Palabras de Rubén Amón al recoger el XXXII Premio de Periodismo Europeo «Salvador de Madariaga»

El ataque de Donald Trump a la línea de flotación de la UE, recién comenzado el segundo mantado, dio lugar a que pidiera a Amazon una bandera estelada de fondo azul. La tengo sobre la mesa de mi despacho con orgullo, convencimiento y propiedades supersticiosas. Un amuleto contra los enemigos del milagro. Un acto reflejo frente a las debilidades.

Europa no es débil porque haya abjurado de sus principios y de sus valores, sino precisamente porque los conserva y los defiende. Europa es débil porque aloja un modelo de sociedad abierto, transparente y tolerante, sensible a los derechos humanos y laborales, proclive a la causa de las minorías, consciente de la igualdad de género.

Europa es débil porque ha renunciado a las fronteras interiores. Porque sus democracias permiten partidos antieuropeístas. Porque concede la libertad de expresión a quienes la sabotean. Europa es débil porque existe la libertad de prensa y la separación de poderes. Y porque la cesión de soberanía de los países miembros ha repercutido en un modelo supranacional que nos previene de nuestro pasado fratricida.

Europa es débil porque cree en la pluralidad y en la circulación de las ideas. Porque consiente los matrimonios entre homosexuales. Y porque los programas de intercambio educativos, Erasmus en cabeza, han fomentado una mentalidad cosmopolita a expensas del patrioterismo y del folclore nacionalista que tanto daño hicieron.

Europa es débil porque ha tomado conciencia del cambio climático mientras los grandes estados contaminantes, China y Estados Unidos, recelan del porvenir medioambiental.

No, no se trata de componer aquí un inventario hagiográfico e idealista de la bandera de la UE, pero los reproches que se hacen al proyecto comunitario —la burocracia, la falta de pedagogía, las discrepancias en defensa o política migratoria— representan una anécdota en comparación con los méritos, evidencias y realidades.

Otra cuestión es que las nuevas generaciones no hayan apreciado el prodigio de la nueva Europa porque nacieron con él. Y porque la tentación de convertir la UE en la explicación de todos los problemas subestima el espacio de garantías democráticas. Tenemos la mejor Historia delante. No la hemos sabido apreciar.

Mi generación —y no solo la mía— se conmovió con la imagen de Mitterrand y Kohl dándose la mano en el cementerio de Verdún, igual que sucedió con la firma del tratado de Maastricht. Nos convertíamos los españoles en europeos de plenitud. Hemos prosperado desde entonces gracias al proceso de integración, a los fondos comunitarios, incluidas las ayudas multimillonarias del Covid. Europa ha sido el frente ético que hizo caer el muro de Berlín.

Europa es débil como Atenas lo era frente al imperio persa. Hemos aprendido que el baricentro del planeta se encuentra en Asia-Pacífico. Y hemos asumido que nuestro continente envejece en la rutina de las comodidades y del bienestar, más o menos como le sucedía al imperio Austro-Húngaro antes de precipitarse la I Guerra Mundial. Parecía imposible que pudiera malograrse la «pax europea» con el veneno del nacionalismo.

Y ha sido Europa la mejor respuesta a las pulsiones identitarias. El proyecto común ha relativizado el furor endogámico del continente, más todavía cuando la Guerra de Bosnia y la de Kosovo —las menciono porque las viví— sirvieron de argumento ejemplarizante para recordarnos los peores fantasmas de nuestro pasado.

No podemos competir con la ferocidad de Putin ni con el desacato de Trump al relato común de la democracia. El presidente americano ha homologado el expansionismo del zar. Ha bendecido que pueda expropiarse un país ajeno por interés estratégico y turístico.

No estábamos preparados en Europa a la brutalidad del cambio de paradigma ni a la aberrante complicidad de Trump con las atrocidades del zar. La guerra cultural y la comercial excitan la guerra militar. Ha sido el magnate del despacho oval quien ha profanado el pacto de convivencia, renegando del sacrificio que hizo Estados Unidos por las libertades en el matadero a cielo abierto de las guerras mundiales.

Europa tiene una oportunidad para reanimarse cuando se reponga del estado de shock. La amenaza de la pinza de Moscú y Washington, más la hegemonía del capitalcomunismo chino, requiere una planificación en defensa común, política económica y alianzas internacionales. Estados Unidos se baja en marcha del tren de Occidente, porque Occidente no es una referencia geográfica, sino un punto cardinal en el plano ético.

Occidentales son los países nórdicos, igual que Australia, Canadá, Corea del Sur, Japón, Uruguay, Chile o Sudáfrica. Se trata de cultivar la reconstrucción de un mundo libre frente a la brutalidad de los nuevos tiranos. Y es cierto que Europa ha perdido su antiguo liderazgo, su influencia planetaria, pero reviste toda la cualificación de la polis ateniense. Por eso ondea en mi casa la bandera de las estrellas doradas. Y por la misma razón me preocupó tanto que en el envés ponga «Made in China».

Es posible que haga falta un programa de entusiasmo comunitario, pero no hay mejor futuro de Europa que reclamar más Europa. O sea, llevar más lejos no la geografía del proyecto, sino la cesión de soberanía, de la justicia a la política exterior, de la Defensa a los derechos.

Somos, insisto, Atenas frente al imperio persa. La razón frente al oscurantismo. El derecho frente al abuso de las democracias imitativas. Ni nacionalistas ni patrioteros. Europatriotas. Y tenemos una obligación con el teniente McCrae y con todos los muertos que piden descanso eterno en las entrañas de los campos de Flandes.

Me refiero al héroe efímero de la I Guerra Mundial, médico militar y oficial de artillería a quien asombró cómo se amontonaban los cadáveres entre las amapolas del campo de batalla. Nos dejó un testamento que puede leerse si prestamos atención entre las estrellas de nuestra bandera:

 

De nuestras manos desfallecidas os arrojamos la antorcha;

sed vosotros quienes la sostengáis en alto.

Si rompéis la fe con nosotros que morimos,

no descansaremos, aunque crezcan amapolas

en los campos de Flandes.

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