Nuevas perspectivas para el futuro de la UE, por Jean Claude Juncker

Discurso del Presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, con motivo del dictado de la XIV Lección Conmemorativa Carlos de Amberes el 19 de Julio de 2018

Señor presidente del gobierno, querido Pedro,

Señor presidente de la Fundación, querido Miguel,

Señoras y señores ministros, algunos me han dejado hace poco, siempre lo lamentaré, pero han tomado la buena decisión.

Señora alcaldesa, querida Manuela,

Señoras y señores, muchos de ustedes queridos amigos,

En primer lugar, quiero agradecer muy sinceramente a la Fundación su amable invitación y decirles lo encantado que estoy de estar hoy con ustedes, y de estar de vuelta en este lugar que conozco bien porque ya tuve la oportunidad de venir aquí dos veces cuando era primer ministro de Luxemburgo. La primera vez que me invitasteis fue un honor. La segunda vez me sorprendió que me invitaseis de nuevo. Y me sorprende mucho que me inviten por tercera vez, y me alegraría poder volver una cuarta, una quinta, una sexta vez…

Estoy feliz de estar aquí. Querido Pedro, quería decirte que no son las familias políticas las que hacen historia, son los hombres cuando se ponen de acuerdo en lo esencial y no se dejan deslumbrar por las diferencias políticas que no son tales cuando se piensa en profundidad.

Conocí al nuevo presidente del gobierno antes de que lo fuera, y siempre me agrada volver a verlo. He vivido muchos acontecimientos en Europa, en el Consejo Europeo y en otros lugares. Fui miembro de un Consejo Europeo cuando éramos 15, dos demócrata-cristianos y trece socialistas, y siempre encontré que a mi izquierda casi no había nada porque Felipe González siempre me decía: ¿cómo es posible que un cristianodemócrata y un conservador como tú nos adelante siempre por la izquierda? Y yo le contesté: porque hay mucho espacio. Por ello estoy muy contento de estar aquí.

Podría hacer un largo discurso solemne porque es un momento solemne, pero he elegido otra opción. Me gustaría hablar de Europa, de lo que es, de lo que debería ser, de lo que podría haber sido y de lo que puede llegar a ser. Y estoy contento y feliz de poder hacerlo aquí, en España, e invitado por la Fundación Carlos de Amberes, porque esta Fundación tiene la particularidad de reunir las energías de España y los talentos de los tres países del Benelux. La energía de España es grande y los talentos del Benelux no son pequeños: es esta una buena argamasa que tiene un buen futuro por delante.

Si conocen la historia de Luxemburgo, podrán darse cuenta de que, en cada paseo, los españoles pueden sentirse allí como en casa, porque Luxemburgo ha conocido un largo período español; de hecho, una larga ocupación española, pero España nos sonríe en todas partes: en los nombres de las calles, en las torres españolas de la fortaleza que permiten a la ciudad de Luxemburgo, como la arquitectura del Palacio Gran Ducal y de la Catedral, también de origen español, significarse ante las ciudades comunes. Hay mucha España en Luxemburgo y es fácil entender, por ello, que desde muy joven me enamorara de España.

De joven, viví la historia reciente de España intensamente, a menudo con emoción. Sus momentos de felicidad que, cuando era joven, eran raros y sus grandes momentos cuando España y los españoles decidieron no padecer la historia, sino “hacer historia”. Europa y España se lo deben a la valentía de los españoles y al saber hacer de quienes, después de la dictadura, tomaron las riendas con decisión, aunque procedieran de horizontes políticos diferentes. Y también el rey Juan Carlos, que es un gran rey (quiero decirlo aquí) un gran rey del que toda Europa puede estar orgullosa.

Y así España, con toda naturalidad pero con un enorme retraso en la historia para lo que podría haber sido, se convirtió en Estado miembro de la Unión Europea. Fue un gran momento y algunos de nosotros, Joaquín, Josep y otros, estuvimos allí cuando España dio este paso. Yo era un joven presidente del Consejo de Presupuesto en el segundo semestre de 1985, cuando preparamos el primer presupuesto europeo para España y Portugal. No quiero caer en lo anecdótico, pero los alemanes me dijeron en julio de 1985: “no es seguro que para el 1 de enero España y Portugal estén con nosotros, así que tendremos un presupuesto para 10 Estados miembros”. Entonces empezó la historia, ustedes entraron y luego Alemania me obligó a hacer un presupuesto para 12 Estados pero para 10 meses. Así pues, los que hacen historia, o creen hacerla, no siempre ven con perspectiva.

España, desde el primer día de su adhesión, se ha comportado como un Estado miembro fundador, mientras que los seis Estados fundadores no siempre se comportan como Estados fundadores. Pero España está ahí para recordarnos lo que es esencial. Era muy normal que España se convirtiera en miembro de la Unión Económica y Monetaria, uno de los primeros. Sin duda recordarán que, durante los años 90, mucha gente hablaba delClub Méditerranée y no podían imaginar que España, Italia o Portugal pudieran estar en la línea de salida.

Grecia llegó unos años tarde, pero ha hecho enormes progresos. Cuando fui presidente del Eurogrupo, hice todo lo que pude para garantizar que Grecia no perdiera el ritmo. Como presidente de la Comisión Europea, hemos hecho todo lo posible para evitar que Grecia fuera expulsada de la zona del euro por la caprichosa voluntad de unos pocos.

España, cuando se trata de lo esencial, es uno de los que hacen avanzar a Europa. Por ejemplo en la inmigración, tema doloroso de nuestro tiempo, en el que España está mostrando empatía y una solidaridad activa que me impresiona, mientras que otros Estados le dan la espalda al otro. España no es un país que rechaza al otro, España es un país que acoge a los de fuera con una gran amistad, de la que podéis estar orgullosos.

Tenemos también el ejemplo de la profundización de la Unión Económica y Monetaria. Muchos de nosotros hemos estado trabajando por este objetivo durante muchos años. Todavía no lo hemos logrado. La unión de mercados de capitales no existe, la gobernanza de la zona euro sigue siendo débil, pero siempre que había que reunir gentes y voluntades, España y sus ministros estaban allí.

Puedo poner también el ejemplo del comercio. España es un país abierto al mundo, un país que seduce a los océanos, que ve lejos y que tiene una comprensión real de lo que significa la solidaridad internacional. Vivimos tiempos difíciles para el comercio mundial. Podría dedicar mucho tiempo a este asunto o quedarme en Madrid para no tener que ir a Washington: se está mejor aquí que en Washington.

Pero no debemos caer en esta nueva moda, que no es una virtud, que consiste en considerar las relaciones entre continentes, entre los principales puntos de actividad financiera, como relaciones de Estado a Estado. No, se trata de mantener un sistema multilateral, de resistir a la efímera seducción de un unilateralismo temerario. Debemos decir a nuestros amigos estadounidenses que nosotros, la Unión Europea, queremos seguir siendo fieles a nosotros mismos y a lo que hemos construido juntos: nosotros entre nosotros, y nosotros con los demás.

Es cierto que muchos en Europa no entienden el valor de celebrar acuerdos comerciales. Pero quiero decirles que por cada mil millones de euros adicionales que exportamos a otras partes del mundo se crean en Europa de forma inmediata y automática 14 000 puestos de trabajo. Así que tenemos todo el interés en firmar acuerdos comerciales: con cabeza, sin echarnos en brazos de quienes nos pueden estrangular, porque ven las cosas de manera diferente a nosotros, sino respetando nuestros valores, nuestros principios y todo lo que nos caracteriza.

Pero otros no lo ven así. Me sorprendió mucho ver al presidente de los Estados Unidos declarar que Europa es un enemigo cuando siempre he creído, ingenuamente, que Estados Unidos y Europa eran hermanos. Ahora bien, en cada familia puede ocurrir que el hermano mayor no respete a los más pequeños, pero los hermanos menores tienen una larga memoria. Por ello debemos explicar a nuestros amigos del otro lado del Atlántico que, desde la Segunda Guerra Mundial, hemos hecho de Europa un remanso de paz. Este continente atormentado, torturado y sangriento ha encontrado la fuerza para ponerse de acuerdo sobre lo que tenemos que hacer juntos.

Estuve en China el lunes, en Tokio el martes, ayer en Bruselas, hoy en Madrid y el miércoles en Washington, siempre defendiendo la causa europea. Hemos podido cerrar un acuerdo comercial con Japón después de muchos años de dudas, primero, y luego de negociación. Es el acuerdo comercial más importante que la Unión Europea haya firmado nunca: un acuerdo comercial que representa aproximadamente un tercio del PIB mundial. Con él queremos lanzar la señal a quienes se están alejando del multilateralismo de que podemos hacer cosas juntos. Por eso tenemos también un acuerdo comercial con Canadá y por eso estamos negociando (a España le interesa particularmente) con los países de Mercosur, no sin dificultades tengo que reconocer, y continuaremos esta estrategia con Nueva Zelanda, Australia y otros.

Lo que me sorprende desde que el señor Trump fue elegido es que todo el mundo llama a nuestra puerta para firmar acuerdos comerciales, y los vamos a seguir firmando porque queremos, como europeos, ocupar un lugar central en la escena internacional, algo muy importante porque Europa tiene debilidades que a menudo no ve.

Europa es el continente más pequeño. Europa, la Unión Europea, tiene 5,5 millones de kilómetros cuadrados, cuando solo Rusia tiene 17,5. ¿Más dudas? A principios del siglo XX, Europa representaba el 20% de la humanidad, hoy el 6%, y a finales de este siglo tan solo un 3 o 4%. Dentro de unos años, ni un solo miembro de la Unión Europea representará más del 1 % de la población total. Dentro de unos años, no habrá ningún Estado miembro de la Unión Europea que sea miembro del G7, ni uno solo. Y así, a medida que encogemos, tendremos que recuperar nuestras fuerzas que hacen de nosotros un conjunto activo y una entidad indivisible.

Hemos tenido, y ustedes más que otros, tiempos difíciles de crisis. España se recuperó, pero no fue fácil, y muchos dudaron en decir sí a los esfuerzos que se le pidieron a los españoles. Aunque persistan los problemas y las dificultades, todo vuelve al orden.

Esa fue la razón por la que lanzamos un importante plan de inversiones al comienzo de nuestro mandato en 2014, porque la inversión europea había disminuido. Lanzamos lo que entonces se llamó el Plan Juncker porque muchos pensaron que sería un fracaso total. Querían identificar claramente al responsable del fracaso. Ahora funciona y se llama Fondo Europeo para Inversiones Estratégicas, pero es exactamente lo mismo. Continuaremos con este esfuerzo porque la inversión garantiza un futuro bien organizado, convenientemente estructurado y perfectamente articulado.

En las propuestas presupuestarias que estamos haciendo, en el llamado MFP hemos previsto ampliar la filosofía y la lógica de lo que entonces se llamaba el Plan Juncker, aumentando el esfuerzo inversor en primer lugar a 500.000 millones de euros hasta 2020 (al principio eran 315.000 millones de euros) y más adelante, para el nuevo período presupuestario, hasta los 650.000 millones de euros, que se invertirán, como ocurre hoy, en todos los Estados miembros de la Unión Europea. Suele decirse: “son los grandes países y los Estados ricos los que se han beneficiado y aprovechado del plan”. No es cierto. Grecia es el primer beneficiario de este programa y España ha visto desarrollarse en su territorio proyectos que no habrían visto la luz sin el plan del que les hablo.

Ayer, junto con el Presidente del Banco Europeo de Inversiones, presentamos el primer balance. Hasta la fecha hemos invertido 335.000 millones de euros en Europa.

Los europeos tienen el defecto de que no les gustan sus éxitos. Desde el comienzo del mandato de la Comisión hemos creado 10 millones de puestos de trabajo sólo en la zona del euro. No estoy diciendo que sea mérito de la Comisión, pero estoy convencido de que si hubiéramos perdido 10 millones de empleos, habría sido responsabilidad de la Comisión. Hemos corregido a la baja los déficits presupuestarios. Cuando empezamos, el déficit presupuestario era, de media, de un 6,1%. Ahora es del 0,7%. La deuda pública también se está corrigiendo a la baja y el desempleo se ha reducido considerablemente. Nunca en nuestra historia ha habido tantos europeos trabajando: 238 millones de europeos trabajan, lo que ha producido un descenso del paro. Se trata de la mayor tasa de empleo que hayamos conocido en la historia de Europa.

Y podría continuar con la lista de nuestros éxitos, pero también hay flaquezas. Desde hace algunos años, hay un fenómeno preocupante, visible, perceptible, pero no plausible: el retorno del nacionalismo, el rechazo a ver a los demás con los mismos ojos con los que uno se ve a sí mismo. Es una tendencia peligrosa que alimenta a los populismos de todo signo. Y los populismos combinados con los nacionalismos llevan a la ceguera y conducen, como dijo Mitterrand en su último discurso ante el Parlamento Europeo, “a la guerra”. Es así, siempre ha sido así y siempre será así. Y el noble deber, la ardiente obligación de Europa es enfrentarse a lo que no puede ser un proceso histórico duradero, sino un breve episodio, así lo espero, de la historia europea.

A veces tengo la impresión de que pensamos que Europa es para nosotros y solo para nosotros. Este ombliguismo europeo hace que no veamos a los demás, porque el vientre europeo es grande y, por lo tanto, no tenemos suficiente espacio para ver a los demás. Pero mientras los africanos sean desdichados, no habremos tenido éxito en nuestro proyecto. África, continente primo y vecino nuestro, nos presenta obviamente enormes retos, pero debemos entender que si no llevamos allí, sobre el terreno, los instrumentos y medios que África necesita, los africanos seguirán siendo infelices y nosotros acabaremos siéndolo. Por lo tanto, es necesario desarrollar con África una relación articulada sobre nuevas bases para que África encuentre en sí misma los medios para sobrevivir, puesto que de eso se trata.

Hemos lanzado un Plan de Inversión Exterior de 44.000 millones de euros para ayudar a los africanos, en las aldeas y ciudades, sobre el terreno en lugar de obligar a estas pobres personas a lanzarse a los mares. Hemos desarrollado un Fondo Fiduciario para África que asciende, señora ministra, a 3.400 millones de euros. Fue todavía parte del trabajo que hiciste, Nadia, y me alegro de que, finalmente, pudieras terminarlo antes de marcharte. Normalmente la gente se marcha dejando su trabajo sin terminar, ella ha hecho exactamente lo contrario.

Me dicen: sí, Europa es demasiado cara. Hemos propuesto unas perspectivas financieras que me parecen modestas; hemos aumentado el volumen del presupuesto hasta el 1,1 %, cuando era del 1 % en el período anterior. Queríamos respetar, en la forma en que hemos elaborado los futuros presupuestos, las grandes prioridades de Europa sobre las que se había puesto de acuerdo el Consejo: migración, investigación, nuevas tecnologías, defensa exterior (una nueva política que no existía en Europa), ayuda a otros continentes, los jóvenes, el programa Erasmus+, cuyo inventor es un español, mi amigo Marín, que desgraciadamente no está ya con nosotros.

Hay que incluir también la protección de las fronteras exteriores: queremos aumentar a 10.000 el número de funcionarios que vigilarán las fronteras exteriores de Europa, y eso cuesta dinero. Quienes nos dicen “hay que hacer más para proteger las fronteras exteriores” siguen pensando que esto no tendrá éxito y que, por lo tanto, pueden seguir controlando las fronteras exteriores. No, si queremos más seguridad en Europa, tenemos que pagar el precio.

Me gustaría que los Estados miembros, señor presidente del gobierno, se pusieran de acuerdo sobre las perspectivas financieras antes de las elecciones europeas. Si repetimos los mismos errores que cometimos en el último período de referencia, acabaremos con un sistema que hará que los Jefes de Estado o de Gobierno adopten el marco presupuestario un mes antes de su entrada en vigor. Eso es lo que hicimos la última vez: decisión en diciembre de 2013, inicio del ejercicio financiero el 1 de enero de 2014; resultado: no funcionó nada durante los primeros 18 meses. Si repetimos este error, llegaremos a enero de 2021, cada mes habremos perdido cientos de miles de jóvenes que no podrán participar en el programa Erasmus+. Cada mes perderemos 5.000 plazas de investigación en Europa cuando, al contrario, este es un terreno en el que tenemos que recuperar grandes retrasos.

Por lo tanto, será necesario, bajo el liderazgo determinado del nuevo presidente del Gobierno español, marcar el ritmo y no dejarse llevar por este razonamiento pueril que quiere hacernos creer que no se puede decidir nada antes de las elecciones.

Hay países en los que las elecciones se consideran sinónimo de crisis democrática, cuando son algo de lo más normal. Si decidimos rápida y enérgicamente antes de las elecciones, podemos convencer a quienes decimos que queremos gobernar, de que tenemos la capacidad, el poder y las ideas para dirigir un país adecuadamente.

Quería decirles, queridos amigos, vosotros, los viejos europeos, ignorad los cantos de sirena que os llegan de países que no nos quieren y que no quieren a Europa como nosotros la queremos. La democracia española le debe mucho a Europa, al igual que Europa le debe mucho a la energía del pueblo español. Pero hemos aprendido, ustedes en España, nosotros en Europa, durante largas décadas, porque amamos a las naciones y porque queremos que las naciones trabajen juntas, que en política necesitamos mucha paciencia.

Europa nunca se hará contra las naciones. Las naciones no son un invento provisional de la historia. No, las naciones están hechas para durar, pero si queremos que Europa también dure, necesitamos determinación y paciencia. La determinación, pasión y paciencia (pasión y paciencia van de la mano) que las grandes ambiciones y los largos viajes requieren.

Muchas gracias.

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