Carlos Sánchez
Carlos Sánchez

Discurso de aceptación de Carlos Sánchez al recibir el Premio de Periodismo Económico KPGM/ Rosa del Río

«Buenas tardes a todos y gracias por echar un rato en este día tan otoñal. Gracias al gobernador de Banco de España, Pablo Hernández de Cos; al presidente del jurado y excomisario europeo, Miguel Arias Cañete, que por motivos personales no ha podido estar aquí, y, por supuesto, a todos los miembros del jurado.

 También a quienes han optado al premio, magníficos colegas y, sobre todo, buenos amigos. Todos con enormes merecimientos, al igual que los premiados en las cuatro ediciones anteriores. Gracias. Y gracias también por el gran trabajo que hacen al frente de la Asociación de Periodistas Europeos Miguel Ángel Aguilar y Diego Carcedo. Y, por supuesto, a KPMG, en la persona de Roberto Bodegas, por su apoyo resuelto al periodismo. Es una buena noticia para todos. Gracias. También a la Bolsa de Madrid por acogernos. Y, desde luego, a todos vosotros. Quiero daros infinitas gracias por estar siempre ahí. Y en especial a Marta, Vera e ñaki.

El periodismo, al fin y al cabo, no es otra cosa que estar cerca de la gente. Y yo, de verdad, no solo estoy agradecido a todos los que han hecho posible el premio, sino que me siento muy arropado por vuestra presencia. He de decir, sin embargo, que el cariño profesional —no el otro, que no me cabe ninguna duda— me ha extrañado porque yo escribo de cosas muy aburridas. A veces, incluso, tediosas.

Suelo escribir sobre la masa monetaria, el PIB, la deflactación de la tarifa del impuesto sobre la renta, la productividad y hasta de las cláusulas de revisión salarial. A veces, incluso, he escrito sobre la histéresis, que es uno de esos conceptos que los economistas han robado a los biólogos y a los físicos.

Fijaos que soy tan aburrido que el único premio que he recibido hasta ahora es uno que me concedió hace muchos años la Intervención General del Estado sobre la diferencia entre el déficit de caja y el de devengo. Se trata, como sabéis, de un tema apasionante capaz de acariciar corazones. Lo recomiendo para leer durante las próximas navidades. No os riais. Este no es un tema menor.

Algunos recordaréis que el efecto Borrell empezó a desinflarse cuando el alto representante de la Política exterior de la UE se hizo un lío en la tribuna de oradores del Congreso e intentó explicar la diferencia entre caja y devengo. Ahí acabó su carrera a la presidencia del Gobierno.

Yo también —aunque desde luego con bastante menos éxito— he pretendido explicar algunos conceptos económicos desde que en el siglo pasado alguien en la facultad —no recuerdo quién— me dijo que se podían hacer prácticas en el viejo diario Pueblo. Explicar lo que pasa no es cualquier cosa. Es, en realidad, la única función de un periodista. Escuchar, escribir y contarlo. Nada más ni nada menos.

 El diario Pueblo ya no lo dirigía Emilio Romero. Y por entonces, ya al final de la Transición, y pese a haber sido el periódico de los sindicatos verticales durante la dictadura, era un nido de rojos. Yo, por entonces, todo hay que decirlo entre amigos, me sentía a gusto porque en la facultad, como saben algunos de los que están por aquí, me dediqué a hacer la revolución con magros resultados.

En Pueblo, alguien me colocó en la sección de Economía y Laboral. Allí aprendí no solo a llevar café a los veteranos, algo que espero que haya sido erradicado, sino de las enseñanzas de dos extraordinarios periodistas. Uno era José María Morillo, que murió demasiado pronto, y otro Vidal Maté, quien en 1982, antes de marchar a Huelva a trabajar, me recomendó que invirtiera en fresones. No le hice caso y eso que me perdí. Mi mala cabeza.

En Pueblo, lo primero que me sorprendió fue que en la entrada había un ascensor sin puertas que subía y bajaba como un poseso —no se paraba nunca— gracias a una cinta transportadora que tenía algo de mágica. Realmente, estaba bien pensado aquel aparato.

Pueblo era un periódico vespertino y el tiempo para redactar las noticias era oro, por lo que a la redacción se accedía sin abrir ninguna puerta y sin tener apenas que esperar, ya que giraba sin interrupción. Con un pequeño saltito se colaba uno en el aparato… y a volar. Cuando te despistabas y no salías a tiempo, había que esperar a que el ascensor diera toda la vuelta completa. Y así, hasta el infinito. Era fascinante.

En Pueblo aprendí, incluso, el trabajo de los cajistas, que lo primero que hacían cuando un plumilla joven e inexperto llegaba a la redacción, como yo, era regalarle su nombre en plomo y con las letras al revés. Esto siempre me ha parecido genial: ¿cómo se puede leer al revés y hacer un periódico? Bueno, ahora también se hace y lo llamamos fake news. De Pueblo salté a Radio Nacional, que ha sido mi mejor escuela. Mi sorpresa fue que aprobé una oposición y me mandaron, como he comentado antes, a Huelva. No porque yo tuviera nada con aquella tierra, sino porque había 10 plazas y yo fui el décimo, por lo que no pude elegir. Fueron dos años maravillosos.

El destino, sin embargo, me la tenía jurada. La reconversión industrial, el polo químico, los problemas de la flota pesquera, el desmantelamiento de la minería onubense… abrían todos los días los periódicos y los programas de radio.

No es de extrañar que cuando regresé a Madrid, Tom Martín Benítez, que por entonces era director de Informativos en Radio Nacional, me dijera: ‘Carlos, tú te vas a Economía y Laboral’. No protesté. Al revés, me alegré. La Casa de la Radio siempre será para mí un lugar especial y allí empecé a aprender mis rudimentarios conocimientos de la ciencia económica.

Todavía recuerdo con emoción cuando en una madrugada de la primavera de 1985, montando el España a la ocho, que dirigía entonces Luis de Benito, se cerraron las negociaciones de adhesión de España a la antigua Comunidad Económica Europea. Aquello fue una fiesta. Tanto por parte de los técnicos que estaban al otro lado de la pecera como de los redactores que seguíamos al minuto las negociaciones.

Conviene recordarlo hoy aquí. Precisamente, porque estamos convocados por la Asociación de Periodistas Europeos. Europa —la mayor democracia del mundo— es lo mejor que nos ha pasado como nación en los últimos siglos. Con todos sus problemas y debilidades. Con todas sus miserias, que también las hay.

Como decía, me asignaron a la sección de Economía y de Laboral, que por aquel tiempo, en una España con tantos conflictos, era una subsección fundamental. He de confesar, sin embargo, que tenía un problema no menor teniendo en cuenta que iba a trabajar en una radio que ahora se escucharía en todo el Estado.

Como algunos habréis observado, mi pronunciación de la erre es manifiestamente mejorable, y, de hecho, en el examen de oposición me busqué la vida para escribir un par de folios sin ninguna erre, ya que había que leer el texto delante de un micrófono. No sé cómo lo hice, pero lo conseguí. Pero lo que no pude evitar es que mis primeros años en Radio Nacional, ya en Madrid, estuvieran llenos de erres: reconversión industrial, reindustrialización, reforma de las pensiones, reforma del sector eléctrico, reforma laboral…, y, por si no fuera suficiente, Rumasa y Ruiz-Mateos.

Tras un breve paso por Informe Semanal, otra erre se cruzó en mi camino. En este caso, la del guerrismo, que puso la proa a Pilar Miró y a los llamados renovadores de la nada, que decía Txiki Benegas. Otra erre. Aquel ajuste de cuentas entre familias socialistas nos obligó a todos los que estábamos en comisión de servicio a volver a la radio. Un medio, por cierto, que sigo adorando.

Gracias, Ángels Barceló y José Luis Sastre, por vuestro cariño. Y a la gente de Onda Cero, la COPE, Radio Nacional y Onda Madrid por haberme dejado alguna vez seguir matando el gusanillo de la radio. En todas las tertulias he estado siempre muy a gusto. La radio es vida. Y no quiero dejar pasar esta ocasión para recordar a Juan Pablo Colmenarejo, que también se nos fue demasiado pronto.

En el interregno, vuelvo al relato, yo había estado casi un año trabajando en El Globo, aquel intento fallido de hacer una revista digna de un país que acababa de entrar en la Unión Europea. Había dinero. La empresa editora hasta nos compró un fax, un aparato que por entonces era lo más. Algunos pardillos, incluso, nos quedábamos a veces mirándolo como si se tratara de una revelación divina. Y en realidad, tenía algo de ello.

En lo que la empresa invirtió poco, sin embargo, fue en tiempo: nunca dejó madurar lo que pretendía ser el Time o el Der Spiegel español, de ahí que aquel proyecto se cerrara fatalmente de forma prematura. Aquella sección de economía era, sin duda, extraordinaria. Algunos de sus miembros han acabado siendo directores de periódico y otros, magníficos periodistas.

Otro proyecto, sin embargo, estaba a punto de nacer. Si El Globo era el reino de la abundancia, El Mundo era la república de la austeridad. Cuando el 4 de septiembre de 1989 comenzó a navegar El Mundo, en una vieja fábrica del barrio de Prosperidad, los cables de los ordenadores estaban colgados de los techos porque no había dinero para soterrarlos.

A uno de los jefes, incluso, le robaron la cartera de la americana que estaba colgada de un perchero porque desde la misma calle se podía acceder a su despacho con solo meter la mano a través de la ventana. Fueron tiempos heroicos en los que teníamos que cerrar la primera edición a las seis de la tarde, lo cual nos obligaba a hacer, en la práctica, un periódico nuevo cada día solo para la edición de Madrid. Y luego dicen que el pescado es caro.

 Fue un trabajo ingente que tuvo su justo premio cuando a los dos años salió un día de su despacho un exultante Pedro J. Ramírez y dijo eufórico: ‘Chicos, que sepáis que trabajáis en un periódico que vende 200.000 ejemplares diarios’. En aquel momento, muchos nos acordamos de la primera cena de empresa de Navidad, que celebramos en La Ostrería, en la calle López de Hoyos. A la hora de abonar la cuenta, los humildes plumillas teníamos que rascarnos el bolsillo para pagar a escote. En el último momento, sin embargo, la dirección se compadeció de nosotros y sacó la chequera. No empezó mal la travesía.

No puedo dejar de recordar, sin embargo, también momentos duros. Muy duros. Como las muertes de Julio Anguita y Julio Fuentes en guerras estúpidas, algo que explica mi actual compromiso con Reporteros sin Fronteras.

Fueron, en todo caso, 13 años increíbles. Y no solo en lo profesional, sino en lo personal. Incluidos algunos convenios colectivos que me tocó negociar como presidente del comité. El primero lo escribí en mi vieja Olivetti.

Aquellas guerras posteriores al 11-S —toda una paradoja— están detrás, sin embargo, de que yo volviera a una redacción tras un fugaz paso por el lado oscuro, dicho sea con todo cariño a quienes trabajan en el mundo de la comunicación. Un mundo, desgraciadamente, a veces poco comprendido por los periodistas.

Sucedió una mañana, cuando en mi despacho, situado en la planta undécima del Consejo Económico y Social, estaba viendo las noticias. Precisamente, en el mismo edificio en el que yo había hecho prácticas años atrás en Pueblo, donde estaba el célebre ascensor sin puertas que no paraba de subir y bajar.

Fue entonces cuando vi con cierta envidia periodística cómo centenares de iraquíes derribaban con cuerdas y cadenas la enorme estatua de Sadam Husein que dominaba una plaza de Bagdad.

Al ver las riadas de hombres que se alzaban contra el dictador me llegó el momento Humphrey Bogart y me dije: ‘El mundo en guerra y yo redactando comunicados de prensa’. Eso sí, con vistas al paseo de Prado.

Así que cogí los bártulos y me fuí a Expansión, donde vi una de las redacciones más entregadas a su trabajo. Gente verdaderamente entrañable y buenas personas, además de grandes profesionales, lo que no es poco en un oficio donde hay demasiado ego.

Todo iba bien hasta que Jesús Cacho y José Antonio Sánchez me liaron —o mejor dicho, me dejé liar— para trabajar en un periódico digital de nombre un tanto clandestino: El Confidencial, que es justo lo que no debe ser un diario. O tal vez sí. Sin confidencias, no hay periodismo. Y en El Confi hemos oído muchas.

¿Quién me iba a decir a mí, que yo, que empecé con papel calca y con máquina de escribir, acabaría en un periódico cien por cien digital?

Corría el año 2005 e internet estaba en pañales. ¿Quién me iba a decir a mí, pensé en alguna ocasión, que yo, que empecé con papel calca, con máquina de escribir y con teletipos que vomitaban noticias como si no hubiera mañana, acabaría en un periódico cien por cien digital?

En aquel garaje de la carretera de la playa, sin embargo, se estaba cociendo algo importante. Cuando hablamos del legendario garaje de Herrera Oria, muchos pueden pensar en algo parecido a los amplios aposentos que utilizaban Bill Gates o Steve Jobs para dar luz a sus innovaciones. Pero no es verdad.

Se trataba de un humilde adosado cuyo garaje se había convertido en una menesterosa redacción embellecida con montañas de periódicos que en verano, cuando apretaba el calor, recibía de sopetón y de forma sigilosa a pequeños invitados de patas largas y aplanadas de un intenso color negro. Todos los miembros de la plantilla cabíamos en tres taxis y hoy somos unos 200, lo que muestra que algo se ha hecho bien.

También, como ocurrió en aquella cena primigenia de La Ostrería, la empresa —gracias, José Antonio, por haber dado luz a este invento— nos pagó una comida en el club de golf de Madrid porque habíamos llegado a la increíble cifra de 100.000 usuarios únicos. Casi nada para un grupo de amigos que se asomaban al fenómeno más disruptivo de la información desde los tiempos de Gutenberg. 

Creo que no exagero si digo que la historia de internet en España no se entendería sin El Confidencial. Desde luego que no somos los únicos ni los primeros, aunque creo que hemos aportado nuestro granito de arena. Ni que decir tiene que todo ha sido posible gracias a un equipo extraordinario. Los que quedamos y los que se han ido, capitaneados por Nacho Cardero y por un grupo de periodistas —Ángel Villarino, Miquel Roig, Itziar Reyero, Carlos Hernanz, Esteban Hernández, Agustín Marco, Raquel Benito, Rebeca Fernández y muchos más— implacables con su oficio.

Y que solo responden a aquella descripción genial que hizo una vez Tom Wolfe sobre lo que significa ejercer este oficio: ‘El periodismo es fantástico. Te envían a hacer preguntas incómodas a gente que no quiere hablar contigo. Y tú vas y las haces. Es fantástico‘. 

Sé que hablar de periodismo ante tan ilustres colegas es un atrevimiento, pero como soy del Atleti y, por lo tanto, un romántico lo haré. Al fin y al cabo, el Atlético no es un equipo, es una idea. Para ello, voy a parafrasear un viejo refrán sueco que también suele utilizarse en el mundo económico: «Quien ofrece a la opinión pública cacahuetes, solo obtendrá monos». O lo que es lo mismo, la ingesta de una deficiente información solo produce sociedades monstruosas y malas digestiones democráticas. 

«La ausencia de argumentos para debatir en el conflicto social es fruto de la mala información. De vivir en un ecosistema informativo deficiente»

El populismo, la intransigencia, los tics autoritarios, la falta de empatía con los que sufren o, simplemente, la ausencia de argumentos para debatir en el conflicto social son fruto —en muchas ocasiones— de la mala información. De vivir en un ecosistema informativo deficiente.

Marty Baron, exdirector de The Washington Post y The Boston Globe, dos de las glorias del periodismo, dio en el clavo cuando en una entrevista confesó: ‘Creo que el mayor reto al que se enfrenta el periodismo hoy no es el económico, ni el tecnológico, aunque son enormes. El mayor desafío al que nos enfrentamos como sociedad es que no podemos ponernos de acuerdo sobre una serie de verdades comunes‘. ‘La gente’, continuó Baron, ‘ha de estar en desacuerdo sobre los retos a los que nos enfrentamos. Debemos tener un debate vigoroso y vibrante sobre cuáles deben ser las respuestas. En eso consiste una democracia. Pero necesitamos operar a partir de una serie de lugares comunes. Y hoy en día ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en lo que pasó ayer‘. 

Uno debe preguntarse cómo puede funcionar la democracia en un ambiente tan tóxico. ¿Qué hacer cuando una parte sustancial de la población cree en cosas que son directamente falsas o en locas teorías de la conspiración?

Los economistas lo saben bien y hablan con frecuencia de información asimétrica, que se produce cuando en un mercado, en este caso el mercado de la opinión pública, una de las partes dispone de una información deficiente o deliberadamente parcial. 

De ahí, precisamente, la importancia de contar con una prensa de calidad. No para que ganemos más dinero los periodistas, que también —esta profesión sigue estando mal pagada, aunque es cierto que como muchas otras— sino para que el proceso de toma de decisiones en un mundo cada vez más complejo se haga con toda la información disponible y de la mayor calidad posible. Como hacen los buenos economistas cuando elaboran sus predicciones a partir de la mejor información disponible. 

Por eso estamos aquí esta tarde-noche. Para reivindicar bajo el paraguas protector de Rosa del Río, una adelantada a su tiempo, este oficio de tinieblas. El mismo que te permite decir y escribir cosas que disgustan a gente poderosa. Y que lo último que quisiera es que alguien le pregunte o le pida explicaciones. Una profesión que te permite, incluso, como dice un viejo chascarrillo, comer percebes o langostas junto a los ricos de toda la vida para llevar un plato de lentejas a casa

«Nosotros no solo estamos obligados a escribir de lo que sabemos desde el rigor, sino que tenemos la obligación de contarlo»

Ese es nuestro privilegio. Hacer cosas que otros no pueden hacer. Ni siquiera, ya que estamos en este emblemático y bellísimo edificio de la Bolsa, los jefes del Ibex. Nosotros no solo estamos obligados a escribir de lo que sabemos desde el rigor, sino que tenemos la obligación de contarlo. Esto es lo que nos hace diferentes. Y contarlo bien.

Os voy a confesar una cosa. Sucedió en este mismo edificio. Concretamente, en octubre de 1987, en aquel lunes negro en que la bolsa se despeñó. Vine para recoger el ambiente cuando todavía había corros y barandilleros, y fue entonces cuando le pregunté a un señor que me pareció muy mayor y que tenía pinta de saberlo todo. 

¿Usted juega en bolsa? 

Con la cara un tanto contrariada, me respondió: 

Joven, yo no juego, yo invierto. 

Aprendí a no hacer demasiadas preguntas idiotas. 

Un periódico, al fin y al cabo, es, sobre todo, un proyecto intelectual. No es una fábrica de tornillos ni una fábrica de coches. Los procesos industriales no casan con el buen periodismo. Este es un ejercicio de precisión que necesita calor humano.

Adolph S. Ochs, el legendario editor de The New York Times, periódico que compró por 75.000 dólares hace más de un siglo y que sigue siendo un tesoro informativo, lo dijo claramente: ‘Los prejuicios y el fanatismo son fatales para el periodismo: la profesión debe estar dedicada al bien público y a exponer el fraude, la malversación o la incompetencia en la conducción de los asuntos públicos‘. 

El privilegio que nos ha entregado la sociedad como simples arrendatarios es demasiado importante para malgastarlo. Somos los depositarios de ese privilegio, pero no los propietarios. Estamos de alquiler.

Caminamos, como decía Newton, sobre los hombros de gigantes, y esa es una ventaja demasiado grande para desaprovecharla. Las mayores tropelías en el ámbito de la información se han producido, sin embargo, cuando no nos apoyamos en el conocimiento y dejamos de ser intermediarios. Cuando nos convertimos en un fin en sí mismo. Cuando los periodistas son noticia por lo que hacen, no por lo que escriben.

Cuando no se cumple aquel aserto divino que debería estar grabado a fuego en las redacciones: ‘Si tu madre te dice que te quiere, compruébalo’. Cuando eso no sucede, se rompe de forma unilateral nuestro contrato con la sociedad. Y es entonces cuando la profesión acaba en las letrinas. En las cloacas del Estado o en el vertedero de la opinión pública.

No todo es periodismo, aunque lo parezca. No lo es aunque formalmente el diario en cuestión tenga una cabecera, unas fotos y unas letras. Aunque diga que lo es y al mismo tiempo desprecia lo más valioso de este oficio: la honestidad intelectual. Sin hechos, como sostenía Hannah Arendt, no hay opiniones, solo palabrería. El mundo son los hechos, no las cosas. De lo que no se puede hablar, o escribir, conviene callar. Claro está, a no ser que se quiera caer en lo que se decía hace muchos años con sorna: ‘Mientes más que el periódico, que solo tiene dos verdades, el precio y la fecha’

Hago mía, y ya acabo, una reflexión que José Antonio Zarzalejos —muchas gracias, José Antonio, portodo— ha escrito para un libro de próxima aparición: ‘Tenemos que recuperar la alegría del conocimiento’.

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