La doctrina militar de Gutiérrez Mellado, por Fernando Puell de la Villa

Muchísimas gracias, Miguel Ángel, por convocarme a esta selecta mesa y gracias a todos ustedes por haber acudido a homenajear al general Gutiérrez Mellado.

En el momento de preparar mi intervención, desconocía en qué lugar hablaría, por lo que, para no repetir cosas que ya se hubieran dicho, decidí abordar una faceta de nuestro homenajeado que seguramente muy pocos conocen o recuerdan.

Se trata de unas cuantas reflexiones del último militar español en alcanzar el empleo de capitán general – el último de los príncipes de la milicia, como decían nuestros antepasados decimonónicos- pronunciadas inmediatamente antes de ser nombrado vicepresidente del Gobierno y también de las primeras escritas tras su cese en 1981.

Merece la pena recordar que Gutiérrez Mellado comenzó a destacar, a llamar la atención de la opinión pública, a través de dos conferencias pronunciadas en el CESEDEN, una en 1971 y otra en 1974.

En la primera, siendo general de brigada, propuso resolver la macrocefalia militar mediante una ley especial que brindase el retiro anticipado al excedente de cuadros. Es decir, una solución similar a la dictada por Azaña en 1931.

También reconocía públicamente, lo que no era habitual por entonces, la extrema debilidad operativa de las Fuerzas Armadas, producto de muchos años de desidia y desatención.

Y por último, alertaba de que era necesario dejar de resolver los problemas con la frase «yo creo», sino analizarlos y estudiarlos concienzudamente con recursos informáticos.

En marzo de 1974, ya como general de división, volvía a alertar del acentuado descenso de la eficacia operativa, admitía que las cosas no se habían hecho bien e insistía en que era necesario «meter el bisturí sin miedo» para reducir las plantillas con criterios financieros «hasta lograr el total saneamiento de la empresa».

También exigía erradicar el pluriempleo y proclamaba la absoluta incompatibilidad entre la actividad política y la pertenencia a la carrera de las armas.

Pero tal vez la frase más impactante de aquella conferencia, y probablemente la que le condujo a la Vicepresidencia, fue la siguiente: «Somos optimistas si, una vez detectados los problemas, somos capaces de acometer su resolución, haciendo caso omiso de todo interés creado existente, previo un estudio analítico de sus raíces y causas, yendo decididamente a acabar con todos, caiga quien caiga».

A finales de abril de 1976, recién ascendido a teniente general, una breve frase de su discurso al tomar de posesión del cargo de capitán general de Valladolid, ocupó titulares de primera plana: «No olvidemos nunca que el Ejército, por muy sagradas que sean sus misiones, está no para mandar, sino para servir». España no estaba acostumbrada entonces a que un capitán general se pronunciase así.

Y para terminar, me remitiré al artículo que redactó para la desaparecida revista Cuenta y Razón un año después del 23-F, cuando estaba totalmente apartado de cualquier actividad pública.

En él, además de volver a insistir en la necesidad de lograr unas Fuerzas Armadas eficientes y eficaces -«Suprímanse las unidades y destinos que no tienen razón de ser; pero las que queden es preciso que estén al completo, bien dotadas y cumpliendo un plan de instrucción coherente y todo lo exigente que sea necesario»-, dejaba traslucir sobre todo su frustración por no haber logrado que todos sus compañeros de armas abjurasen del intervencionismo político.

«Huyamos de un corporativismo exagerado que además puede ser el primer paso para convertirse en un militarismo vigilante o, lo que aún peor, en un pretorianismo que a larga lleve a la nación a su ruina. Huyamos de la soberbia, que dicen fue lo que perdió a Luzbel. No podemos ser exclusivistas ni acaparadores del patriotismo, ni de la honestidad, ni del valor, ni del honor, ni del sacrificio, ni de otras cualidades o virtudes».

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