Diego Carcedo y la obligación de hablar, por Miguel Ángel Aguilar

"A Diego, no le apoyaban las cajas de ahorro, ni el gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, ni siquiera el obispo de la diócesis".

Acaba de dejarnos en la madrugada del domingo de Pascua, 5 de abril, en Madrid, Diego Carcedo, nacido en Cangas de Onís el 24 de marzo de 1940. Por tanto, tuvo tiempo de comprobar, como escribe Ece Temelkuran en La nación de los extraños, que el fascismo no solo silencia a la gente, sino que la obliga a hablar de una determinada manera. Así, por ejemplo, aquí en España los periodistas de varias generaciones estaban obligados a silenciar lo que suprimían lo que censuraba la Ley de Prensa de 1938, inspirada por el nunca bien ponderado cuñadísimo Ramón Serrano Suñer, pero además a insertar en las páginas de sus publicaciones las llamadas consignas de inserción obligatoria.

Diego hizo sus primeras armas en la agencia Pyresa y el diario Arriba, ambos de la cadena de prensa del Movimiento y en cuanto pudo emigró hacia la televisión y la radio que gozaban de mayor margen y parecían abrir un mundo nuevo. Además, enseguida se encaminó hacia el área internacional para ahorrarse los conflictos más tenebrosos. A Diego, no le apoyaban las cajas de ahorro, ni el gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, ni siquiera el obispo de la diócesis, aunque tuviera el viento a favor de ser asturiano sin que constara alguna significación revolucionaria inhabilitante.

De manera que así, sin otra base que sus méritos y capacidades logró abrirse paso en la radio y televisión pública. Diego conoció enseguida las abnegaciones y austeridades que habían de imponerse quienes se decidían a afrontar las dificultades de seguir la escondida senda por la que se aventuraban quienes, ajenos al servilismo franquista, pretendían sin más armas que la honrada ambición y el constante deseo de ser empleado en las ocasiones de mayor riesgo y fatiga forjarse una carrera profesional.

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