Diego Carcedo, un periodista de cuerpo entero, por Miguel Ángel Aguilar

Fue director de los servicios informativos de RTVE y de Radio Nacional, corresponsal en Londres o Lisboa y reportero en guerras como las de Vietnam, Angola o El Salvador

Nacido el 24 de marzo de 1940 en Sobrecueva, Abamia, Cangas de Onís, Asturias. Era un grande de España con Asturias en el corazón, siempre dispuesto a acortar distancias con la noticia, buscando la mayor proximidad posible con la primera línea de fuego, donde la veracidad es a prueba de balas. Sin permitirse nunca juegos de espectacularidad, a los que siempre se mantuvo ajeno. El empeño irrenunciable al que Diego Carcedo, fallecido este domingo en Madrid a los 86 años, se entregó era el que se espera de aquellos que consideran la condición de testigos presenciales, como ventaja a la hora de dar cuenta del acontecimiento que tienen ante sus ojos los lectores, oyentes y espectadores, beneficiarios del cumplimiento de las tareas periodísticas más exigentes que, según fuera el caso, quedaban plasmadas por escrito en la prensa, de papel o digital, o se difundían por las ondas hertzianas como crónicas radiofónicas o reportajes ofrecidos por televisión.

Sabía bien que la cualidad presencial de un testigo periodístico en absoluto garantiza su omnisciencia, y que las observaciones proporcionadas por el testigo presencial están condicionadas por el punto de vista de quien las emite, lo que se denomina efecto perspectiva. O sea, que tener los pies sobre el terreno es condición necesaria pero no suficiente. Diego sabía también que la peligrosidad tampoco añade necesariamente veracidad. Pero, en todo caso, tuvo muchas veces los pies sobre terrenos minados por cualquiera de los bandos en combate —le tocó cubrir guerras como las de Vietnam, Angola o El Salvador—, pero también por quienes, periodistas de fortuna, al simular inventadas aventuras escalaban posiciones inmerecidas en el cuadro de honor de la profesión, logrando de paso una mejora notable en sus ingresos.

No fueron esos senderos de la falsedad los transitados por Diego Carcedo, quien se sintió siempre heredero y depositario de esa admirable tradición periodística española que tantas veces se ignora. Por eso, rendir homenaje a los que como él han contribuido a forjarla constituye un deber de gratitud y un motivo de estímulo para favorecer la continuación de su obra. Diego fue corresponsal, entre otras capitales en Lisboa y en Nueva York, padeció destituciones súbitas por cuenta de incompetentes exaltados a jefaturas que les venían grandes.

A su vez, con el paso del tiempo, Carcedo tuvo responsabilidades editoriales muy relevantes, entre las que figuran la dirección de los Servicios Informativos de Televisión Española y, pasados los años, la dirección de Radio Nacional de España. En ambos puestos llevó a cabo tareas valiosísimas de modernización que sus colegas deberían ahora subrayar. Pero nunca padeció aquello que el general Kindelán denominaba mal de altura, que afecta a quienes el ascenso marea por la escasez de oxígeno ambiental. Siempre sintió la nostalgia del enviado especial a los infiernos de este mundo y hubiera abandonado sus entorchados a cambio de volver a cubrir misiones como enviado especial.

Su idea de la función de servicio público, que corresponde prestar a todos los medios informativos pero, de manera especialísima, a los de propiedad pública, como RTVE, figura en las antípodas de la degeneración que la ha llevado, repetidas veces, a convertirse en el servicio doméstico del Gobierno de turno. A veces, Diego no entendía qué méritos habían visto en él para designarle director, pero, al contrario, siempre sabía muy bien los que había ido sumando para ser destituido cuando le llegaba el momento del cese. La trayectoria cumplida por Diego es la suma de la honrada ambición y el constante deseo de ser empleado en las ocasiones de mayor riesgo y fatiga.

Diego Carcedo no se dio al relevo ni al descanso. Mantuvo sus colaboraciones en la agencia Colpisa, en 20minutos y en El Comercio de Gijón. Además, continuó con sus novelas y biografías que, en ocasiones, generaron versiones cinematográficas o series para televisión. Desde sus páginas rindió tributo a españoles, como el diplomático Ángel Sanz Briz, que arriesgaron para salvar a inocentes y en pro de las libertades. Además, relevó el 20 de diciembre de 2006 a otro asturiano impar, Carlos Luis Álvarez, Cándido, en la presidencia de la Asociación de Periodistas Europeos donde ha dado ejemplo de dedicación y entrega. Que cunda.

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