Hacer que parezca un accidente, por Pedro González

No hay motivos suficientes para dudar de que el presidente de la República Islámica de Irán, Ebrahim Raisi, y su ministro de Asuntos Exteriores, Hosein Amirabdollahian, hayan tenido la mala suerte de que el helicóptero en el que viajaban se estrellara en medio de una espesa niebla, cuando volvían de inaugurar una presa hidráulica en la frontera y junto al presidente de Azerbaiyán. 

Sin embargo, si estos accidentes afectan a figuras y personalidades capaces de determinar el curso de acontecimientos que afectan no sólo a una gran región sino también a la práctica totalidad del planeta, parece lógico sospechar y dudar de que el destino estuviera efectivamente escrito.

Para quienes hayan sido educados en la cultura judeocristiana europea -yo mismo, sin ir más lejos- nos provoca un sobresalto el comunicado oficial del deceso del presidente Raisi, calificándolo de “mártir”. Va de suyo coincidir en que el finado se ha reencontrado con Alá, el nombre con que los musulmanes se refieren a Dios. Pero, chirría enormemente el calificativo de mártir para alguien al que no en vano se le moteja como “el carnicero de Teherán”.

El apodo no era ni humorístico ni gratuito. Raisi era uno de los cuatro jueces supervisores del multitudinario proceso de 1988 contra miles de opositores políticos, a la mayoría de los cuales se le condenó a la pena de muerte. La “fatwa” que lo dispuso había sido pronunciada por el fundador de la República Islámica de Irán, el ayatolá Jomeini, pero como toda disposición sangrienta y capital, exige que haya ejecutores muy aplicados, y Raisi lo hizo con tal entusiasmo que subió como la espuma en la jerarquía del régimen. Nunca ha llegado a saberse con certeza el número de los opositores políticos que fueron ejecutados en la horca, habida cuenta del secretismo de aquellos procesos celebrados en la más absoluta oscuridad, aunque organizaciones como Amnistía Internacional los cifran en unos 5.000 ajusticiados. 

Raisi nunca abominó de aquella matanza de opositores políticos, antes bien siempre defendió que su eliminación preservaba la seguridad nacional. Méritos, en suma, que le valieron llegar a ser designado fiscal general del régimen. 

El denostado expresidente norteamericano Donald Trump le impuso sanciones personales en 2019, en base a haber decretado la ejecución de personas por delitos cometidos siendo menores de edad, así como por haber dirigido también la sangrienta represión contra el denominado Movimiento Verde, que aglutinaba a quienes denunciaron el fraude de las elecciones de 2009 en las que Mahmud Ahmadineyad se impuso como presidente. 

Aquel mismo año 2019 Raisi ascendió a la vicepresidencia de la Asamblea de Expertos, el organismo encargado de elegir al guía supremo. Unió tal cargo al de custodio de la Fundación Astan Quds Razavi, la mayor de todo el mundo islámico, acumulando tanto poder que se convirtió en el aspirante mejor colocado para suceder a Ali Jamenei, que, por cierto, acaba de cumplir los 85 años, edad que ha espoleado las ambiciones y apetitos a sucederle. Su victoria y ascenso a la presidencia del país en 2021 le situó en el lugar más idóneo para suceder a Jamenei. 

Pero, hete aquí que, además de Raisi, en los últimos meses había emergido la figura de Mojtaba, un clérigo de menor rango pero que poseía una cualidad única: ser hijo del guía supremo, aupado, además, digitalmente claro está, a la máxima jerarquía clerical, lo que le convirtió este mismo año en un aspirante con muchas posibilidades de suceder a su augusto padre. 

De momento, se seguirán los procedimientos constitucionales. Así, el vicepresidente Mohammad Mojber ocupará durante cincuenta días el puesto de Raisi, que Alá tenga en su gloria, antes de proceder a la elección definitiva del sucesor. Mojber es un fiel seguidor de la línea dura e implacable del actual guía supremo, como por otra parte también lo era Raisi. 

La cuestión principal es en todo caso determinar el rumbo que tomará el régimen. Más allá de las luchas personales por el poder no parece que vayan a producirse cambios sustanciales. Como se demostró con la violenta represión contra las manifestaciones por la muerte de la kurda Mahsa Amini en dependencias de la Policía de la Moral, detenida por no llevar supuestamente bien puesto el velo, el régimen sabe que su supervivencia depende de una escalada represiva cada vez más agresiva. Lo demuestran las 226 personas ejecutadas en lo que va del presente año 2024, de las que al menos 10 son mujeres. Datos que no han suscitado hasta el momento movimientos de protesta entre las élites de los países occidentales, que tal vez estén esperando a mejores ocasiones para manifestarse. 

A resaltar también la reacción de Israel de negar cualquier implicación en el desgraciado accidente. No hay por qué dudar tampoco de la sinceridad de tal aserto. La Providencia, tanto en el mundo judeocristiano como en el islámico, opera por su cuenta y riesgo, al margen de los hombres, entendiendo este vocablo como genérico que engloba obviamente a hombres, mujeres e incluso seres no binarios. 

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