Discurso de Carlos Luis Álvarez en la entrega del XIII Premio de Periodismo «Francisco Cerecedo»

Carmen Rico Godoy observa el galardón y recibe la felicitación de SAR

Francisco Cerecedo nació de la misma raíz de Mariano José de Larra y estuvo adornado de la penetración sin caer en la suficiencia, de la gracia sin caer en el chascarrillo, de la parodia sin caer en la ofensa, de la crítica sin caer en la destemplanza y de la belleza sin caer en la exhibición. Fue una conciencia inflexible y alegre, un hombre inmensamente dotado para la libertad de expresión considerando ambas entidades por separado y no sólo por junto: estuvo dotado para la libertad y también para la expresión.

Carmen Rico-Godoy Carabia, esta española de París, hija de una extraordinaria periodista de cuya maestría muchos aprendimos algo, Josefina Carabia, tiene en su periodismo aquellos rasgos singulares de los grandes escritores de periódicos, la sutileza, la comprensión de la actualidad como el precipitado de una realidad más honda que es necesario desentrañar, la gracia del lenguaje, pues ella restaura con su periodismo, como la «soberanía antigua» de las palabras; esa visión por encima de la aldea que le da el haber vivido, estudiado y trabajado fuera de ella. Carmen Rico-Godoy viene dejando un Cambio 16, desde que ingresó en esa revista, en 1971, uno de los ejemplos más inteligentemente risueños del periodismo, con esfuerzos y sin pausa, lo mismo que en las demás publicaciones en las que ha escrito y escribe.

Alteza, queridos amigos, la sociedad española va cristalizando, no sin tensiones, pero sí bajo la tranquila referencia de una Monarquía Constitucional, que conforma un Estado de Derecho, en una sociedad libre y responsable capaz de una convivencia segura. Quiero repetir lo que el año pasado dije aquí mismo: los periodistas hemos luchado porque no haya leyes contra la opinión, y de nosotros depende que no haya opinión contra las leyes cuya legitimidad nazca del mismo pueblo español. En esa lucha por la convivencia y el respeto a la ley, que es la única con verdadero poder, pues el poder de quienes la aplican de la misma ley les llega, el torcedor más terrible es el terrorismo. Quienes vemos la paz no como una tregua, sino como un modo humano de vivir, no debemos descansar en el empeño de conseguirla, para los terroristas también. Pues no se trata tanto de que nosotros escapemos de ellos, como de los implacables espectros en la obra de Ibsen, sino de que ellos escapen de su error.

Secciones