Discurso de Sylvain Cypell en la entrega del XXIII Premio de Periodismo «Francisco Cerecedo»

Sylvain Cypell en la entrega del XXIII Premio "Cerecedo"

Señoras, señores. Es costumbre, en este tipo de ceremonias, terminar el discurso con los agradecimientos. Permítanme en esta ocasión empezar expresando mi gratitud a la Asociación de Periodistas Europeos, de la que me siento deudor, por el honor que me ha otorgado. Pienso que encontrarme en compañía de Antonio Tabucchi, Francisco Umbral, Fernando Savater, Adam Michnik y tantos otros no sólo es halagador sino que, como dice la expresión francesa es “un peu trop”.

Mi agradecimiento pues, en primer lugar a Miguel Ángel Aguilar y al jurado que me ha distinguido con este prestigioso premio que tanto me honra. Doy las gracias a Juan Torrida, el director de Galaxia Gutemberg, que me convenció de lo importante que era, según él, publicar mi libro “Les Emmurés” en castellano. Por su parte el traductor, Sergio Pawlowsky, ha hecho un trabajo excelente.

Finalmente, y sobre todo, debo dar las gracias a Sami Naïr. Es a él, a quien debo la aparición de “Entre muros” en España. Es él quien inmediatamente me propuso publicarlo en la colección que dirige en Galaxia Guttemberg. Su entusiasmo y determinación alejaron de mí cualquier duda. Avisé a mi editorial para que dejaran de buscar editor en España. Tenía total confianza en el resultado, que cumplió, con mucho, mis expectativas.

Recientemente cenaba en París con Carmen Romero, a quien conozco desde hace dos meses. Había leído mi libro y deseaba conocerme.

En un momento dado me dijo algo que no era la primera en decirme: que el método de análisis que había empleado para aclarar el conflicto israelo-palestino, es decir, evitar la parte de negación, de ignorancia y la abstracción de la realidad del otro, que se sustituye por una imagen fabricada conforme a las necesidades de quien escribe, era de aplicación a muchas otras situaciones conflictivas.

Más tarde me hizo una pregunta “¿Cómo ha llegado usted a elaborar este tipo de análisis?”. Me quedé un poco perplejo. A fuerza de pensar en el trabajo, termina uno por dejar de pensar en sí mismo. ¿Se sabe por qué uno piensa lo que piensa? ¿ Qué estructura un pensamiento evolutivo y qué da forma a su evolución ? ¿Qué influencias se sufren consciente o inconscientemente?. ¿Por qué en un momento determinado uno va en sentido contrario a tantos otros que van en el sentido del “pensamiento común” del momento?

La respuesta a estas preguntas, querida Carmen, es sin duda el comienzo de la respuesta a la pregunta que usted me había planteado. Tengo pocos conocimientos filosóficos. Sin embargo, de todos los pensadores que he leído creo que Hanna Arendt es la que más me ha impresionado.

Ella siempre tuvo como objetivo iniciar su reflexión por la búsqueda del hecho, del hecho verdadero, comprobado, y no por su interpretación, que es el vector principal de la ideología. Y fue porque para Hanna Arendt el hecho constituía la base de la interpretación posible, en lugar de quedar sometida a la misma. Por ello, Arendt fue capaz de ir a las “raíces del totalitarismo” en pleno periodo de estalinismo triunfante, cuando casi la totalidad de la “Intelligentsia” occidental progresista o bien adulaba a Moscú o bien se sentía obligada en plena guerra fría, sin otra posibilidad que “tomar partido”, algo a lo que nuestra autora se negaba para preservar su libertad.

Fue precisamente porque ella defendía ardientemente su libertad de pensamiento y su voluntad de privilegiar el hecho frente a su interpretación ideológica espontánea por lo que fue capaz de escribir “Eichman en Jerusalén” y de desarrollar la idea de la “ banalidad del mal”, tan mal entendida en su momento, corriendo el riesgo de ser tratada de “judía antisemita” o de “judía que se odia a sí misma”. Y lo que además le permitió ser capaz de resistir , con calma y determinación, todas las presiones y mantener su rumbo, incluso si la dificultad bullía en su interior.

Como dice el refrán “nadie es profeta en su tierra”. “Les Emmurès” , me ha hecho ganar en España un premio que no me esperaba . En Francia el libro ha tenido un éxito de público más limitado. Sobre todo me ha servido, como a Arendt en su momento, para ser considerado como “judío que se odia a sí mismo” por todos aquellos que apoyan la política israelí, en cualquier circunstancia, convirtiéndola en el sostén de su identidad. Estoy acostumbrado a ese trato desde hace mucho tiempo y no es siempre fácil vivirlo. Pero, al mismo tiempo, son tantos los que en el mismo Israel soportan esta clase de invectivas – periodistas, intelectuales o simple gente con sentido común- que mi suerte no tiene nada de calamitosa.

Al venir aquí, a Madrid, me preguntaba por qué existía esta diferencia de aceptación del libro entre Francia y España. Creo que encontré un primer elemento de respuesta. España está lejos históricamente y, por lo tanto, emocionalmente, de la cuestión judía y de la cuestión árabe. Expulsó a los judíos y a los musulmanes hace más de 500 años. Cinco siglos son suficientes para hacer la paz con su propia memoria y con la de los otros. Los periodistas españoles, los intelectuales, tratan el conflicto israelí-palestino o israelo-árabe con el mismo distanciamiento con el que tratan cualquier otro conflicto en el mundo.

No ocurre así en Francia donde la memoria de la “cuestión judía” y de la “cuestión árabe” sigue generando muchas pasiones que continúan totalmente vivas. Francia es el único país que mantiene una memoria complicada, ambivalente y a la vez dolorosa, y que al mismo tiempo trata de eludir tanto a los judíos como a los árabes.

Existió el régimen de Vichy. Existió la participación francesa en el exterminio nazi de 75.000 judíos de Francia. En París, durante mucho tiempo hubo una placa conmemorativa en el Vel d´Hiv, un estadio donde fueron agrupados 13.000 judíos de París, en el año 1942. La placa decía: “Aquí el ocupante nazi reunió a 13.000 judíos para enviarlos a la muerte, en Auschwitz”. Hubo que esperar hasta 1985 para que el presidente Chirac inaugurase una nueva placa donde se lee: “Aquí fueron reunidos por la policía francesa 13.000 judíos y enviados por el ocupante nazi a Auschwitz”.

Existió la guerra de Argelia, llevada a cabo no por un régimen francés fascista, sino por las instituciones republicanas democráticas. Empezó en 1954 y ocasionó 400.000 muertos argelinos, la mitad de ellos civiles. Hubo que esperar al año 2000 para que un texto presentado en el Parlamento por el socialista Lionel Jospin incluyera la palabra “guerra”, la “guerra de Argelia”. Durante casi 50 años, la expresión oficial del Estado francés era: “los acontecimientos de Argelia”, no “la guerra”.

Sin duda comprenden ustedes por qué el conflicto israelo-palestino – ¡judíos contra árabes! – genera todavía en Francia tantas reacciones espontáneas, hace tan difícil tomar posición. En primer lugar, porque es preciso partir de los hechos reales, comprobados y no de los supuestos ideológicos o afectivos. Y por qué este conflicto genera, a menudo, tanta autocensura y tanto pensamiento “políticamente correcto”.

Así ustedes comprenderán por qué cuando vengo a España y se me plantean preguntas con interés, preguntas sencillas por curiosidad, que surgen del deseo de una aclaración particular, cuando siento que tengo interlocutores movidos por la exigencia de comprensión y no por la incidencia inmediata de mi tema en la polémica, creo encontrarme en otro planeta. Un planeta serio, interesado y tranquilizador.

Les decía al principio de mis palabras que, para ser original, no quería terminar con los agradecimientos. Sin embargo, ahora, me pregunto si no debo terminar dando las gracias a los españoles.

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