Palabras de Ángeles Blanco al recoger el XXXII Premio de Periodismo Europeo «Salvador de Madariaga»

Buenas tardes a todos. Autoridades, compañeros, amigos…

Allá por los años 82, 83… del pasado siglo, del siglo XX, una niña jugaba prácticamente a diario a hacer entrevistas. Utilizaba a su hermano de apenas 3 o 4 años de edad para dar rienda suelta a su imaginación. Bautizó al pequeño y paciente entrevistado como “súper-ratón”, y esas inocentes e inolvidables entrevistas quedaron registradas en un casete. ¿Os acordáis? Casetes o cintas que descansan en algún rincón de la casa familiar. Pero, como esos ratos se le quedaban cortos, salía a la calle con la cuerda o la comba en la mano. ¿Os acordáis de las combas? No solo las usaba para saltar. Las utilizaba también como micrófono, para pesadilla de quiénes se cruzaban con ella en la calle o el portal.

Esa niña creció, con los periódicos de papel siempre en su casa, con la radio siempre puesta y con la puntual cita de los telediarios en televisión. Y en el momento de decidir que quería ser de mayor no tuvo duda alguna, para gran disgusto de sus padres. Sobre todo, de su madre que siempre imaginó que habría sido una estupenda ingeniera de telecomunicaciones, dado que era lo máximo a lo que unos padres aspiraban para sus hijos en aquellos tiempos. El hecho es que al confesarle que no había otra opción, que había nacido para ser periodista, su madre exclamó: “Hija mía, siempre te ha encantado el mundo de la farándula”.  “Mamá”, contestó ella, “¡que son 5 años de carrera!”.  En aquellos tiempos, os recuerdo, eran 5 años de Universidad. Y esa niña, que era yo, se empeñó en cumplir su sueño. Fue entonces cuando descubrí que mi padre había sentido en sus años jóvenes una atracción por los micrófonos que sació haciendo pequeñas incursiones en una modesta emisora de nuestra tierra, de Extremadura.

Me entusiasmaba leer, escuchar y ver las crónicas que los corresponsales de guerra enviaban desde los lugares en los que mandaba la sinrazón.

Y soñaba, como otras tantas principiantes de aquella época, con poder contar, desde el terreno, los grandes conflictos que se extendían por diferentes lugares del mundo.  No toqué suelo bélico, quizá haya sido ese el único deseo profesional incumplido, pero esa aspiración ha quedado satisfecha con todo lo que me ha permitido experimentar a lo largo de todos estos años este maravilloso oficio de contar las cosas que pasan.  

Mis primeros pasos universitarios y profesionales discurrieron de forma paralela. Estuvieron marcados en España por la resaca de los Juegos Olímpicos de Barcelona o la Expo de Sevilla, que en buena parte transformaron nuestro país y su imagen exterior. En esos tiempos se derrumbó otra imagen, la del todopoderoso Mario Conde tras la intervención de Banesto ¿os acordáis?  Y para la historia quedó un histórico apretón de manos entre quien fuera primer ministro de Israel, Isaac Rabin, asesinado años después, y el líder palestino Yasser Arafat. Aquel gesto simbolizó la esperanza, con el tiempo perdida, de resolver un conflicto que se resiste a encontrar un final a pesar del paso de los años.

Europa acababa de estrenar el Tratado de Maastricht, que transformó la Comunidad Económica Europea en la actual Unión Europea, y que tuvo como principales logros crear los pilares para la llegada del euro, establecer la ciudadanía europea y una política exterior común para todos los miembros con un horizonte de prosperidad compartida.

Quizá esa fue una de las razones que me llevaron, y esto lo sabe muy poca gente, aunque sí alguien que está aquí presente, a plantear a uno de mis jefes que quería establecerme en Bruselas para poder narrar desde allí, desde el corazón de Europa, la que en aquellos tiempos muchos consideraban una información densa, gris, aburrida, burocrática… Estaba dispuesta incluso a renunciar a mi necesidad vital de ver el sol brillar en un cielo despejado durante buena parte del año. Y esa precisamente no es una característica de la capital belga.

Mi intento no fructificó y me quedé en Madrid. En una redacción en la que aún olía a tinta de los teletipos y de los diarios escritos. Incluso había alguna que otra máquina de escribir que se resistía a dejar su hueco entre los ordenadores que ya copaban todos los espacios. En las redacciones, en nuestros bolsillos, en nuestros bolsos, no había móviles ¿os acordáis? La necesidad nos hacía tirar de imaginación y asaltábamos recepciones de hoteles, de bares o de restaurantes para hacernos con un teléfono de esos de cable que nos permitían llamar a la redacción para informar del último dato que acabábamos de conocer. En las mesas había diccionarios y enciclopedias. También carpetas llenas de documentos que cada uno ordenaba como mejor le parecía y que esperaban a ser utilizados cuando la memoria no llegaba hasta donde debía hacerlo. No había internet. Ni redes sociales. Las noticias viajaban a otra velocidad. Y nosotros, los periodistas, también.

Más de 3 décadas después de que empezara a recorrer este camino, el mundo y nuestra profesión no son ni mucho menos lo que eran. Se suele decir que tendemos a idealizar el pasado cuando lo comparamos con lo que tenemos en el presente. Reconozco que a mí en ocasiones me ocurre. No son pocas las veces en las que me evado recordando cómo era nuestro oficio hace un tiempo. Soñábamos, entre otras cosas, con una tecnología que nos facilitara la vida. Pero no contábamos con los problemas derivados de esas facilidades, porque la revolución tecnológica no solo ha transformado la forma de informar. También la propia manera en que la sociedad entiende la realidad. Y, por supuesto, ha transformado el periodismo.

Vivimos un momento en el que nuestro oficio no solo afronta desafíos tecnológicos o económicos. También se enfrenta a una creciente erosión de la confianza pública y a una tendencia más que preocupante: la descalificación sistemática de quienes informamos.

Con demasiada frecuencia, periodistas y medios de comunicación nos convertimos en objetivo de campañas de señalamiento, de insultos simplemente por publicar y contar noticias incómodas. Se desacredita al mensajero, al que por otro lado se evita para no enfrentarse a sus preguntas. Y si las preguntas no gustan, se le cuestiona incluso si son apropiadas o no. Cuando un periodista es presionado por preguntar, cuando un medio, sea el que sea, es estigmatizado por investigar o cuando se intenta dividir a la prensa entre afines y desafectos, está en juego el derecho de los ciudadanos a recibir información libre y plural. Por eso quiénes nos dedicamos a este noble oficio no deberíamos, entre otras cosas, caer en la trampa de las trincheras.

Los políticos han encontrado el paraíso de las redes sociales para evitar que alguien les coloque frente al espejo. Un video con un preparado mensaje grabado con un móvil cómodamente desde un inaccesible despacho, y colgado después en una plataforma, les exime de un control fundamental para la existencia misma de la libertad y la democracia.

La precariedad ha invadido las redacciones. Hay menos periodistas, con sueldos muy por debajo de lo que debe ser aceptable por el desarrollo de un trabajo da tanta responsabilidad y tantísima dedicación. Tenemos que seguir pisando la calle, tenemos que ir a los lugares donde pasan cosas, tenemos que reivindicar nuestro derecho a preguntar, tenemos que ir a las ruedas de prensa, tenemos que buscar a los protagonistas, tenemos que analizar, tenemos que explicar, tenemos que mantener la curiosidad…

Nunca en la historia de la humanidad hemos tenido acceso a tanta información. Y, paradójicamente, nunca ha sido tan difícil distinguir con claridad qué es verdad y qué no lo es. Y lo peor, lo peor es enfrentarse a una tendencia peligrosa: que esa distinción deje de ser importante para una parte de la sociedad.

Que no importe si algo es real o no mientras que sea lo que yo quiero que sea.

Los males de hoy en nuestra profesión se extienden a todo el mundo, incluso a aquellos países que siempre han gozado de una excelente salud democrática.

Los periodistas estamos para proporcionar información verificada, para que los ciudadanos puedan pensar por sí mismos, porque todos sabemos que una ciudadanía mal informada es una ciudadanía más vulnerable al miedo, a la manipulación y a los extremismos, un fenómeno que, por cierto, estamos viendo en todo el mundo.

Nuestra historia, la historia de Europa, está llena de ejemplos de lo que ocurre cuando las mentiras se convierten en verdades oficiales y cuando la propaganda sustituye al debate libre.

En la Unión, nos encontramos en pleno debate sobre su seguridad, su competitividad, la transición energética, la inmigración, la inteligencia artificial o su papel en un mundo que es cada vez más complejo. Este año se cumplen cuatro décadas desde la adhesión de España al proyecto europeo, una decisión histórica que transformó de arriba a abajo nuestro país. En estos años, la información europea ha dejado de considerarse gris, aburrida o burocrática. Los españoles ya somos conscientes de que todo lo que pasa en Europa nos afecta directamente.

A lo largo de mi trayectoria he tenido la fortuna de ser testigo y de poder contar buena parte de nuestra historia común. Empecé siendo casi una niña, llena de ganas, de ilusión, de curiosidad, de proyectos, y también de muchos miedos. Y muchas de esas sensaciones las sigo manteniendo tanto tiempo después. Y este premio que me otorgáis hoy supone todo un revulsivo para afrontar el presente y lo que pueda deparar el futuro.

Y a pesar de todo lo que haya podido parecer, soy optimista. Porque creo que nuestro papel es cada vez más necesario

Gracias por este honor. Gracias al jurado que ha tenido la idea de que yo reciba hoy este Salvador de Madariaga que quiero dedicar a todos aquellos que me ayudaron a cumplir mi sueño y que aún a día de hoy lo siguen haciendo.

Gracias alcalde por recibirnos hoy aquí, en tu casa, en esta fantástica ciudad de Cervera.

Gracias a todas las autoridades y a todos los que habéis aparcado durante unas horas vuestras responsabilidades para estar aquí. Gracias Paco. Y gracias también Miguel Ángel porque tus enseñanzas fueron el pilar indispensable para forjar el camino que estaba por llegar.

Gracias mamá por tu apoyo a pesar de tus reticencias iniciales. ¿Has visto lo que he conseguido?

Gracias Gabi, mi hermano, por aguantar estoicamente aquellas entrevistas cuando lo que realmente quería era disfrutar con sus juguetes

Gracias Vicente, Vicen, por estar ahí. Tu bien sabes que parte de este premio es por ti, porque además de todo lo que compartimos cada día, has sido uno de mis grandes maestros en esta profesión.

Gracias mi pequeño Daniel, lo siento, siempre serás mi pequeño, por sobrellevar como lo haces todas las ausencias y todos los problemas que este trabajo de mamá te da. Te prometo que te lo compensaré.

Y gracias Papá. Aunque hoy no te pueda ver, te siento y te veo sonreír satisfecho. Este premio es para ti.

Secciones