Discurso de Walter Haubrich en la entrega del XVIII Premio de Periodismo “Francisco Cerecedo”

Créanme si les digo que ningún otro premio hubiera podido darme una alegría mayor que el premio Francisco Cerecedo. Por muchos motivos: con el gran periodista y valeroso reportero Cuco Cerecedo me unió durante años una estrecha amistad. En nuestro común quehacer periodístico, tuve la suerte de coincidir con él en el extranjero varias veces. Cuando murió –siendo aún muy joven– en Colombia, mi periódico, el Frankfurter Allgemeine Zeitung, publicó una extensa nota necrológica. Porque, en aquel entonces, tampoco en Alemania era Cerecedo ningún desconocido.

Por pertenecer a ella desde hace tiempo, hace mucho que conozco y estoy familiarizado con la extraordinaria labor de la Asociación de Periodistas Europeos, que concede el premio y nombra el jurado. Entre los 17 que me precedieron en esta distinción se encuentran grandes nombres del periodismo español e importantes escritores que también publican en periódicos –como mi buen amigo Adam Michnik, también un extranjero. Tengo mucho que agradecer al jurado, entre otros a varios de sus miembros que me leen en alemán, por haberme dado acogida entre los acreditados nombres de los galardonados.

Nunca hubiera podido imaginar mejor reconocimiento a mi trabajo que esta distinción concedida por un jurado de ciudadanos del país del que en mi vida profesional me he ocupado más que de ningún otro.

Siempre, ya siendo niño, quise ser periodista y, por cierto, tan pronto como fuera posible, corresponsal en España. Y, aunque con un pequeño rodeo, una actividad docente en universidades, llegué a serlo. Un español, el comisario jefe de la Brigada Social del anterior regimen, el señor Yagüe, trató de presentarme esta aspiración profesional como absurda. Cuando me hizo detener por primera vez –hacía sólo unos días que había iniciado mi actividad de corresponsal en Madrid–, preguntó mientras hojeaba la información que tenía sobre mí: «¿Por qué le echaron de la universidad de Valladolid?». Mi respuesta de que la universidad de Valladolid de ninguna manera me había expulsado, sino que yo había puesto fin voluntariamente a mi actividad en ella para aceptar la oferta de entrar en la redacción del Frankfurter Allgemeine Zeitung, sólo le mereció una sonrisa irónica y una observación despectiva: «No querrá hacerme creer que alguien que es profesor en una universidad renuncia voluntariamente a esta actividad para hacerse periodista».

Pronto me di cuenta de que la opinión del jefe de policía política de Madrid no era necesariamente la de la mayoría de los españoles. A los corresponsales extranjeros, al menos a quienes, en los últimos años de la por fin extinguida dictadura, tratábamos de informar sobre la España real, sí que se nos tomaba en serio. Lo hacía la oposición democrática, a la que ofrecíamos la única plataforma para darse a conocer en el mundo y, por el reflujo de nuestras noticias, también en España; pero también el regimen, que no subestimaba nuestra influencia y que nos veía como adversarios políticos, cosa que no tendríamos por qué ser, o como fastidiosos perturbadores, y por eso trataba de amedrentarnos. En aquellos tiempos, la prensa extranjera, como no sufría censura ni tenía que someterse a ninguna consulta previa, desempeñaba un papel mucho más importante que el que tiene en situaciones democráticas normales. Algunos colegas españoles nos dieron entonces información importante. Información que ellos no podían publicar, pero que, precisamente porque eran buenos periodistas, querían ver publicada. Esta noche hay unos cuantos entre nosotros, y uno de ellos era Cuco Cerecedo.

A España le debo una de las experiencias más importantes y más bellas de mi vida, concretamente, la de vivir de manera consciente y comprometida la transición a la democracia. Fue un proceso que yo, como muchos españoles, llevaba tiempo esperando y que, con la monarquía parlamentaria, tuvo un resultado satisfactorio para la población. La transición española se convirtió en modelo de varios procesos de transición en Iberoamérica que también se llevaron a cabo con éxito, y en los que yo, como sucedió en Bolivia, Perú, Argentina y Chile, pude estar presente y escribir sobre ellos.

Países que, como España y los iberoamericanos, han tenido una historia contemporánea muy agitada, con períodos de opresión y resistencia, han exigido de los informadores la presencia directa en los acontecimientos y continuos y buenos contactos con los actores de los hechos políticos, lo que evitó que cayeran en el peligro del periodismo virtual tan extendido hoy en día. Me preocupa el número cada vez mayor de periodistas que conocen la realidad de la que deben informar solamente por la pantalla de la televisión o de los ordenadores. Con periodistas que pretenden informar de acontecimientos que no ha visto, de sitios que no han visitado, de personas que no han conocido, con cada vez menos testigos oculares, manipular la información se hace más fácil. Lógicamente, los testigos informadores deben tener los conocimientos necesarios para ordenar y valorar lo que han visto.

Empecé a conocer España a través de su literatura. Cuando pude viajar al país del que había leído todo cuanto tuve a mi alcance, me pareció bien conocido y familiar –y sus gentes respondían a la idea que me había hecho de ellas. Al cabo de algún tiempo, ya no pude ni quise dejar este país y, tras largas ausencias por trabajo en otros lugares, siempre he vuelto a Madrid.

De nuevo quiero dar las gracias a los miembros del jurado; gracias también a todos ustedes que han venido esta noche, a tantos colaboradores que me han ayudado, al periódico que siempre me ha publicado todo y a este país, donde nunca me sentí ni extraño ni extranjero.

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