Palabras de María-Paz López al recoger el XXXII Premio de Periodismo Europeo «Salvador de Madariaga» —

Buenas tardes, bona tarda.

Quisiera primeramente agradecer a la Representación de la Comisión Europea en España, a la Asociación de Periodistas Europeos, y a la Oficina del Parlamento Europeo en España, la existencia misma de este galardón, que se entrega aquí por trigésimo segunda vez. 

Y quisiera también dar las gracias a los miembros del jurado por valorar mi trabajo en la categoría de prensa escrita. Recibir un premio de periodismo europeo que lleva el nombre de Salvador de Madariaga es para mí un gran honor.

També voldria agrair a Jan Pomés López, paer en cap de Cervera i senador per Lleida, i a la Paeria de Cervera en general, la càlida acollida en aquesta ciutat que es troba al cor de Catalunya, al bell mig, i que a més celebra ara el seu mil·lenari. Moltes gràcies!

Gracias que extiendo a las autoridades del Senado, la Generalitat y el Ministerio de Exteriores, aquí presentes.

Yo no sé a ustedes, pero a mí, estar en este paraninfo de la Universidad de Cervera me impresiona bastante, porque aquí estudiaron personajes catalanes muy ilustres. Muy probablemente por este espacio en que nos encontramos ahora, deambularon en el siglo XIX como estudiantes: Narcís Monturiol, inventor del Ictíneo, el primer submarino propulsado con motor de la historia de la navegación; Jaume Balmes, filósofo y teólogo, autor de ‘El criterio’, obra clave del pensamiento de la época; y Joan Prim i Prats, militar y político, presidente del Consejo de Ministros de España.

Todo esto también es Europa.

 

Europa es un continente diverso, complejo y apasionante. En estos tiempos de gran tensión geopolítica mundial, la Unión Europea está descubriendo la urgencia de fortalecer su unidad y su capacidad de actuar con firmeza en el escenario internacional, junto a la obligación de hacerlo sin descuidar las preocupaciones más próximas de la ciudadanía.

Alguien dijo hace unos años que Europa ya no hace soñar.

Yo recordaría la idea de Salvador de Madariaga, el gran diplomático gallego que da nombre a este premio, sobre la necesidad de crear una conciencia europea capaz de ver los problemas de Europa sin tener en cuenta las fronteras de sus países para que la integración política y económica sean completas.

Madariaga lo expresó en el Congreso de Europa en La Haya en 1948 y, a mi entender, sigue teniendo vigencia. He escrito desde distintas capitales de la UE y he constatado que la conciencia europea común es un asunto pendiente. Aún persisten muchos egoísmos nacionales.

También quisiera reivindicar el europeísmo pionero de la andaluza Carmen de Burgos, la primera periodista profesional de España, en el sentido de que en 1904 fue contratada como redactora del periódico Diario Universal, en el que firmaba sus columnas femeninas con el pseudónimo de Colombine. Más tarde fue de las primeras corresponsales de España, enviada a cubrir la guerra del Rif en Melilla en 1909 por El Heraldo de Madrid.  Yo, como corresponsal mujer, me siento muy vinculada a su figura.

En su libro ‘Mis viajes por Europa’, Carmen de Burgos relata su viaje a los países escandinavos en el verano de 1914, y cómo el trayecto de ida fue maravilloso, mientras que el de vuelta, recién estallada la Primera Guerra Mundial, fue un infierno. De esa guerra Europa no aprendió. Tuvo que enfangarse en la Segunda Guerra Mundial –y en el caso de España en nuestra cruenta Guerra Civil- para comprender al fin cuál debía ser su camino.

Hablábamos del déficit de conciencia europea. Pero ese déficit no quita que la UE mantenga sus buenas dosis de atractivo en estos tiempos de inseguridad en los que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, intenta dar jaque a la cooperación multilateral.

Este mismo verano, el 29 de agosto, Islandia celebrará un referéndum sobre si debe reanudar o no las conversaciones con Bruselas para un posible ingreso en el club comunitario. Es una señal. Canadá nos mira con ojos tiernos. Y, según las encuestas, muchos británicos lamentan el Brexit. Hoy y mañana tenemos Consejo Europeo en Bruselas; vamos a ver cómo va.

Dicho todo esto, como corresponsal considero que el buen periodismo sobre experiencias europeas, tanto exitosas como malogradas, contribuye al debate público y a la vitalidad de la democracia en nuestros países, y por eso ser distinguida con este premio me hace enormemente feliz.

Vivimos tiempos difíciles en la profesión periodística. Tenemos que gestionar la velocidad de las redes sociales y los pros y contras que surgen con la inteligencia artificial. Tenemos que batallar contra los discursos de odio que fomentan la polarización, y contra la desinformación como instrumento organizado que, además, sabemos que en muchos casos procede de zona rusa.

Y todo eso debemos hacerlo con las herramientas clásicas del oficio, que, atención, son las mismas de siempre. Otra cosa es que podamos potenciarlas con auxilio de la tecnología. Pero son las herramientas de siempre; esto no tiene secreto, está todo inventado. El periodista y escritor andaluz Manuel Chaves Nogales decía: “Andar y contar es mi oficio”. Y esto –andar y contar- vale tanto para el periodismo de salón y pasillos como para el de pisar calle, territorio y frontera.

Yo confieso que siento predilección por el periodismo en las fronteras o donde hay movimiento de seres humanos. En eso, tengo alma de reportera.

He vivido con gran intensidad coberturas sobre el terreno, como en 2015 la emergencia humanitaria de refugiados de Oriente Medio en Hungría y Alemania; en 2021 la crisis por la utilización por Moscú de la migración como arma híbrida en la frontera entre Bielorrusia y Polonia; en 2022, la llegada de refugiadas ucranianas con sus hijos a la frontera polaca al inicio de la invasión a gran escala rusa de Ucrania; en 2023, la nueva frontera boscosa del flanco nordeste de la OTAN cuando Finlandia ingresó en la alianza; o en 2025 y todavía ahora, la angustia de los groenlandeses ante el acoso de Trump a su isla ártica.

Quisiera puntualizar que nada de esto es posible sin una redacción robusta, más allá de los periodistas individuales, por muy talentosos que estos sean.  Sigo creyendo que una redacción bien compenetrada es como un organismo vivo, en el que las partes brillan gracias al trabajo de todos. Redactores, fotógrafos, maquetadores, infografistas, editores, documentalistas,… y un equipo editorial de redactores jefes y subdirectores hasta la dirección, todo es fundamental para un buen producto periodístico.

No hay final de discurso sin agradecimientos concretos.

Quisiera dar las gracias al Máster en Periodismo BCN-NY de la Facultad de Filología y Comunicación de la Universidad de Barcelona por haber presentado mi candidatura a este premio. Las escuelas de periodismo y comunicación están formando a los periodistas del futuro y casi del presente, así que su labor es de suma importancia para la sociedad.

También quisiera agradecer a La Vanguardia, el diario en el que trabajo desde muy jovencita, la confianza depositada en mi labor, lo cual me ha permitido, y me permite todavía, desarrollar mi vocación periodística. Como decía antes, la redacción de un periódico es un organismo vivo, y yo tengo muy presente cuánto he aprendido y cuánto me he enriquecido profesionalmente en estos años gracias al conjunto de la redacción.

Y para terminar, querría añadir una nota personal. Quisiera dar las gracias a mi marido Joan y a nuestra hija Martina, que se han quedado en Berlín por circunstancias imponderables, y sin cuyo amor y paciencia (porque, créanme, para la familia, convivir –aguantar- a un periodista vocacional no es fácil) yo no podría hacer este trabajo.

También querría dar las gracias a mi madre, María Paz, aquí presente en la sala. Sin su esfuerzo y desvelos, y sin los de mi padre, Francisco, fallecido hace ya demasiados años, mi trayectoria profesional habría sido literalmente imposible. Un beso a mi hermana Maite, que no ha podido venir.

Y a ustedes, muchas gracias por escucharme.

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