyes el 19 de noviembre del año pasado con motivo de la entrega del premio Cuco Cerecedo concedido en su XLII edición a nuestro compañero Fran Sevilla. Como siempre desde hace veinte años, Diego leyó su discurso de bienvenida a Don Felipe y Doña Letizia, pero lo pronunció sentado en la mesa presidencial, sin posibilidad ya de hacerlo desde el atril. Su voz era trémula pero su determinación, absoluta. Luego, ya no asistió en diciembre a la sesión del Consejo Rector de la Asociación de Periodistas Europeos, que presidía desde 2006. Tuvimos noticia entonces los miembros del órgano de gobierno de la APE de su estado irreversible, a pesar de su desigual pelea con la enfermedad y de los cuidados constantes de su mujer, siempre a su lado, nuestra también compañera Cristina García Ramos.
Carcedo hizo durante dos décadas pareja de hecho en el sostenimiento y progresión de la Asociación de Periodistas Europeos con Miguel Ángel Aguilar, su secretario general. De no ser por el esfuerzo altruista de ambos, y el apoyo de Juan Oñate, la APE quizá no hubiese sobrevivido a las muchas embestidas de las adversidades que han acosado y acosan a las entidades que, con una vocación fundacional de integración en la energía intelectual y profesional europea, siguen prestando apoyo al periodismo y a las libertades en nuestro país.
Diego Carcedo resumía en su biografía el espejo en el que han podido mirarse miles de periodistas. Fue un corresponsal asombrosamente versátil (en Lisboa y Nueva York), un enviado especial arrojado y perspicaz, un informador riguroso y un columnista serio y solvente. Profesional del papel, su tránsito en el oficio discurrió más en la radio y la televisión pública española, en las que ocupó cargos de primera responsabilidad (director de informativos de TVE, director de RNE, miembro del consejo de administración de RTVE, experto que concurrió con otros en la comisión de evaluación del presidente de la Corporación). Diego, además, ha sido un fecundo escritor de relatos y novelas. Quizá la obra que más le ha distinguido haya sido Fusiles y claveles: la revolución del 25 de abril en Portugal que se reeditó en 2024 con un título similar al original. Pero otros textos, muchos de ellos con relatos históricos muy centrados en aspectos colaterales, pero sustanciales, de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto del nazismo, acreditaron su extensísima cultura y su particular sensibilidad que siempre estuvo al servicio de las buenas causas.
Diego Carcedo, un asturiano de Cangas de Onís (1940), que ejercía de tal, formaba parte de una generación de periodistas que como el recientemente fallecido Raúl del Pozo y anterior a la del también desaparecido Fernando Ónega, vivió el tiempo histórico más apasionante de nuestro país —la Transición y su precedente ibérico en Portugal— y del mundo occidental basado en las reglas establecidas después de 1945. Calmado siempre en su expresión, pero herido por la súbita alteración de los valores profesionales y ciudadanos que como demócrata siempre mantuvo en vigor, no escondió ni su decepción ni su crítica al sesgo de los acontecimientos en España y al desorden mundial de los últimos años.
Al tanto de la actualidad, Diego Carcedo ha sido un periodista interminable, inagotable, constante. Lo ha sido hasta el borde mismo de su fallecimiento, que nos sugiere a quienes le apreciamos la tristeza por su marcha, pero, al mismo tiempo, la celebración de su capacidad de referencia y ejemplo en lo personal y en lo profesional. Porque fue una gran persona y un magnífico periodista. Descanse en paz.




