El genio inadaptado, por Diego Carcedo

Rafael Sánchez Ferlosio durante la lectura de la I Lección Conmemorativa Pascual Madoz (1983)

Me hice un lector empedernido cuando conseguí rebasar la última página de El Jarama. No era fácil adentrarse en aquella prosa prolongada y a veces enrevesada que nos llevaba desde la metáfora a la realidad. Yo era muy joven, apenas había leído a Julio Verne, pero había descubierto, escuchando a los mayores, que El Jarama era lo mejor de lo mejor que se había escrito en la posguerra. Las personas cultas próximas hablaban de él en voz baja como si considerasen peligroso elogiar la recuperación de una actividad intelectual que los tres años de contienda civil habían frenado en seco.

Desde entonces, después de tener como reto literario de cabecera Alfanhuí, sentí una especial admiración por Rafael Sánchez Ferlosio que se fue incrementando con una fuerte dosis de curiosidad en torno a su personalidad cuando Miguel Angel Aguilar, su amigo íntimo, nos presentó. Sentí que aquel día conocía a un genio. Fue un domingo por la mañana y la verdad es que me saludó cortésmente, pero a partir de ese momento durante la hora larga de tertulia, no me hizo el menor caso, bien es verdad que yo me limitaba a escucharlo, a comprobar su personalidad fuera de lo común y su autocondición de inadaptado a las trivialidades de nuestra cotidianidad.

Su aspecto despistado y descuidado en el vestir coincidían plenamente con la imagen de personalidad diferente que con el correr de los años me había forjado de él. Me interesaban sus libros, aunque a veces me costaba penetrar en sus ideas, y me interesaban siempre sus aforismos, las frases talentosas y profundas, a veces enigmáticas, con que de vez en cuando nos obsequiaba en las páginas de algún periódico, últimamente en el lamentablemente desaparecido semanario Ahora. La ironía y el humor se amalgamaban en sentencias que obligaban a releer y dejaban pensando. Sánchez Ferlosio pasará al recuerdo por su legado literario, pero también por haber sido el último intelectual de la generación de los años cincuenta que nos acompañaba. Era huraño e introvertido, pero sobre todo su condición más acentuada era la de inconformista: inconformista con cuanto le rodeaba e inconformista consigo mismo.

Acababa de cumplir los noventa años y estaba en plenitud de sus facultades intelectuales. En las semanas anteriores había estado muy pendiente de una intervención quirúrgica a la que había sido sometida con éxito su mujer y quienes le trataban más que se mantenía fiel a su estilo provocador, crítico con cuanto está sucediendo y excéntrico en sus actitudes. Su mente creativa no se había resentido con los años. Nadie de cuantos le trataban podía imaginarse que le muerte física le estuviera acechando. La literaria e intelectual ya es historia.

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