Europa se hará en las escuelas o no se hará, Ramiro Villapadierna en la entrega del XVII Premio “Madariaga”

Se cumple un siglo de una guerra que espantó a nuestros bisabuelos: se llamó la guerra de las escuelas. Los nuevos reinos de Serbios y Búlgaros habían visto que, quien domina la escuela, crea al nuevo ciudadano.
Conocedor de los jóvenes pueblos del Este, he resistido la comparación con la vieja España; pero no aquí: El bajo nivel educativo coincide con la fragilidad de la identidad.

Desde la cola educativa de la Unión Europea, hoy los españoles resultamos más frágiles y menos europeos. Después del entusiasmo garibaldiano para crear la Unión, Europa se hará en las escuelas o no se hará. Sin el europeísmo y amor a los idiomas de mis padres, yo no habría sido este corresponsal.

La prensa tiene que colaborar por omisión: abandonando el ombliguismo electoral, pero también el narcisismo de “somos los más europeos”. Porque, si algo diferencia a nuestra prensa de la europea, es el nivel de adoctrinamiento; y el de antisemitismo.

Sobre éste, la Corona, como Reyes de Jerusalén, tal vez pueda cooperar. Sobre la manipulación ciudadana: hagamos buenas escuelas y dejemos la soberbia de querer arreglar el mundo en 300 palabras. Queremos ciudadanos mejor informados, no feligreses.

Me honro en haber servido al único periódico que consideró necesaria una corresponsalía, hace 20 años, para contar a sus lectores esa nueva Europa que se abría. Pero los corresponsales, hoy, no queremos ser los últimos de una especie. No crean a quien dice que con Google y la TV, basta: es como quien se abona al Espasa y a la parabólica y se considera ya académico e internacional.

Un corresponsal cuesta entre 10 y 20 veces menos que un ejecutivo y no le causa pérdidas a su empresa. Recordemos: Ellos sólo administran lo que hacemos; si nos echan, no podrán vender más que los muebles.
También urge la autocrítica: La profesión se desploma, no por Internet, sino cuando un jefe o un redactor cree que es mejor servir a Google, un logaritmo que nos cataloga, antes que a sus lectores.

Es una lección terrible para el joven periodista, que ya no encuentra en la redacción a esos veteranos que nos han marcado, sino quien no cree en el reportaje o la entrevista, sino en promociones, sacarle una licencia al político o caerle mejor a Google. Así habrá despachos de primera, pero no grandes reporteros.

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